[Floren Sanabria]

Mártires de la revolución


 

El levantamiento de La Paz del 16 de julio de 1809 fue aplastado a sangre y fuego por 4.916 soldados hispanos. Esta insurrección más que un acto de rebeldía y protesta, fue una auténtica revolución en América postrada y humillada, un intento, el más serio hasta entonces, para transformar la estructura colonial, echando a los españoles del suelo altoperuano para organizar una patria gobernada por los hijos de la tierra.

Años de paciente y arriesgada prédica a cargo de un grupo de patriotas, a quienes desde 1805 encabezó don Pedro Domingo Murillo, dieron como fruto una respetable legión de revolucionarios que anhelaban la libertad y estaban dispuestos a ofrendarlo todo. Finalmente, la tarde del 16 de julio de 1809 a menos de dos meses del grito libertario chuquisaqueño, estalló la revolución de La Paz, clamando la independencia.

Cuatro meses después, el líder Murillo, Mariano Graneros, Apolinar Jaén, Gregorio García Lanza, Juan Basilio Catacora, Juan Bautista Sagárnaga, Melchor Jiménez, Buenaventura Bueno y Juan Antonio Figueroa, hombres de coraje, protomártires de la independencia, por orden del general brigadier José Manuel de Goyeneche fueron llevados al patíbulo en la plaza Mayor frente a la capilla del Loreto el 29 de enero de 1810. Se cumplía la sentencia final con toda la barbarie y aparato que empleaba la Madre Patria en esos tiempos heroicos.

A las 7 de la mañana de día nublado y frío, el teniente coronel Pio Tristán ordenó rodear el cuadro de la plaza principal por tres líneas de soldados, dos piquetes de infantería y una de caballería que guarnecía cada esquina y recorrían la ciudad custodiando la manzana del Palacio Episcopal con dos piezas de artillería y doble guardia.

El temido Goyeneche con satisfacción y frialdad, sin piedad, sin inmutarse observó desde el balcón de su tribuna la ejecución de los sentenciados. Los condenados, escoltados por la guardia realista, salieron tranquilos rumbo al patíbulo. El redoblar de los tambores anunciaba la primera ejecución. Murillo, excomulgado, presidía la comitiva vestido con un burdo jubón blanco, saco de bayeta de la tierra, sentado en un serón, arrastrado por la cola de un asno que conducía el verdugo, un mulato llamado Andrés.

Los sacerdotes de la Buena Muerte, Joaquín Zambrana y Manuel Pinto y otros religiosos acompañaron a los reos. El pueblo en silencio contemplaba, enmudecido e impotente las escenas de barbarie que utilizaban los españoles con los próceres que iban en hilera hacia el cadalso. Murillo, sereno y resignado a horas 8:30 subió al tablado, irguió la cabeza, echó atrás la capucha de la misericordia, levantando el brazo en alto y con voz alta expresó su proclama: ¡Compatriotas, yo muero, pero la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar. Viva la libertad!

Enseguida, tomando el cordel de la horca, se la puso él mismo al cuello y como dando una orden al verdugo dijo: ¡Ejecuta! El mulato Andrés tiró de la cuerda y suspendió el cuerpo que quedó balanceándose en el aire. El alma del caudillo pasó a la inmortalidad. Las nueve horcas significaban nueve nombres por siempre grabados en el corazón de todo buen americano de hoy y de siempre.

Los mártires de la revolución habían sufrido la pena máxima. Ellos pasaron a la posteridad con el título glorioso de Protomártires de la Independencia Americana. Las horcas no detuvieron los llamados de libertad en 1810. No se olvida la legendaria frase murillana. La tea que dejó encendida el Protomártir no se apagó, el incendio se propagó rápidamente con las revoluciones de otras provincias del Alto Perú que se movilizaron con el pendón de la libertad; Cochabamba, Santa Cruz, Potosí, Beni, Tarija. El fuego de la revolución se extendió también en Quito, Caracas, Buenos Aires, Bogotá México, Santiago de Chile y por toda América hasta que esta alcanzó plenamente la libertad.

El monumento al prócer Pedro Domingo Murillo está en la plaza Murillo, La Paz, fue inaugurado el 22 de agosto de 1909, es obra del escultor italiano Ferrucio Cantele.

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