Leyenda mexicana

El caballo de Hernán Cortés


 

Esta historian comienza en México cuando Hernán Cortés, después de haber conquistado a sangre y fuego Tenochtitlán, la capital del Imperio Azteca el 13 de agosto de 1521, decide emprender otra expedición hacia Yucatán, donde espera apoderarse de las riquezas de esta población, le acompaña Marina o la Malinche, la amante y la intérprete de Cortés. Mujer a la que obtuvo como obsequio de los indígenas después de la primera batalla en Tabasco (1519).

Cortes montaba su hermoso caballo “Morcillo” que, siendo un potro cerril, había sido capturado y amaestrado por el capitán Gonzalo de Sandoval, quien por entonces pensaba enviarlo a España como regalo al rey Carlos V, pero decidió quedárcelo, a cambio le envió oro y otras joyas producto de los asaltos a los pueblos aztecas. “Morcillo” había sido capturado por Sandoval, después de haber nacido en libertad, hijo de corceles que quedaron vagabundos cuando sus dueños fueron muertos en combate anteriores a la conquista de Tenochtitlán.

La expedición española marchó con determinación hacia Yucatán, territorio por ellos desconocido. Luego de cubrir varias jornadas, con el temor de ser sorprendidos por una embosada, decidieron tomar un largo descanso cerca del lago Petén Itzá. Estaban agobiados por el largo viaje, necesitaban reponer sus fuerzas. Por medio de algunos adelantados se enteraron que en las cercanías existían varias poblaciones indígenas y una principal en la isla del centro del lago.

Escasos de provisiones, Cortés y algunos soldados salieron de caza, mientras perseguían un ciervo, “Morcillo” tropezó en una piedra y cayó violentamente, pero, al tratar de incorporarse una de sus patas no respondía, estaba lastimada. Entonces, Cortés que tanto quería a su compañero de aventuras, mandó llamar a todos los jefes de las poblaciones cercanas, y cuando los caciques acudieron Marina les tradujo sobre este inesperado incidente. Cortés dejó su caballo al cuidado del jefe máximo de la región con esta sentencia: Debía cuidarlo, con todo esmero, si es posible sanarlo hasta su regreso, el anciano cacique debía responder por el caballo con su vida, con la vida de sus hijos y de toda su gente. . . Dicho esto Hernán Cortés y sus hombres abandonaron la región en 1525. “Morcillo” se quedaba allí al cuidado de los del lugar, pero Cortés no regresó jamás en busca de su fiel corcel.

Transcurrió más de un siglo antes de que otros españoles emprendieran otra vez la conquista de Yucatán. En 1697 una nueva expedición se dirigió a estas tierras, al man-do está Pedro de Urzúa que lleva entre sus huestes a una docena de frailes francisca-nos y a un cronista, Villa Gutierre, encargado de registrar sus hazañas. Como Cortés, Urzúa arribó a las orillas del gran lago Petén Itzá, admirando su inigualable belleza. Los religiosos cuando trataron de cristianizar a los indígenas, se dieron cuenta que en el centro de la isla, sobre una base de piedra labrada había una gran estatua en forma de caballo a quien los indígenas rendían culto.

Los frailes ante semejante acto de idolatría, como así lo consideraron, ordenaron la destrucción de la estatua, a pesar de la oposición y la impotencia de los habitantes de la isla. Más tarde, los viejos caciques relataron que el monumento correspondía a “Morcillo”, el caballo que hacía más de 150 años, había dejado Hernán Cortés al cuida-do de los isleños. “Morcillo” había muerto poco después de la partida de los expedicionarios. Los caciques temiendo la ira de Cortés a su regreso, al no encontrar a su caballo con vida, antes de sepultarlo esculpieron una estatua en piedra similar al ani-mal y lo conservaron así como una imagen sagrada en el templo de la isla.

Los religiosos y los españoles se aleja-ron del lugar donde quedaba arrasada la estatua del caballo. Mientras los indígenas contemplaban tristes y apenados las ruinas. De este modo fue reducido a escombros el único monumento levantado por entonces en América a un caballo, el noble compañero de los españoles a quien también se debió en gran manera el éxito de la colonización.

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