[Isabel Velasco]

Los diamantes del Ekeko


 

Esta historia ocurrió en el seno de una familia muy conocida y acomodada de nuestra ciudad y fue el Ekeko de nuestra Alasita el principal protagonista.

Don Leonardo Sánchez, un caballero distinguido, tenía una bella hija llamada Rosalía, a quien cuidaba con mucho esmero tratando para ella un matrimonio conveniente entre sus amistades.

Ella vivía en medio de un círculo social distinguido y asistía a las fiestas y saraos de la aristocracia paceña a fin de encontrar en ellas un esposo afortunado de buena familia. Allí en un convite muy elegante conoció a José Espinosa, un apuesto “dandy” de muchas campanillas y amigo de “cuerdas” de bohemios, trasnochadores, con fama de pícaro y derrochador. Ella quedó prendada de él y éste enamorado de ella.

D. Leonardo presintió desde el primer momento que el tal José Espinosa era un solemne bribón, prohibiendo terminantemente toda relación con el tunante. Vanos fueron sus esfuerzos, los encuentros de los enamorados eran continuos y a escondidas y estos culminaron con la huida de la pareja que había decidido casarse en un pueblo cercano.

Rosalía jamás pensó en qué manos estaba, para pasar a vivir un calvario al lado de este pícaro, que la llevó a deambular gastando el poco dinero que le había sonsacado, más las joyas que llevaba puestas.

La huida de Rosalía había dejado a su padre con el corazón deshecho y murió de pena y consunción. Al anoticiarse ella de este desenlace, decidió volver a La Paz y Espinoza comenzó a dilapidar la fortuna que le llovió del cielo en francachelas, borracheras y mujerzuelas.

De esta unión matrimonial nació un niño llamado Luchito, a quien Rosalía se dedicó por completo. Cierto día el pequeño salió con su madre a pasear a la feria de Alasita en la plaza Murillo. Allí, disfrutando de la feria compraron muchas miniaturas, entre ellos el Ekeko de la suerte, con todas sus cargas maravillosas.

En medio del tumulto alasitero, Luchito se alejó de su mamá, extraviándose en medio de la gente. Qué decir de la desesperación de Rosalía, pidiendo ayuda a todos, lloró, gritó y nadie lo pudo encontrar, el niño se hizo humo.

El padre se entregó por completo a los goces del dios Baco, gastando todo el dinero. Rosalía cayó en terrible depresión y presintiendo que no le quedaba mucho, embutió en la panza del Ekeko un collar de diamantes que valía una fortuna, el cual ella logró ocultar de la codicia de su esposo, única joya que le quedaba de la herencia de su padre.

A poco Rosalía dejó este mundo, su marido arrepentido y presa del remordimiento le prometió cuidar al Ekeko para entregárselo a su hijo si es que algún día apareciera.

Cierto día se presentó en el Hospital de Miraflores un hombre joven con el rostro impresionantemente demacrado, fue conducido a una sala y postrado en una cama junto a la de un anciano sufrido por una enfermedad, se hicieron amigos y supo el forastero que se trataba de un pobre viejo quien contaba haber perdido un día de Alasita a su hijo.

Restablecido el forastero, abandonó el hospital sin poder despedirse del señor que dormía en esos instantes. Al despertar el anciano y ver que su amigo se había marchado no pudo reprimir las lágrimas. Mientras la enfermera recogía la cama del ausente vio cómo de una de las sabanas caía un pequeño relicario de oro que el anciano levantó y al ver el nombre grabado y la fotografía de Rosalía lanzó un grito de dolor, comprobando que el forastero era su propio hijo.

Pasaron muchos días y el anciano se consumía en el lecho, sin embargo luchaba por aferrarse a la vida. Cierta mañana de enero una de las enfermeras pasaba por la plaza Murillo, vio al joven sentado en una de las bancas, se acercó a él y le puso al tanto de lo acontecido con el anciano en el hospital. Muy pronto se encontraron abrazándose los dos, el viejito agónico con frases entrecortadas y lágrimas en los ojos le transmitió la última voluntad de su madre y murió en paz.

Luis lloró un buen rato abrazado de su padre y luego se dirigió a un desmantelado cuartucho con muebles viejos, en un rincón encima de una repisa había un Ekeko que lo miraba sonriente con los brazos abiertos. Luis lo tomó en sus manos pensando en su madre y al contemplarlo recordó muchas cosas de su niñez, viendo que solo era un recuerdo y que nada le servía lo puso sobre la mesa distraídamente, haciéndolo caer. Al ver romperse el ídolo de yeso se inclinó para recogerlo y qué sorpresa, tocaron sus manos un paquete y una carta, encontrando el collar de diamantes engarzados en cadena de oro. Estrujó la joya entre sus manos para después ver, en la pared del fondo del cuarto, el retrato de su madre que le sonreía con ternura. La cabeza del Ekeko yacía en el suelo, había cumplido su misión.

isabelvelasco@hotmail.com

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