Un presidente Twitter

Erick Fajardo Pozo

 

Si nos cuestionamos qué guardan en común los procesos políticos que llevaron a la presidencia a dos actores distantes y disímiles como Mauricio Macri y Donald Trump diría que fue la comprensión de que tal aspiración era sólo posible desplazando la lucha por el poder y el ejercicio del poder fuera de la “arena política” clásica, del escenario de debate mediático controlado por las estructuras hegemónicas, y llevando la confrontación de narrativas a las redes sociales.

No se equivocaron. Esa apuesta cambió la comprensión de la política en el hemisferio y está a punto de cambiar la comprensión de la comunicación política en el mundo.

Temprano en 2016, el diario La Nación publicaba “Argentina eligió a su primer presidente Facebook”, en alusión a la imprevisible victoria de Macri contra el poderoso aparato estatal de propaganda de la dinastía Kirchner, y concluyendo ese mismo año, en Norteamérica, el primer Presidente-Twitter empezó a gobernar, a marcar la agenda de los medios, desde semanas antes de tomar posesión oficial de la Oficina Oval.

Pero clausurar los juegos circenses habrá sido una de las más polémicas decisiones del emperador Marco Aurelio; tan polémica como extraer el juego político de ese medioambiente controlado que es la arena mediática de la democracia más influyente del planeta.

Semejante decisión hirió de muerte a la Industria cultural, definida por Horkheimer y Adorno en su “Dialéctica del iluminismo” como la capacidad del capitalismo tardío de producir la cultura como discurso univoco, como bien cultural distribuido en cadena por la industria del arte, el entretenimiento y la información para el consumo masivo, y cuya legitimación es la validación misma del orden de las cosas, el modelo ideológico hegemónico y las elites que lo administran.

El rechazo a los resultados electorales de noviembre, por parte de las corporaciones de la media y el espectáculo, expresión de un modelo cultural y económico en repliegue, ha sido evidente en la represalia de la Industria cultural contra el nuevo gobierno; represalia que el electo Trump subsumió, apelando al uso de las redes sociales para sortear el ruido semántico producido por la media y restablecer un diálogo directo y sin distorsiones con los ciudadanos americanos.

Con una comprensión mucho mejor del cambio de paradigma tecnológico, Trump ha controlado la agenda informativa desde Twitter, reduciendo a la Mainstream Media a una caja de resonancia distorsionada que cita, disecciona y desvirtúa periódicamente sus “twitts”, en todos sus shows y horarios, desde los cansinos monólogos de Anderson Cooper hasta los alborotados paneles de “expertos” de gaveta, como el ex asesor de la Casa Blanca Van Jones o el biógrafo de Hillary Clinton Carl Bernstein.

Las elites del agónico modelo de intermediación comunicacional elaboran y conjeturan los dichos y hechos del presidente electo mientras que la industria del entretenimiento saca a sus “celebridades” a hacer alardes de histrionismo para defender -a título de “artistas”- una igualdad de oportunidades y una inclusión migrante que jamás existieron en una Hollywood que ha consagrado los estereotipos estéticos occidentales como modelos.

Pero ahora la opinión pública se construye en un escenario distinto, en las redes sociales. Que la media se haya desmoronado, a decir de Kellyanne Conway, al 16% de aprobación pública en enero no es solo un índice de su pérdida de credibilidad, sino de algo más vital y primordial: nadie está tomando decisiones mirando la “caja boba”.

Hoy, ningún candidato en el mundo tampoco toma decisiones con base en las encuestas mediáticas, menos confía en que una campaña sea posible basada en los ratings de TV y obviando el social media. Y muy pronto ningún presidente pensará en gobernar sin usar el micro-blogging.

La experiencia Macri en Argentina ha demostrado que Facebook es una herramienta invaluable para comunicación electoral, para reconstruir la empatía entre el candidato y los electores; y la experiencia Trump en Estados Unidos es evidencia absoluta de que Twitter es herramienta ineludible para una óptima comunicación de gobiernos y la reconstrucción del tejido nervioso entre la sociedad civil y el gobernante.

Conclusión: el social-media no es sólo el soporte técnico de la nueva política sino su escenario, la nueva “arena política”. La política en red ha dejado de ser una alternativa comunicacional, y es la forma preeminente de política y de comunicación en este siglo.

Podemos no compartir posiciones políticas con los gobernantes de Argentina y Estados Unidos, pero las de ambos son inobjetables experiencias pioneras del desplazamiento de la política a las redes sociales.

El autor es Maestrante de la The George Washington University.

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