[Eric Cárdenas]

Añoranza del billete de 100 bolivianos


 

En las décadas de los años sesenta y setenta del pasado siglo, y luego de los años siguientes a las medidas de control del cuadro hiperinflacionario con los decretos 21.060 y 21.660, el tener en el bolsillo un billete de cien bolivianos era ciertamente una satisfacción, pues nos permitía adquirir una serie de productos. Recuerdo que en esos años, visitar la frontera con el Perú, en el Desaguadero, nos permitía con ese billete adquirir lo que se nos antojaba y retornar con gran cantidad de productos, era un signo de buena salud de nuestra economía, tanto por el poder adquisitivo de la moneda nacional, como su valor en los países vecinos.

En estos tiempos de la política económica y su modelo: social, productivo, comunitario, etc., tener en el bolsillo un billete de cien bolivianos es como tener diez de los tiempos pasados, pues su valor en cuanto al poder adquisitivo del mismo, nos deja con el ceño fruncido, ya que si bien el dólar como divisa de referencia hace una década se encuentra congelado, dándole a la moneda nacional un valor artificial, los productos del mercado de consumo se han elevado en cuanto a su precio antes de este gobierno, en más del cien por ciento y en algunos casos hasta el quinientos por ciento.

Hoy en día con un billete de cien bolivianos se adquiere muy poco en relación con hace más de una década, prueba de ello, es que hace una década una salteña, tan cara a nuestro gusto criollo, tenía un valor de dos bolivianos con cincuenta, hoy una salteña tiene un costo de entre seis y ocho bolivianos, es decir que su precio se ha elevado en dos veces y media. Es en el campo de los productos farmacéuticos, donde el precio ha crecido hasta en un doscientos o más por ciento, de tal manera que a veces tenemos que adquirir productos farmacéuticos que nos recetan, pagando hasta más de quince bolivianos por una gragea, es decir más de dos dólares.

Es cierto que también el salario mínimo ha subido de cerca de seiscientos bolivianos a un mil ochocientos bolivianos, es decir tres veces, lo que confirma la pérdida del valor adquisitivo de la moneda boliviana y en consecuencia un empobrecimiento de la ciudadanía, pues con salarios promedio de dos mil quinientos bolivianos y hasta un poco más, una familia de tres o cinco individuos, no puede tener una calidad de vida aceptable, lo que importa que la mayoría de nuestra población vive en niveles de subsistencia.

El gobierno del régimen de populismo de izquierda que nos gobierna hace más de una década, en su permanente propaganda dice que los bolivianos ya no somos pobres, que la pobreza extrema ha bajado en importante porcentaje, que la clase media ha crecido por la incorporación a ese estrato de los ex pobres, etc., todo avalado por los informes de los organismos internacionales que tienen que ver con la economía y el crecimiento económico. Pero lo que realmente sucede es que los burócratas de esos organismos -antes criticados acerbamente por el régimen- aplican fórmulas matemáticas elementales, como dividir el PIB nacional entre los habitantes, cuando debido a las erráticas políticas económicas del populismo, los ingresos nacionales que indudablemente han crecido gracias a los precios de los “comodities” en el mercado internacional, la mayor parte de la década pasada -aunque ahora los precios de los hidrocarburos y los minerales han descendido-, su deficiente administración y despilfarro, con inversiones de poca rentabilidad y escasa absorción de mano de obra, como satélites, campos deportivos, teleféricos, palacios, aeropuertos en lugares de escasa población y baja demanda de tráfico aéreo, etc., y más bien con altos índices de corrupción e incumplimiento de normas de administración y control fiscal, son el cuadro de la realidad nacional.

Los beneficiarios del modelo populista de desarrollo económico han sido y son los importadores y contrabandistas, que con el dólar subvaluado, nos llenan los mercados de todo tipo de productos, habiendo afectado gravemente a la industria nacional, y provocado el crecimiento desmesurado de la economía informal, donde tiene que refugiarse el ciudadano, para por lo menos subsistir al día.

Los que seguramente han salido de la pobreza, son lo están gozando del poder político hace más de una década, y que para seguir su disfrute, pretenden seguir en el poder político “por siempre”, aunque para ello desconozcan el veredicto que el pueblo dio en el referéndum de febrero del pasado año, y el incumplimiento de los mandatos constitucionales y legales, que limitan el ejercicio del poder por más de dos gestiones -el presidente del gobierno del MAS está ya tres gestiones-.

Que la revalorización del billete de cien bolivianos venga acompañado de la revalorización de la democracia, por el bien de la Patria.

El autor es abogado y politólogo.

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