[Luis Antezana]

Las comunidades indígenas en la vía capitalista


 

La historia de las comunidades aymaras en el territorio que ocupa Bolivia es poco menos que trágica y casi siempre se les impidió el derecho a su autodeterminación. Primero fueron invadidas y destruidas por el imperio incaico (1350-1532), opresión de la que fueron liberados por los españoles que primero impusieron su dominio por medio de la Casa de Austria (hasta 1700) y enseguida por los borbones hasta las revoluciones libertarias (1809).

La creación de Bolivia, la reforma agraria de Bolívar y las medidas del Presidente Santa Cruz permitieron el libre desarrollo de las comunidades, hasta que advino el régimen feudal-colonial de Mariano Melgarejo, cuya política agraria pasó la propiedad comunal de la tierra a propiedad del Estado, la aplicación del pongueaje y el colonato, la usurpación de la comunidad para convertirla en hacienda feudal, la iniciación de la etapa de masacres indígenas, etc. Al rematar las comunidades ese gobierno estableció la propiedad privada de la tierra.

El sistema feudal de Melgarejo, anulado por el gobierno de Agustín Morales (1871), pero restaurado por la legislación agraria de 1880, duró hasta la reforma de 1953 que devolvió la propiedad comunal a los indígenas comunarios, con amplios derechos democráticos. Pero con una nueva restauración (1964), las libertades democráticas obtenidas empezaron a sufrir recortes sucesivos cada vez más profundos, hasta el advenimiento de una contrarrevolución mediante la Ley INRA (1996) y su prolongación, la Ley de reconducción comunitaria de la reforma agraria (2005).

Pese a los esfuerzos para evitar la evolución económica, la sociedad andina no dejó de desarrollar la vía capitalista y actualmente sigue luchando para destruir los frenos que le impiden alcanzar sus objetivos propios. Es más, implícitamente, se opone de hecho a la aplicación de la reaccionaria utopía populista que, por un lado, busca retroceder a la noche de los tiempos, al ayllu preincaico y, por otra, “saltar” al socialismo, negándosele, en esa forma, el derecho a la autodeterminación democrática ¡en el Siglo XXI!

En efecto, los comunarios desarrollan con creciente intensidad la propiedad privada, el pago del trabajo en dinero en vez de en especie; sustituyen el trueque por el cambio en dinero; en su interior se produce una división social entre un sector indígena acomodado y otro sin ninguna propiedad. Los comunarios luchan por romper las arcaicas estructuras de propiedad y producción comunitarias y feudales para establecer otras nuevas; pasan del sistema de producción natural al mercantil; el dinero es utilizado como capital para “comprar” trabajo. De otra parte, pese a las prohibiciones, practican la venta de tierras y buscan que este procedimiento se profundice y legalice como se produce y acepta a los grandes capitalistas agrarios del oriente. En esa forma, desean obtener las diversas formas de renta para salir del primitivísimo nivel de vida en que se encuentran (y en algunos casos les llevan al tráfico de drogas).

El aspecto en que esa vía capitalista de desarrollo es más notable es en la diferenciación social, pues unos comunarios se enriquecen, amplían sus tierras, utilizan obreros indígenas pobres, compran camiones, etc., mientras otros se proletarizan y forman un ejército de obreros rurales, que forman el mercado interno. La producción mercantil se convierte en artesanal, se pasa de la producción intensiva a la extensiva con base en créditos leoninos de usureros, pues los bancos están impedidos de hacerles préstamos. Todos esos aspectos están destinados a la acumulación de riqueza monetaria en determinadas manos, riqueza para formar empresas capitalistas (indígenas).

En general, la región interandina indígena desarrolla una economía capitalista, pero en medio de grandes dificultades comunarias y feudales de origen estatal de tipo populista (populismo que de ideología del trabajador se convirtió en la ideología de los pequeño-capitalistas), que determinan feroz nivel de explotación humana, ínfimos salarios, trabajo de más de 12 horas al día, pago en especie, inexistencia de beneficios sociales; en resumen un capitalismo salvaje, mientras, por otro lado, se discursea a voz en cuello contra el injusto capitalismo y se anuncia el establecimiento de las delicias del socialismo.

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