Llunkerío: ¿octavo pecado capital?

Héctor Revuelta Santa Cruz

 

El término llunku, (seguramente que así se escribe), se lo utiliza como adjetivo peyorativo; proviene de un adagio quechua que dice: “siky llunku”, que traducido al español (con las disculpas del caso) quiere decir lame culo: es decir que llunku es lamer, o sea que es un verbo. Es difícil encontrar, en el idioma español, una palabra que exprese tan cabalmente ese calificativo y, como nunca, se escucha más en estos días para aludir a muchísima gente que quiere gozar del poder.

El sinónimo más próximo de llunku sería adulador, junto a otros como zalamero, lisonjero, etc. El término zalamero, normalmente, se emplea cuando se quiere describir a una persona que resulta ser excesivamente mimosa; es decir que se muestra más cariñosa de lo que hace la media considerada normal. Una zalamería es aquella demostración de cariño que se caracteriza por su exageración y empalago, con el propósito de recibir algún beneficio. Un poco de cariño y de mimo, por supuesto, serán bienvenidos; pero cuando ya se convierte en una acción reiterativa suele aparecer como inoportuna y fastidiosa, causando malestar en unos, y satisfacción en otros.

El llunkerío parece tener origen en la historia de la humanidad, cuando aparece el poder. Los caciques, monarcas, presidentes y dirigentes casi siempre tuvieron y tienen llunkus que se encargan de alabarlos a ultranza o defenderlos, y hasta atacar despiadadamente al supuesto enemigo del llunkeado, incluso con actitudes mentirosas y desleales ante un amigo, con tal de satisfacer al amo.

Los ejemplos más corrientes de adulación tienen lugar en las altas esferas del poder. Para obtener dádivas, el llunku, a veces mercenario de turno, se encarga de alabarlos. Cuando son recurrentes y cotidianos, el llunkeado cada vez cree más en las maravillas que dicen de él y, seguramente, esos excesos han creado, en la historia, la divinización de varios líderes.

Creo que con frecuencia el llunku vivirá contento mientras reciba frutos de su llunkerío; pero cuando cae en desgracia o desaparece el líder, es frecuente que se vuelva su enemigo y buscara a un nuevo líder o caudillo, que sin mayor empacho se convertirá en un tránsfuga.

El llunku, calificado frecuentemente por el llunkeado como leal, no siempre es apreciado por él y algunas veces menospreciado y hasta maltratado. También debe haber llunkus que tienen la conciencia intranquila, pero muchos la aquietan con los frutos que reciben.

El síndrome del llunkerío, que es universal, tengo la impresión de que en Bolivia está más acentuado que en otros países, tal vez por una estratificación social muy marcada y la reverencia que se dio a los españoles durante la conquista. Esto se nota, muy frecuentemente, en las cartas dirigidas a las autoridades, cualquiera sea su rango: “…felicitándole por la magnífica gestión que usted realiza a favor de… me dirijo a su digna autoridad para suplicarle...”. A la mayoría de los políticos les gusta el llunkerío; a pocos les desagrada.

Otra cosa muy diferente es la afabilidad que permite mostrarse a una persona amable, cordial y cortés frente a otras personas; pero, ante todo, es sincera y desinteresada. El afable es una persona que inspira confianza con un comportamiento agradable. Un reconocimiento de las cualidades o actividades que realiza un individuo es algo que todo el mundo aprecia y desea obtener.

Cuando se elaboraba la Constitución, no sé si en broma o en serio, alguien propuso que a la trilogía ama sua, ama llulla, ama qhella había que aumentar ama llunku…

En conclusión: ¿el llunkerío, como un defecto en el hombre, está más cerca de un pecado capital? De aceptarlo, sería el octavo.

*Héctor Revuelta Santa Cruz es Ing. Civil, docente de la UMSA

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