[Alberto Zuazo]

Punto aparte

Las funciones del periodismo


 

Se conoce de sobra que a unos y a otros, a veces, les resulta incómodo, desagradable y hasta repudiable el periodismo, porque supuestamente está empeñado en desprestigiar e incluso dañar intereses personales, políticos y/o empresariales.

Efectivamente, puede que todo ello ocurra, pero lo que tiene que entenderse es que el periodismo sustancialmente es un servicio público y, para justificarse como tal, tiene que ser plural, objetivo e independiente. Sólo de esta forma puede cumplir la tarea que se ha impuesto.

En otros términos, cuando se habla de que el periodismo es un servicio público es que tiene que ofrecer información sobre todo lo que ocurre diariamente en los diversos sectores de la población. De no hacerlo así, deja de ser imparcial.

Cuando se habla de objetividad, aunque existen disidencias en la propia actividad sobre su pertinencia, en todo caso lo que resulta inapelable es cuando esa objetividad refleja lo que la conciencia individual -que es apelar a su mayor intimidad- le induce a cumplir.

A menos que esa conciencia esté perturbada por instintos malsanos, ajenos al respeto que merece la sociedad a la que se pretende servir, únicamente entonces puede ser cuestionada y hasta abjurada.

Empero, cuando se trata de invalidar la función del periodismo desde ópticas de intereses personales o de grupo, se incurre en parcialidad. Por tanto, se pretende que el periodismo esté sólo a disposición de sus intereses y conveniencias. Y esto no es posible, salvo que se esté pretendiendo tener un periodismo dócil a sus valores subalternos.

Si se desea tener un constante canto de sirenas cuando se lee, ve o escucha, lo que se pretende tiene una solución relativamente fácil. Financiar su propio medio informativo, que se preste a satisfacer todas sus expectativas y deseos. Y, con ello, dejar de leer o escuchar al resto de los medios, para no tener que enojarse y menos proceder a descalificarlos.

Ahora, si se siente obligado a leer y escuchar a ese resto, tiene que adoptar otra opción muy simple, la de comprensión. Aceptar que la sociedad es diversa y que el periodismo debe informar de lo que proviene de ella.

En este caso, estar dispuesto a tolerar las diferencias con sus propias creencias e intereses, que pueden ser personales, como por ejemplo acrecentar su popularidad para construir un liderato propio o demostrar lealtad del que es adicto, aunque sin caer en adulonería, porque puede caer también en el exceso y hasta en la falacia.

En cambio, cuando se trata de poner de manifiesto las discrepancias políticas, el recurso legítimo es incursionar en el debate de las ideas, esto es contraponer las adicciones doctrinarias que se tenga o, finalmente, cuestionar abiertamente a las que parezcan incompatibles con los intereses nacionales o con los tiempos que se vive.

El periodismo, al hallarse inmerso en esos escenarios, lo único que tiene que hacer es recoger la información que emerja de cuanto se haga o diga en ellos y que tenga interés público. Solamente de esta manera cumple con la obligación de ser plural, esto es diverso.

Más todavía, informar de todo lo que recoja en una y otra fuente, sin incurrir en parcialidad. De ahí que se impone, en el plano informativo, buscar o recoger la contraparte, en especial cuando el tema que se trata tiene necesidad de ello, para no prestarse a la parcialización.

Es también evidente que esto no funciona en todos los casos. Pues, suele ocurrir que nadie quiere aportar con la contraparte. Esto sucede, con frecuencia, en las esferas oficiales. Con frecuencia, las autoridades o funcionarios que pueden formular la contraparte son inaccesibles. A sus unidades de comunicación o prensa instruyen guardar silencio.

En este caso, al periodista que escribe la nota del caso, no le queda otra opción que escribir que no pudo conseguir la contraparte, pese a los esfuerzos que desplegó para el efecto. Por tanto, dadas estas circunstancias, puede efectivamente darse una información parcializada, pero no por voluntad del periodismo, sino porque las fuentes oficiales por lo general se encuentran cerradas.

Otra necesidad que tiene el periodismo es que cuando desde las esferas oficiales, incluso desde las más altas, se lanza imputaciones de todo género en el plano individual o colectivo, tiene necesariamente que buscar la confirmación de las aseveraciones que se lanza o, si el caso deriva en rechazos u objeciones a lo expuesto desde esos niveles, tiene también que reproducirlas.

En suma, el periodismo independiente tiene que ser forzosamente plural, en unas oportunidades para dar paso a la controversia, en otros para desvirtuar lo sostenido en la fuente oficial, cuando las personas o sectores aludidos tienen margen a ello o simple y llanamente las rechazan por ser inconducentes, es decir carentes de veracidad.

Entonces una persona, cualquiera que sea, que esté en el ejercicio del poder o no, que emite juicios condenatorios contra el periodismo, está incurriendo en desconocimiento del compromiso ético y consciente que tiene: poner en práctica la pluralidad, porque es su obligación fundamental.

Y si, a pesar de ello, se lanza contra él imputaciones calumniosas e insultantes, la basura no caerá sobre el periodismo, sino sobre el autor de semejantes excesos de intolerancia al pluralismo. Además, sería pretender ejercer un autoritarismo sustentado en pies de barro.

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