[Mario Alfonso Ibañez]

El esfuerzo del pueblo y una revolución traicionada


 

El 9 de abril de 1952 con la conducción firme en los propósitos de Hernán Siles Zuazo, el pueblo de La Paz abatió a una de las más duras dictaduras de la historia de Bolivia.

En Villa Victoria, Miraflores, San Jorge y Chijini Alto, se iniciaron las acciones aisladas, pero La Paz era ya un foco de inquietud y de momento a momento aumentaba el tiroteo.

Al promediar la tarde, un avión de las fuerzas del gobierno voló sobre la ciudad arrojando volantes que conminaban al pueblo a una inmediata rendición incondicional. Esta fue una estrategia desesperada del Gral. Tórrez Ortiz, pensando en infundir temor a la población que se había arrojado a las calles en busca de libertad y justicia, pero esto fue lo que más enardeció al pueblo, tanto más si las fuerzas del Gobierno traían consigo morteros y cañones.

Los revolucionarios seguían en poder de la ciudad y la enormidad de tropas continuaba atacando inútilmente con su poderosa artillería. En la noche del 9 el combate se generalizó. Sopocachi, San Jorge y Miraflores eran un infierno al igual que Tembladerani, Chijini y Villa Victoria. Los revolucionarios rompieron el cerco militar de Tembladerani y el avance incontenible logró llegar hasta El Alto y romper la defensa de las fuerzas militares hasta apoderarse de dos vagones de ferrocarril colmados de municiones.

Después de esta acción, los revolucionarios iniciaron la bajada, tomando por sorpresa a las fuerzas militares que desconcertados totalmente emprendieron una precipitada retirada. Este fue un paso decisivo del combate y horas después todo el sector comprendido entre Tembladerani, Chijini y Villa Victoria quedaba en poder de las tropas del pueblo.

La resistencia de las fuerzas del gobierno no tenía otro campo de acción que Miraflores, San Jorge y Sopocachi, donde se habían concentrado los cadetes del Colegio Militar, el Reg. Lanza y el batallón de ferrocarriles Gral. Pando. Más o menos a esa misma hora los valientes que participaron en las acciones de El Alto, ingresaban a la Plaza Murillo llevando como trofeo dos cañones arrebatados a las fuerzas del ejército. En la zona de la calle Yungas la situación defensiva de los insurrectos se convirtió en una furiosa ofensiva comandada por el dirigente Juan Lechín, retirándose minutos después hacia la zona Norte.

La situación en la práctica quedaba dominada por las fuerzas revolucionarias. Por intermedio del Nuncio Apostólico de Su Santidad Monseñor Sergio Pignedoli, los representantes del ejército solicitaron angustiosamente una entrevista con los dirigentes de la Revolución triunfante. El Dr. Hernán Siles Zuazo complació el pedido en busca de la paz y la concordia y así evitar el derramamiento de sangre de uno y otro lado y se hizo presente en la Nunciatura, donde sostuvo una prolongada conversación con el Gral. Jorge Rodríguez Hurtado, accediendo a una tregua y así alcanzar un mutuo entendimiento. Poco tiempo después cesaron las hostilidades cuando tropas revolucionarias tomaban el Ministerio de Defensa y la zona del Montículo.

Las bajas por parte de las fuerzas revolucionarias se contaban por cientos y sobre este cúmulo de cadáveres y de ruinas se alzaba triunfante la Revolución de Abril como una bandera de justicia y reivindicaciones.

Cuando el líder de la Revolución, Hernán Siles Zuazo, se hizo cargo del Palacio Quemado y ante la multitud del pueblo que se hallaba en la Plaza Murillo señaló: “El mandato del presidente mártir Gualberto Villarroel se ha cumplido en la misma Plaza en que fue sacrificado por la oligarquía”. “En este Viernes Santo en que se rememora el sacrificio del Mártir del Gólgota, invoco la fe del pueblo boliviano para dar una nueva orientación y sentido a los destinos de Bolivia”.

Pero tiempo después, la presencia en los gobiernos de neo-movimientistas y del infantilismo de izquierda, defraudó las banderas de Abril y se repitieron, como hasta ahora, los mismos errores de antes de la revolución.

Al advenir la democracia, el Dr. Hernán Siles Zuazo trató de recuperar aquellos postulados, pero la traición y el afán de lucro de sus aliados impidieron este supremo esfuerzo.

Ahora el país necesita nuevas propuestas que permitan la vigencia de una izquierda democrática, una verdadera alianza de obreros, campesinos, clase media y de empresarios progresistas para poder alcanzar, definitivamente, una Bolivia libre de engaños y falsedades, socialmente justa, políticamente soberana y económicamente competitiva en el mundo globalizado.

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