Al encuentro del yo

Alfonso Echávarri Gorricho

 

¿Quién soy yo? Lo primero que me sale es dar todo tipo de detalles sobre lo que hago, el lugar donde he nacido y, si me apuran, hablaré también de mis aficiones y hasta de mi equipo de fútbol del alma. Si quien ha realizado la pregunta no se queda conforme, pondré una de mis caras interesantes y diré: “bueeeeeno… lo que soy es una persona que esto y lo otro”. Y ahí es donde me doy cuenta de que mi respuesta es más fruto de la improvisación del momento que de una convicción interiorizada.

Tengo un conjunto de ideas, opiniones y percepciones acerca de una serie de características que reconozco en mi propia persona. Si soy generoso o un tacaño del quince. Si se puede confiar en mí. Si me enfado con facilidad o Job a mi lado era un aficionado. Si tengo habilidades de relación, iniciativas y destrezas o lo mío es la contemplación de las olas del mar.

A las características que yo pienso que me definen Burns las llama el “Autoconcepto”. Este no entiende de la verdad o falsedad de los aspectos que me atribuyo a mí mismo. Puedo pensar que soy más duro que esos turrones por Navidad y, sin embargo, naufragar estrepitosamente en la mirada de un anciano. Y lo que yo pensaba sobre mí se viene abajo y me descoloca. El pensamiento tiene mucha fuerza y puede llegar a convencer a la persona, a través de un razonamiento contaminado, de que su yo sea de una manera o de otra en función de la situación.

Asimismo, las personas pueden descubrir a lo largo de su vida otra serie de atributos que pensaban que no poseían. Por ello, el yo explicado desde el pensamiento se queda corto. Para llegar al siguiente nivel, nos debemos plantear qué es lo que sentimos cuando pensamos lo que pensamos de nosotros mismos.

Las emociones y los sentimientos no lo son todo. Podemos caer en la tentación de pensar que nuestro yo profundo está al otro extremo de la razón, junto al ser humano que siente. Y no sé si en el medio estará la virtud, pero sí que sé que no está en los polos.

Una persona no solo es “auténtica” por la cantidad y calidad de emociones que tenga, también ha de usar la razón. Si no, se regirá por la tercera ley de Newton sobre la acción y la reacción. Sucede esto, siento esto. Me pasa aquello, siento aquello. Y así, saldrá todos los días en una búsqueda sin fin de ese yo profundo, a intentar negociar el balanceo de un inmenso mar de emociones como un barco sin giroscopio.

No obstante, ante la acción el ser humano tiene la capacidad de responder, que no es lo mismo que reaccionar. La respuesta tiene su origen en la libertad y en la voluntad, la reacción en el automatismo. Un animal reacciona, el ser humano responde.

“Cada persona es el artífice de su propio destino”. Las personas manifiestan el yo a través de la conducta, que está condicionada por lo que pensamos y sentimos. Cuando no aceptamos dicho condicionamiento surgen las etiquetas que asignamos, nos asignan y en ocasiones nos colgamos.

Coherencia entre el pensar, el sentir y el actuar. Ahí está la clave para acceder al yo profundo. Pero no es suficiente. Porque Pol Pot, Idi Amin o Hitler también eran personas “coherentes”. Solo cuando ésta esté inspirada en el bien, para uno mismo y para los demás, el ser humano no sólo estará capacitado para descubrir su yo profundo, sino que además podrá construirlo y cuidarlo.

El autor es psicólogo, Teléfono de la Esperanza.

ccs@solidarios.org.es

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