Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad

Isabel Velasco

 

La Navidad de antes en la ciudad de La Paz no era de regalos ni de arbolito, menos de un Papá Noel, era una noche exclusivamente dedicada a la adoración del Nino Jesús.

Cuentan los abuelos que en todos los hogares, desde los más humildes hasta los más pudientes, la familia se preparaba para el nacimiento de Jesús. Para ellos era signo de amor y devoción poseer un hermoso niño de cera, uno cusqueño o bien otro creado por el Maestro Frías.

¡Venid pastorcillos, venid a adorar al rey de los cielos que ha nacido ya!

Los niños de antes al terminar las clases sembraban semillas de cebada, maíz y trigo en pequeñas latas de conservas de sardinas españolas que brotaban antes de la Navidad.

Todos se dedicaban con esmero al cuidado especial de cada una de las latitas y era un alborozo cuando se las veía verdear. Con ellas se arreglaba el pesebre, que al final lucía cual jardín mullido… para que el Niño retoce en su “chiji pampa” ¡wistiki wistiki!

Otra de las actividades que mantenía a los niños de antes ocupados durante las vacaciones de fin de año era conseguir “tapa coronas” de cerveza, de “soda water” o “champancola” indispensables para la fabricación de un “chulluchullu”.

Cuentan los “expertos” que el único modo de aplanar impecablemente las tapa coronas era poniéndolas sobre los rieles del tranvía. Para esto nuestros jóvenes de antaño se posesionaban de las aceras por donde pasaba el motorizado, colocaban las tapitas con suficiente espacio entre cada una de ellas y esperaban pacientemente por él.

Dicen que una de las “mañas” para saber de su llegada era acercando el oído a uno de los rieles para sentir la vibración, cuando ésta se ponía rugiente escapaban los chicos como alma que lleva el demonio, poniéndose a buen recaudo del “troley” que pasaba raudamente, dejando una estela de “platis” bien aplanados, recios para un ¡“chulluchullu” de verdad!

Una semana antes del 24 de diciembre… salían a las calles grupos de “adoradores” vestidos de pastorcitos, llevando ovejitas con tamborcitos, pífanos, organillos, pajarillos y chulluchullus, iban casa por casa bailando y adorando ante los pesebres. Estos “gualaychos” escogían para su capitán o guía al famoso “Malilo”, escogido entre todos por ser el más vivo y bailarín de todos; él iba disfrazado con una canasta enorme que le cubría todo el cuerpo.

Los “adoradores” de antes eran recompensados con collares de peras de Río Abajo. Estas frutas de los valles paceños habían sido preparadas en las casas ensartadas en pitas y eran colocadas alrededor del cuello de los cantores... El número que tenían indicaba el número de casas que habían visitado. Las comparsas se organizaban por barrios, siendo las más famosas las de Caja del Agua, Churubamba, la Alameda y San Pedro; la concurrencia de estos “adoradores” era espontánea y sin ninguna otra finalidad que la de adorar al Niño en esa fiesta.

Todos cooperaban en el arreglo del pesebre familiar, el padre montaba el armazón gigante donde iban a estar las montañas, infaltable un Illimani; las madres colocaban al Niñito, las abuelas a la Virgen y a San José. Otros parientes daban las instrucciones para el arreglo de los pastores con sus ovejas y rebaños de animales, lagunas con patos, aldeas enteras con gente, casitas, hoteles, pequeñas diligencias con viajeritos y equipaje, tiendas, bultos y “khumuntas”.

¡Qué decir de la Estación Central! Un gran tendido de vía cruzaba todo el Pesebre con túneles, ríos, puentes y montañas, desde donde bajaban algunas llamas y vicuñas. Por ahí se deslizaba el tren con la poderosa locomotora y sus vagones a todo humo y vapor… ¡La bandera de Bolivia, rojo amarillo y verde, flameando en todo el arreglo añadía patriotismo al evento de devoción familiar!

Es de realzar el hecho de que nunca faltaba un estadio lleno de stronguistas y bolivaristas, dando así el toque deportivo al pesebre del Niño Jesús, quien a veces inclusive nacía con la camiseta favorita del dueño de la casa familiar.

Desde la víspera del 24 los niños lustraban sus zapatos, era una gloria ver esos “botines” bien charolados, brillando a los pies del pesebre, a fin de que el Niñito les deje en ellos unos dulces o alguna pequeñez.

De la cocina emanaban los deliciosos aromas de la tradicional “picana”, los sucumbes, las mistelas y las roscas de Navidad.

Así eran las Navidades de antaño, fiestas llenas del recuerdo de amigos, de los hijos ausentes, de canto y alegría, todo alrededor del pesebre del Niño Jesús.

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