[Raúl Pino-Ichazo]

Enseñanza-aprendizaje crítico y exigente


 

El profesional aprende y cultiva el conocimiento que ya está ahí; al aficionado le gusta porque ya lo ve hecho y su figura le atrae. Esto es pernicioso en forma superlativa porque se corre el riesgo de sumergirse en una ocupación como es la sagrada misión de enseñar o transmitir conocimientos, en cuyo íntimo y radical sentido no se tuvo tiempo ni ocasión de descubrir. En efecto, en casi todas las actividades humanas acontece que por estar ahí, es decir, programadas, los hombres solemos adoptarlas mecánicamente y entregar la vida a ellas, sin que jamás tomemos contacto con su radical realidad.

Por lo contrario, el catedrático o facilitador auténtico que filosofa por íntima necesidad de producir reacciones de una idea en otras ideas, no parte de una enseñanza ya hecha sino que se encuentra haciendo su propia enseñanza, hasta el punto de que es su síntoma más cierto ver a este catedrático-facilitador rebotar en toda la enseñanza que ya está ahí, negarla y retirarse a la terrible soledad de su propio filosofar para mejorar su enseñanza.

Esta constante inautenticidad que la preexistencia social de las ocupaciones humanas dirige es uno de los componentes trágicos de los hombres. De aquí que la experiencia indica a los que estamos décadas en la misión de la enseñanza, que es preciso combinar el aprendizaje y la absorción de la enseñanza socialmente constituida con un perenne esfuerzo por analizar todo y volver a comenzar o, lo que es igual, repristinar, entendido como hacer la enseñanza más original e interactiva.

Aquellos profesores que inician la práctica de la enseñanza con la labor cotidiana de crear nuevas ideas, son los auténticos profesores, pues perforan el cuerpo de todos los otros profesores rutinarios. Todo gran catedrático - facilitador lo es porque acierta en reproducir en su persona, por lo menos con gran aproximación, aquella situación originaria en que el conocimiento nació. Por ello importa mucho intimar con aquellos profesores renovadores del conocimiento que no pudiendo ser los originarios de dichos conocimientos logran con su esfuerzo reoriginarlos. Esto último es vital como disciplina conducente para evitar que la ocupación humana de la enseñanza se desestructure en una dedicación a ella mecánicamente, o sea, siguiendo en forma inercial los moldes de pensar vigentes, aceptando sin más el planteamiento usual de los problemas sin crítica ni acción contestataria.

Esto último es funesto para la enseñanza porque impide a los profesores ser originales; el daño que aquel peligro suele engendrar estriba en que, al dar por buenos y captar los modos usuales de pensar y el planteamiento habitual de las cuestiones en el aula, ni siquiera los poseeremos de verdad para aplicarlos y cunda en la intelección del estudiante, para ello, es menester rehacer el esfuerzo de los inventores del conocimiento cuando lo crearon, entonces, el estudiante conquista activa y efectivamente el conocimiento y comprende que nunca permanecerá estático y se irá modificando constantemente.

El autor es Abogado Corporativo, postgrado en Arbitraje y Conciliación, Catedrático.

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