[Manfredo Kempff]

Recuerdos lejanos y entrañables


 

El 12 de este mes de noviembre se cumplieron 41 años de la muerte de mi padre, Manfredo Kempff Mercado, acaecida en Santa Cruz de la Sierra, cuando tenía 52 años. El 19 próximo, hará cuatro décadas que partió don Roberto Prudencio Romecín, cuando a sus 67 años lo atrapó el cáncer, como a mi padre. Ambos fueron amigos, colegas en la Facultad de Filosofía de San Andrés, y también estuvieron exiliados en Chile durante el largo gobierno del MNR. Sobrevivieron al destierro enseñando filosofía.

Cuando llegué a Santiago, de pantalones cortos todavía, me encontré con que en esa gran ciudad mis padres vivían a media cuadra del departamento que la familia Prudencio ocupaba en una esquina de Vicuña Mackenna, a cien metros del parque Bustamante. Como los hijos de don Roberto eran contemporáneos conmigo y mis hermanos, sucedió que pronto hicimos una amistad muy grande, que perduró siempre, y por lo tanto nos frecuentábamos diariamente. Tomando el té en su casa, escuché mencionar por primera vez a Voltaire, Goethe y Dostoyewski, como también a René Moreno y Arguedas. Entonces empecé a conocer al filósofo, político, historiador y formidable charlista paceño.

Mi padre era un reconocido profesor de Introducción a la Filosofía e Historia de la Cultura en el Pedagógico de la Universidad de Chile y durante tres años fue catedrático visitante en la Universidad de Concepción. El largo exilio le permitió escribir su Historia de la Filosofía en Latinoamérica, Introducción a la Filosofía, ¿Cuándo Vales los Valores?, y de retorno a Bolivia, Filosofía del Amor. Por supuesto que muchos ensayos y artículos, que, seleccionados por Marcelino Pérez Fernández, permitieron que mi madre, Justita, hiciera publicar sus Obras Completas. La última actividad que desarrolló mi madre, un mes antes de morir, fue entregar al municipio cruceño los más de 500 textos especializados en filosofía, que conservaba y cuidaba en la biblioteca paterna.

Roberto Prudencio dictó cátedra en la Universidad de Chile de Santiago y en la Universidad Católica de Valparaíso. Pero también, en aquellos años duros, escribió muchos artículos y ensayos literarios, filosóficos, históricos, que, junto a los que había publicado en la prestigiosa Kollasuyo (revista que él fundó) fueron recogidos por sus hijos -por Roberto en especial- en tres volúmenes de ensayos que son muy valiosos y que han sido comentados, entre otros, por el recientemente fallecido don Jorge Siles Salinas. Jorge, discípulo y amigo de don Roberto, fue también un destacado profesor universitario en Chile, de enorme cultura y rectitud de espíritu, por supuesto exiliado en la década de los 50.

Cuando mi padre llegó a La Paz, allá por el lejano 1946, Roberto Prudencio ya había fundado la Facultad de Filosofía y Letras en la UMSA, de la que era Decano. Manfredo Kempff era un joven ávido de profundizar en el pensamiento filosófico, y se incorporó a ese cenáculo de pensadores que surgía, donde brillaban Augusto Pescador, José Antonio Arze, Numa Romero, Nicolás Fernández Naranjo, Humberto Vásquez Machicado y otras personalidades. Sin embargo, este empeño intelectual se vio truncado por los revolucionarios del 52, que, atentando contra la autonomía universitaria y la cultura, hicieron que Prudencio tomara el camino del exilio y que gran parte de los profesores se dispersara.

Al regreso del exilio, después de 1964, tanto Manfredo Kempff como don Roberto Prudencio, retornaron a San Andrés, pero las condiciones políticas habían cambiado demasiado. La educación se había relajado a extremos inconcebibles. Los viejos maestros -aunque mi padre no llegaba a los 45 años- ya no tenían cabida en una universidad donde el cogobierno entre estudiantes y profesores resultaba caótico y cuando los universitarios, que se suponía iban a aprender, destituían a sus catedráticos y aparecían enseñando materias que por cierto ignoraban.

Por otra parte ambos incursionaron en el campo político, que era lo que les correspondía hacer en realidad como a personas comprometidas con el país. Manfredo Kempff como senador por Santa Cruz y presidente del Senado, Roberto Prudencio como ministro de la cartera de Cultura, Información y Turismo, creada por entonces. Los remezones políticos que sobrevinieron a la muerte del presidente Barrientos, los barquinazos entre la izquierda y la derecha o entre populistas y moderados, hicieron que mi padre regresara finalmente a Santa Cruz y que don Roberto retornara a darle vida a su pasión mayor que era la revista Kollasuyo, donde escribieron los intelectuales más importantes.

Atrás quedaron las pláticas, el aprendizaje, las charlas de sobremesa, las anécdotas sabrosas, los episodios penosos de nuestra historia y siempre la esperanza de un futuro mejor para Bolivia. Mi padre partió muy joven y don Roberto un año después aunque él ya transitaba por la sesentena. Mi progenitor y mentor, y mi maestro y amigo, se fueron casi juntos, dejándonos el recuerdo de nuestra juventud inquieta y ávida, disfrutada y sufrida al lado de ellos.

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