[Luis Antezana]

Melgarejo en las barricadas de Potosí


 

A mediados de 1870, el dictador Mariano Melgarejo (que consideraba que su gobierno sólo era “de por vida”) marchaba a la cabeza de su ejército de tres mil hombres de un lugar a otro del país, sofocando movimientos sociales y rebeliones populares en Cochabamba, Tarata, Sucre, Potosí y otras regiones. Conduciendo aguerridas tropas, desde la grupa de su caballo Holofernes, (donde estaba la sede del gobierno), miraba al país desde arriba y seguro de que nadie podía derrocarlo.

En ese afán aplastó una rebelión en Tarata y emprendió retorno a La Paz por la quebrada de Tapacarari. Permaneció unos días en Oruro -llamada por entonces “la Fortaleza”-, para recuperar energías. Decidió entonces seguir a La Paz, donde circulaban rumores subterráneos de una revolución, hecho que preocupaba al dictador y que sólo podía controlar con su presencia y el terror que causaban las incondicionales fuerzas pretorianas a sus órdenes. Pero al salir de Oruro su caballo se encabritó y le hizo una “jocha”, pues apoyándose en la pared de una casa, aplastó la pierna izquierda de Melgarejo, causándole profundas magulladuras y la ruptura de un hueso.

Herido de gravedad, iracundo e insultando a Holofernes, debió quedarse unos días en esa capital para recibir una curación que sólo se alivió cuando llegó un médico a La Paz, quien curó su mal con una misteriosa medicina, la cocaína, que se aplicaba, por entonces, por medio de fomentos y cataplasmas de la hoja de coca que llegaba de yungas.

Recuperado parcialmente, marchó hacia La Paz en andas de soldados que, con los máximos cuidados, lo cargaban en camilla, pues los menores movimientos le producían dolores increíbles, por lo que el viaje fue una pesadilla. Finalmente, el Héroe de Diciembre, Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile y otros títulos pomposos, llegó a La Paz montado en Holofernes y para no dar impresión de debilidad, ingresó al Palacio, donde volvió al reposo y curetajes que atenuaran sus sufrimientos físicos.

Pero el reposo del guerrero duró poco. A fines de noviembre fue anoticiado de que el pueblo potosino se había levantado como un solo hombre a la cabeza de Rendón, uno de sus ex generales. Entonces montó en cólera y para imponer su despotismo a como diese lugar, decidió sofocar la rebelión del pueblo de Potosí, decisión que puso en práctica de inmediato y, entonces, a la cabeza del “Ejército invencible”, partió hacia el sur en marchas forzadas. Aun padeciendo de agudos dolores en la pierna, Melgarejo cabalgó casi 800 kilómetros, obsesionado por salvar del naufragio su corrupto gobierno.

Melgarejo, para entonces Presidente vitalicio, Capitán General de su “Ejército invencible” y General del Ejército de Chile llegó a cercanías de la capital potosina y lo primero que hizo fue cercarla con su soldadesca angurrienta y sedienta de sangre, ofreciendo en sus arengas someterla al saqueo como botín de guerra. Enseguida envió un ultimátum a los rebeldes que ya estaban preparados para la defensa, pues habían levantado en todas las bocacalles de la ciudad innumerable cantidad de barricadas. Los potosinos rechazaron el ultimátum y, por tanto, Melgarejo, después de meticulosa preparación, ordenó el ataque y asalto que duró todo el día por la resistencia heroica de los combatientes potosinos. La defensa fue gloriosa y de grandes sacrificios en vidas humanas. Pero la tropa melgarejuna arrolló las barricadas, aplastó sin misericordia todos los reductos y procedió al saqueo, violaciones y abusos sin nombre. Rendón se puso a salvo.

Melgarejo se frotaba las manos de contento, pues su régimen estaba salvado y aseguraba que duraría “por siempre”. Entonces, ¡oh, desengaño! en medio de los festejos de la victoria recibió periódicos de La Paz que informaban que el pueblo paceño se había insurreccionado, levantaba barricadas a la cabeza del capitán Hilarión Daza y desconociendo al gobierno del tirano, declaró jefe de la revolución al coronel Agustín Morales que, con su secretario, Casimiro Corral, ingresaban a Bolivia por la frontera de Perú.

Poseído de ira, Melgarejo, que se definía como el Capitán del Siglo (¡en el siglo de Napoleón!), ordenó a su tropa desandar lo andado semanas antes y recorrer de nuevo en marchas forzadas los 800 kilómetros que separaban Potosí de La Paz, recorrido que hizo con amenazas de motines entre sus tropas y oficiales, el acoso de levantamientos indígenas que entorpecían su marcha y los dolores de la pierna quebrada. Finalmente, amaneció en la ceja de El Alto la mañana del 15 de enero de 1871 y vio la ciudad cubierta de espesa neblina. A mediodía ordenó el bombardeo la ciudad y lanzó sus efectivos para reducir la insurrección paceña. La batalla duró toda la tarde y los paceños decidieron incendiar la ciudad antes que entregarla. Hacia las 8 de la noche, Melgarejo se dio por derrotado y emprendió angustiosa fuga al Perú. Galopó con un pequeño séquito, toda la noche, otros 70 kilómetros, bajo el estrecho asedio de miles de indígenas, de cuyas manos salvó su vida poco menos que por milagro. Como saldo principal, el Ejército de entonces quedó totalmente destruido con la fuga del Capitán General, la desintegración de los regimientos y la deserción de los soldados a las filas de los revolucionarios.

Así terminaron los últimos días de gobierno de Melgarejo. La rebelión del pueblo potosino fue el preludio de ese histórico día magno.

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