El arte de preguntar


 

Recuerdo cuando cursaba el segundo año de primaria, mi profesora Luz de Cordero, de la Escuelita My. José Agustín Castrillo, allá por los años 70, solía sacar al pizarrón a los niños que no participaban o que no respondían a las preguntas que ella hacía. Yo tenía la manía de dejar caer el lápiz, para ponerme a buscar tardándome más de lo debido y de esta manera evitaba responder a las preguntas.

No podía soportar una sola pregunta, aun sabiendo la respuesta me hacía difícil responder por mi carácter de niño tímido. Tan tímido era que ante cualquier pregunta me sonrojaba, lagrimeaba y la maestra adivinaba que de mi no podía salir una sola palabra.

Cuando la profesora lanzaba las preguntas, muchos niños se quedaban estáticos sin responder, entonces la respuesta que yo sabía, comentaba a mis amigos, y ellos respondían y se ganaban el aprecio y el puntaje, gracias a mí. Esta situación duró muchos años. Perdí el primer año de secundaria, por no preguntar los ejercicios de matemática, por no hacer las tareas de historia, música y artes plásticas. Por la condición humilde de mi familia, no recibí ningún reproche por parte de mis padres. Ellos pensaban que el estudio era muy difí-cil y complicado, porque veían las tareas de matemática, llenas de trazos, mezclas de sumas de letras (álgebra), símbolos que para ellos eran incomprensibles, como los signos para todo (¥), pertenece €, mayor que ≥, menor que ≤, distinto de ≠, etc. Así que perder el año, era como un privilegio, porque se estaba aprendiendo y bien.

Fue esa la razón del cambio de mi conducta. Entendí que para salir de dudas, había que preguntar, para tener certeza de un ejercicio, había que preguntar. El apla-zo significó un estímulo para seguir ade-lante. Aprendí a estudiar y saber lo que son las amanecidas. Aprendí a decir, ¿Profe-sor, puede repetir el ejercicio por favor?, ante las burlas de mis compañeros que presumían saberlo todo.

Ese era el secreto para adquirir mayor conocimiento, sin embargo el conocimien-to no tenía sentido si no se encontraba un objetivo. Preguntarme por ejemplo; ¿Para qué sirve saber tanta historia? ¿De qué me sirve saber tanta matemática? Entonces el conocimiento debía ser algo útil para la vida y no solamente para dar un buen exa-men. De este modo seleccionaba que tipo de conocimiento me iba a servir a lo largo de la vida de estudiante y en la vida coti-diana.

En muchas materias, como literatura, los contenidos abarcan cosas irreales, como los dioses griegos, tragedias, epopeyas, que, cuando uno va creciendo físicamente y mentalmente, razonando bien, decía, esto no es real y no tiene relación con la vida, por tanto no puede servirme de mu-cho. El criterio de los profesores era distin-to, para ellos, si o si, había que manejar, capitales de países europeos, fechas de las revoluciones, nombres y apellidos de filósofos, historiadores, pero, dónde enca-ja la utilidad práctica, cosas que están fue-ra de nuestro contexto?.

Leer las 7 tragedias de Esquilo, ¿res-ponderán a salir del hambre y la pobreza de nuestros pueblos? Entonces, coinci-diendo con Freire, las preguntas deben responder a las necesidades humanas y que sean capaces de liberarnos del yugo de la escolástica medieval. Liberación que va de la mano con la producción y explota-ción de nuestros recursos naturales tanto renovables, como no renovables y perma-nentes.

El sistema educativo ahora debe fomen-tar la pedagogía de la pregunta, para que nuestra niñez y juventud no atraviese los estados emocionales del temor, que no ayudan en la formación integral del ser hu-mano, más al contrario es el inicio de la deserción escolar. La gran responsabilidad recae sobre los maestros que deben ense-ñar a preguntar y que la pregunta se cons-tituya en un arte que debe ser labrado con el más mínimo detalle para que su res-puesta también sea satisfactoria.

 
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