Un supuesto viaje sin retorno

Yuri Mirko Ríos Madariaga

 

La costumbre de contemplar el vasto universo desde tiempos inmemoriales siempre ha sido gratificante para el ser humano. Permanecer indiferente ante esta experiencia, no era lo mío; para tal efecto, buscaba un viejo diccionario que tenía impreso en dos páginas contiguas un mapa celeste. Comparaba e identificaba cada una de las constelaciones visibles desde el hemisferio sur. Era niño y como todos con mucha imaginación. Acabábamos de salir de los viajes tripulados a la Luna y la Guerra Fría entre las dos superpotencias del mundo continuaba. Al igual que otros de mi generación, anhelaba con ser astronauta. Vestir ese voluminoso traje blanco con una serie de dispositivos adosados a él y complementado con un genial casco, era el sueño de muchos. No obstante, era una época muy distinta a la actual y tenía un enfoque incipiente del tema.

Con uno de mis primeros sueldos compré un modesto telescopio para ampliar la visión de esta afición. En noches despejadas escudriñaba a júpiter y sus satélites, al lucero del alba, los cráteres lunares y el sistema estelar más cercano a la Tierra (Alfa Centauri a 4.2 años luz de distancia), entre otros.

La profusa imaginación humana también tuvo como fuente de inspiración a marte, también llamado el Planeta Rojo. En 1877, el astrónomo italiano Schiaparelli creyó ver canales en la superficie de marte, que luego se interpretó como la obra de ingeniería de una presunta civilización alienígena. La Guerra de los Mundos, una novela de ciencia ficción escrita por el británico H.G. Wells, adaptada y llevada al guión de radio a finales de 1938 por el controvertido Orson Welles, causó pánico en los habitantes de Nueva York, que pensaron que se iniciaba una auténtica invasión marciana en las afueras de la ciudad.

El cuarto planeta del sistema solar es considerado el más parecido al nuestro. Se cree que alguna vez pudo haber albergado vida microscópica por las evidencias de un meteorito marciano hallado en la Antártida y el descubrimiento de agua en forma de hielo en sus polos. La distancia promedio entre la Tierra y Marte ronda los 225 millones de kilómetros, es decir, sólo hay una separación de 12.5 minutos luz; siempre en dependencia de la posición en que se encuentran en sus respectivas órbitas. Una de las sondas más celebres que tenga memoria, al margen de las Vikingo de la década de los setentas, fue la Mars Pathfinder, lanzada en diciembre de 1996, demoró exactamente siete meses en tocar su suelo (4 de julio de 1997).

Una reciente noticia revelaba la intención de enviar naves tripuladas a marte a partir de 2024 cada 26 meses, con la misión de fundar las primeras colonias humanas permanentes. Quizás el propósito no sea tan malo, de no ser por el acto execrable que es ilusionar a 100 jóvenes aspirantes de diferentes nacionalidades y credos, a través de burdos programas de televisión (reality shows). Mostrar sus ocurrencias y simplezas para obtener millonarios fondos que supuestamente servirán para sustentar esta quimera, es el único y verdadero fin de la empresa organizadora, total es ese su negocio.

Ahora bien, en el hipotético caso de plasmar el prometido viaje espacial sin retorno -y no necesito ser adivino- estará condenado al rotundo fracaso. ¡Y qué despilfarro de dinero! La ciencia ya se pronunció y dudó de su viabilidad.

El organismo humano está “diseñado” y adaptado para vivir en las condiciones físicas que la Tierra le brinda (gravedad, temperatura, presión barométrica, proporción constante de oxígeno, etc.). Su atmósfera actúa como escudo protector que disipa las radiaciones nocivas del cosmos y por fricción desintegra los meteoritos extraterrestres.

En el mundo existen cerca de mil millones de personas que subsisten con menos de un dólar por día y cada cinco segundos un niño muere por causa del hambre, señalan respectivamente datos de la ONU y la FAO. El luctuoso espectáculo pretende recaudar seis billones de dólares sólo para cubrir el costo del primer viaje. ¡Qué descaro! ¿Hasta cuándo las mentes mercantilistas presas del egoísmo y la ambición sin límites seguirán engañando?

Ayudar y proteger al prójimo necesitado, ahondar en el estudio de las especies que aún pueblan el planeta y salvarlas de la extinción, debería ser el cometido actual del ser humano, en lugar de ocupar su tiempo en aspectos banales.

“El hombre es un pedazo del universo hecho vida”, escribió el poeta Ralph Waldo Emerson. Cada hombre es un mundo, en cada vida nace un universo. Somos islas en el cosmos, pero formamos parte de él. Cada vida que se pierde es un pedazo del universo que se va con esa existencia.

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