La demanda de Bolivia ante La Haya y los matices de un paso histórico

Gustavo Murillo Carrasco

 

La demanda de Bolivia ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya (CIJ) presentada en abril de 2013, ha motivado diversas y variadas opiniones en nuestro país, desde aquellas expresadas por personas con amplio e innegable dominio del tema, hasta las otras que por su inconsistencia no ameritan comentarios mayores. Dichos análisis, como no pudo ser de otra manera, concentraron su examen casi por entero en lo jurídico, dejando no obstante un notorio vacío que tiene que ver con la “gestión diplomática”, arista clave y crucial en la actual coyuntura.

La decisión de llevar a Chile ante la CIJ fue audaz, ni duda cabe; después de todo, en política exterior, como cualquier ámbito en el que se involucra la toma de decisiones, es fundamental una dosis de atrevimiento y firmeza, tesitura innegable que la administración de Morales tuvo, ante las constantes dilaciones chilenas para resolver el enclaustramiento boliviano.

Ahora bien, al haber dado ese histórico paso por la vía judicial, ¿quién podría dudar de que nuestra demanda es eminentemente jurídica?, que si así no fuera no tendríamos por qué haber acudido ante tan alto Tribunal; sin embargo, el juicio instalado debe ser acompañado por acciones paralelas, válidas y permitidas, pero esta vez en el nivel diplomático, escenario que supone gestión en esa esfera y que en ningún caso puede considerarse como perjudicial ni contradictorio, pues ni contamina la demanda ni la entorpece; en todo caso, la fortalece y la apuntala en función de que los Estados de la Comunidad Internacional (CI) conozcan con certeza el origen del justo reclamo boliviano, al propio tiempo de que los jueces, indirectamente, valoren y apliquen las reglas procesales de la “sana crítica” antes de su fallo final que desde luego será en derecho en base al Estatuto de la CIJ.

El predicamento de la necesidad de desplegar acciones paralelas de gestión diplomática y política que respalden a la demanda en el plano internacional, al fin fue entendido en su verdadera dimensión. Se tuvo el buen tino de valorarla en positivo, y qué bueno que así haya sido, en buena hora. El trabajo de “gestión diplomática” sí es importante, se trata de una labor específica y especializada. De hecho, Chile también así lo está haciendo.

Todo indica que se habría iniciado una segunda etapa de apoyo a la demanda radicada en La Haya a partir de las acciones que Bolivia viene desplegando en el campo internacional, no tanto en lo estrictamente jurídico (que en ese terreno la demanda es sólida y bien fundamentada), creándose así un ambiente tan particular que ha descompuesto, desubicado e incomodado a Chile. Eso es precisamente lo que se quería, ese es el camino complementario al juicio.

El canciller chileno se rebela incapaz de reaccionar con mesura, es la elocuente evidencia del aturdimiento, dejando a un lado sus credenciales de experimentado diplomático que parece, ahora, no respaldarlo más a la luz de sus actitudes. Muñoz exhibe su desacomodo y parece haber superado a su antecesor Moreno en su altisonancia, se lo nota cada vez más agresivo. La estrategia chilena del “statu quo” -tan exitosa en el pasado para la dilación-, se ve ahora en figurillas cuando Bolivia ejerce presión comunicacional bien estructurada y encaminada por su actual vocero. Chile reacciona mal, pues nunca se vio en una situación tan embarazosa por el deterioro de su imagen. No se imaginó nunca que Bolivia se atreva a nada parecido.

El acierto de haber nombrado al más alto nivel personalidades como los ex -presidentes Rodríguez y Mesa, agente y vocero de la demanda boliviana respectivamente, es otro punto a destacar. Lo que Bolivia proyecta al mundo es la importancia que le asigna al tema de su reclamo marítimo con acreditaciones de esa talla que se ocupen del mismo, aspecto que también indispone a Chile.

Lo que está haciendo Bolivia es justamente eso, “gestión diplomática” a través de la difusión internacional de los motivos y fundamentos de su demanda en un foro “no jurídico” ante la Comunidad Internacional, cosa que es muy relevante. La diplomacia no sólo es un arte, es la puesta en práctica de lo que es capaz de hacer un Estado en su interacción en política internacional en busca de sus intereses.

La “gestión diplomática” forma parte de un complejo mecanismo que responde a diseño y planificación de acciones de múltiples variables, ejecutadas de manera coherente con la consecución de objetivos, en nuestro caso: que Chile negocie con resultados una salida soberana de Bolivia al Pacífico. Los primeros resultados están a la vista, los hechos demuestran que los pasos que Bolivia ejecuta de manera paralela a su demanda son los correctos.

Pero ojo, esos pasos no debieran ser concebidos únicamente como una “campaña”, sino, más bien, como una verdadera “estrategia”, aunque los profanos de la diplomacia -aquellos que pensaron y aún piensan que esta era y es una contienda enteramente jurídico-procesal se equivocaron y se equivocan-, claro está, por desconocimiento, pues ignoran su práctica y trascendencia.

Encapsular la demanda boliviana sólo desde lo estrictamente legal sería caer en una suerte de “reduccionismo juridicista” que supondría un severo error. Después de todo, no debe perderse de vista que las modernas relaciones internacionales entre Estados y la solución de sus diferencias son más políticas que jurídicas; es más, resolver el enclaustramiento boliviano con soberanía tiene idénticos ribetes, y si bien estamos ahora inmersos en una batalla jurídica en la que Bolivia pide que la CIJ falle para que Chile se vea obligado a negociar, entonces surgen preguntas como: ¿Qué se negociará? ¿Bajo qué premisas? ¿Cómo, cuándo, en base a qué?, y será entonces el momento del inicio de una tercera fase en la “estrategia boliviana” referida a la negociación en sí misma.

Dicha fase debe sin demora comenzar a planificarse y desarrollarse para su posterior ejecución. Ese es un trabajo pendiente que debe ser ya proyectado de manera idónea por la diplomacia boliviana con solvencia y habilidad, para encaminar un largo y complejo proceso que de suyo durará años.

Bolivia tiene la obligación de anticiparse y prever todos los escenarios posibles, sus variables, su conveniencia y/o inconveniencia, para evaluar qué es lo que más le convendría plantear en ese complejo y futuro proceso de negociación de fallar la CIJ a su favor. Chile, a no dudarlo, desplegará todo su arsenal y sus recursos, jurídicos, diplomáticos y políticos para contrarrestar y reconvenir lo que Bolivia haga. Por lo pronto, marchamos bien.

El autor es abogado y diplomático.

murillocarrasco.g@gmail.com

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