Del amor y sus vicisitudes

Ruth Ospina Salazar

 

HABLEMOS DEL AMOR HUMANO

Para ello, hay que partir del amor a sí mismo y de la capacidad de dar, si esta oferta es genuina y auténtica, particular, singular. No se trata aquí del amor que implica la negación masiva de aspectos importantes de cada uno. Uno tiene que poder amarse a sí mismo para poder amar al otro; eso sería un sano narcisismo, un sano amor a sí mismo, que da cuenta de la autoestima. Y ello, se construye a lo largo de una vida.

LA RELACIÓN CON LOS PADRES ES FUNDA-MENTAL EN ESTO

Muchas personas que no se quieren realmente a sí mismas, se aíslan, por miedo a ser rechazados por el otro o compensan esta inseguridad manteniendo múltiples relaciones sociales, en una lucha continúa para no sentirse solos, lo cual muchas veces es enfermizo, ya que el sujeto no tiene la capacidad de estar solo y requiere siempre de una continua compañía.

Este hecho depende en gran parte de relaciones inadecuadas entre el niño o la niña y sus padres, durante la primera infancia, lo cual puede generar conflictos, que quedan guardados en el interior de las personas, que pueden llegar a ser causa de verdaderos trastornos emocionales.

Quien se ama sanamente a sí mismo, ama a aquellos con quienes se ha identificado y las primeras identificaciones se dan con la madre y/o con el padre, como una forma de llevarlos dentro de nosotros mis-mos.

Uno se mete dentro a aquellos con quie-nes se identifica y las fallas en este proceso se reflejan en síntomas que muchas veces aparecen en vínculos posteriores, ya sea a través de amores locos, apasio-nados, transitorios, en la medida en que la persona siente dentro de sí un profundo vacío.

Ante padres agresivos, el niño o la niña pueden anticipar su violencia y adelantarse a supuestos castigos que se esperan y pueden llegar a castigarse antes de ser castigado.

Recuerdo a un niño de seis años, hijo de una familia multimillonaria, que vivía en un chalet, rodeado de verjas, quien hablaba con una vecinita más pobre, cuando llegó la madre a casa y el niño fue a pararse en un rincón, sin que la madre dijese nada, como una forma de anticipar el castigo que pensaba que la madre iba a propinarle, cosa que ésta entendió y pudo mostrarle al pequeño, como él se identificaba con un supuesto agresor y que, por tal motivo, ella jamás lo castigaría.

En enfermos más graves, puede darse que la persona construya un juez dentro de sí, demasiado cruel, que da mensajes ambiguos, contradictorios, que muchas veces parten de la realidad de la relación con padres enloquecedores, que no dejan crecer a sus hijos, ni permiten su indepen-dencia.

Es famoso el caso de un esquizofrénico estadounidense, quien estaba hospitaliza-do y tranquilo, por lo cual, los psiquiatras permitieron que la madre fuese a visitarlo.

Ella le llevó unos calcetines de regalo y le ordenó que se los pusiera.

Cuando el muchacho estaba haciéndolo, ella de una forma burlona, exclamó:

- ¡Eres tan obediente! – lo cual desenca-denó una crisis furiosa del paciente contra ella, que ilustra muy bien este tipo de do-bles mensajes enloquecedores; ese tipo de comunicación deja una huella, que mu-chas veces se expresa en otros vínculos y relaciones, aún en el campo de la política.

Pero es preciso, que la persona conozca mejor las identificaciones que se dan de una manera inconsciente, para poder dife-renciarse de los otros y lograr una autono-mía, una independencia tanto en el pen-samiento, como en las actitudes y con- ductas, más acordes con el propio deseo, siempre y cuando se respeten ciertas prohibiciones culturales, como el no matar al semejante y el no tener vida sexual dentro del grupo familiar mismo, sino bus-car el amor fuera de éste, algo fundamen-tal en la constitución de nuevas parejas y familias.

En un principio, se da el enamoramiento, en el que se espera todo del otro, el cual es vivido como un príncipe azul o una princesa maravillosa, con un sentimiento tan intenso que puede convertirse en asfi-xiante para la pareja que se elige como si fuera el único objeto en la vida o puede dar cabida a una intensa decepción que termine por romper la relación, pues es preciso para la duración de una pareja en el tiempo, sin enloquecimientos, que se vaya pasando paulatinamente del enamo-ramiento al amor.

El pensar que el otro es lo máximo de lo máximo, que se da como primera condi-ción en el enamoramiento, como primer paso del vínculo amoroso, lo podemos en-contrar en adolescentes, bástenos recor-dar a Romeo y Julieta. En esta ilusión, el otro pasa a ser un ser idealizado, como el que más, con una supervaloración incons-ciente de la persona amada. Eso sirve pa-ra crear una burbuja de amor, que permita la selección de uno entre una multitud de personas y así hacer distancia de ellas para la creación de un vínculo selectivo.

Tarde o temprano esta figura se desplo-ma, como un ídolo con pies de barro y, por el contrario, se puede dar una desideali-zación del otro, como antaño se hiciera con los padres, quienes se vivían como dioses, que lo sabían y lo podían absolu-tamente todo. Este es un momento crítico para la pareja, ya que al no tolerar la desi-lusión puede ésta convertirse en decep-ción, si no se da el pasaje del enamora-miento al amor, con un otro diferenciado de sí mismo, con quien se tejen proyectos para un futuro, de una forma más realista.

Así, los problemas que se ha tenido con los padres pueden desplazarse incons-cientemente al nuevo vínculo de pareja y luego seguir repitiéndolo con los hijos, lo que puede dar lugar a problemas a través de las generaciones.

De esta manera, frente a los conflictos que nos generan angustia, nos defende-mos de distintas maneras, que bien pue-den plasmarse en síntomas individuales, o trastornos en los vínculos, que pueden ocasionar enfermedades mentales o se-rios problemas en la pareja y en la familia.

En muchas personas de una forma inconsciente, se puede dar una separación entre los pensamientos y las emociones, de tal manera que puede haber dificul-tades para expresar la ternura en la vida de pareja o en la relación con los hijos.

Algunas personas inseguras en sí mis-mas pueden hacer depresiones, ser inca-paces de tomar decisiones y pueden tor-narse muy demandantes y procurar llamar la atención y admiración sin darse cuenta de ello y sin que se sepa el por qué. De ahí la importancia de atender a estas perso-nas y escucharlas pues no basta descali-ficarlas y despreciarles por ser llamadoras de la atención.

Muchas personas llegan a sentirse ver-daderamente grandiosas, sin que nada sostenga ese sentimiento; serían como pavos reales que no se miran sus patas que son como las de cualquier gallina; es una forma de defenderse de su inseguri-dad profunda.

Las personas más sanas no niegan la realidad, a diferencia de los enfermos más graves, que reemplazan su verdadera rea-lidad interior por otra distinta, ya que acu-den a una negación de lo que en verdad les sucede. Tales personas no tienen con-ciencia de enfermedad pues el infierno son los otros y ven la viga en el ojo ajeno.

Para ello, es preciso elaborar la pérdida de la ilusión de ser grandiosos, al igual que todos debemos elaborar las pérdidas de aquellos seres que nos son queridos pues la falta de la elaboración de estas pérdidas puede llevar a depresiones y ante cosas nimias y banales pueden desencadenarse, por ejemplo, cuando se muere una masco-ta.

Todos debemos elaborar nuestras pérdi-das pues negarlas puede meternos en fiestas inacabables, como los adictos a substancias en quienes muchas veces en-contramos que tales síntomas son la forma de hacer de la tristeza un jolgorio, sin que pueda el sujeto resolver las situaciones que, en verdad, lo deprimen, sin dar lugar a lo efectivamente creativo, en el marco de buen juicio sobre la realidad.

El amor no es sobreprotección ni sobre-estimulación, éstas más bien son agresio-nes sobre el objeto supuestamente ama-do; esto puede detener la evolución de una persona y luego hacerla volver a atrás en busca de ese ser tan amparador pero a la vez tan destructor. Eso no es el amor pero tanto la madre, el padre o el amante sobreprotector no es consciente de la hos-tilidad que porta.

Lo importante es que el amor sea crea-tivo, que de posibilidades al otro de su au-tonomía y su capacidad de realizar pro-yectos y ejecutarlos, de tal forma que los seres humanos podamos resolver los con-flictos y que podamos hacernos más de parte del amor que de la muerte en la eterna lucha que se da entre ésta y la vida, que podamos superar la angustia a través de nuestra propia creatividad, tanto en el marco de lo individual como de lo colecti-vo, en la cultura.

ARGENPRESS.info

 
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