En la muerte de un amigo leal

Juan Bautista del C. Pabón Montiel

En plena primavera, el 23 de octubre don Gerardo Goitia se marchó de este mundo con 82 años vividos al servicio de la colectividad paceña. Escribimos el presente comentario en plena Pascua de la Natividad del Señor y qué mejor que enviarle un ramo de flores hechas de una evocación con un grande dolor por la muerte del grande amigo, el “Lorito” que con humildad, humor y alegría de la vida, a los paceños elegantes del medio siglo pasado nos hizo brillar los calzados, haciendo fila, “previa llamada a su celular o teléfono fijo”, deberíamos reservar ficha. A los de la tercera edad no les cobraba ni un peso, invitándoles unas salteñas en el Nápoli, “¡cumplidos medio siglo de lustre...!” (eran sus palabras de bienvenida).

Orureño de la clase media alta, conversador, confidente, amigo leal y servicial con un elevado concepto de la dignidad y el honor de los hombres que ejercen esa profesión que es de corazón sublime, simple y con un humor para ganarse la vida, como cualquier otro oficio de carpintero, zapatero, herrero o canillita, que es parte importantísima de la sociedad cumpliendo su rol, sin huelga o paro por mejora de salarios. Estos señores no son piezas de repuesto, o suplefaltas, constituyen el eje de una comunidad que gusta de vestir bien, andar con el zapato impecable y lucirse en las recepciones y fiestas sociales.

Apenas llegamos a la tierra natal, recuperados del primer intento de desconocernos con un pequeño mareo, La Paz desde el aire nos recibía con su velo de novia andina y en pleno verano nos dirigimos a la Plaza Murillo, para buscar y abrazar al amigo que se fue, sin despedirnos tal como era su compromiso en vida con los clientes. Ingresando a la Catedral Metropolitana, nos encontramos con Claudio Galarza, colega y amigo de Goitia, y nos dio la mala noticia del fallecimiento de don Gerardo.

Por los años 60, jugaba pelota de mano con notables ciudadanos bolivianos, entre ellos el desaparecido presbítero Leónidas Sánchez Arana, en su tiempo senador por el MNR; apostador y respetuoso con mayores o menores, nunca se excedía en sus bromas, el “Lorito” conocía la vida, obra y calvario de todos sus clientes, incluso mejor que la CIA, el FBI y la Sureté de París. Preguntándole sobre los amigos, él nos daba una información precisa de su paradero o fallecimiento.

Desde su observatorio vio caer y subir presidentes, entre tanto ninguna persona o institución intentó “birlarle” su silla de trabajo, su pantalón de obrero. “Lorito” se reía de los que estaban en el sube-baja del poder y retornaban a utilizar sus servicios. Solía comentar: “Paboncito, mi sillón de trabajo no se animan a robarme, porque no enriquece, menos roba, solamente les da el lujo a los amigos para que caminen taconeando nuestra ciudad, mientras a los del frente, ¡de un puntapié los sacan a la calle...!”.

Ese personaje notable era don Gerardo, que nos dio lecciones de hombría, de trabajo honesto, y vida bohemia que la compartimos sin avergonzarnos en aquellos “centros de remate de la juventud ida”, que eran tan conocidos, por lo tanto no los nombraremos, por el duelo que embarga el corazón.

Con una sonrisa en el alma, ¡adiós, “Lorito”!

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