[Manfredo Kempff]

¿El Papa en Bolivia?


 

Si se concreta la visita del Papa Francisco a Bolivia -en Chile dicen que no vendrá- se habrá logrado un éxito diplomático de primer orden. Y si las presuntas gestiones para reponer a los respectivos embajadores tanto en La Paz como en Washington se hacen realidad, sólo faltaría un necesario encuentro oficial con el presidente Humala y dejar ese club de díscolos, pobretones y simuladores que es el ALBA, para que nos convenciéramos de que el canciller Choquehuanca está aprendiendo algo de su oficio luego de nueve años de gestión en el estropeado Ministerio de Relaciones Exteriores.

David Choquehuanca -que dice ser descendiente del último inca (¿Atahuallpa o el inca Manco?)- estaría convirtiéndose en lo que a Bolivia le faltaba en estos tiempos de “cambio”: una dinastía. Pero una dinastía monárquica y no política como quiere imponer S.E. con el prorroguismo. Si se comprueba que Choquehuanca desciende, efectivamente, del último inca, podría reclamar derechos sucesorios para júbilo de amautas y “mallcus”, con lo que tanto S.E. como los anteriores mandatarios pasarían a la categoría de usurpadores. A S.E. no le quedaría más que doblar la cerviz, renunciar, e irse. A Napoleón la realeza francesa y europea lo llamaba “usurpador” por haberse coronado sin tener ningún linaje real. Sin comparar a S.E. con Napoleón por razones obvias, quedaría en un grado similar de atracador del poder ante la visión de los pueblos originarios de Bolivia.

Pero no nos distraigamos con asuntos estrambóticos y ocupémonos de la posible venida de Su Santidad. Recibir a un personaje como el Papa sería algo realmente extraordinario. No tan sólo por el orden que está imponiendo dentro de la Curia romana, que, según sus propias palabras sufre de “Alzheimer espiritual”; no solamente por su lucha sin tregua contra la pederastia en la Iglesia; no por evocar la solidaridad y la humildad entre los hombres; sino por su visión moderna del mundo, por su innato sentido diplomático, que está sorprendiendo a la comunidad internacional.

Si Su Santidad, además de muchas otras acciones, ha sido un motor silencioso en el acercamiento de Estados Unidos y Cuba, al extremo de que se esté preparando un intercambio de embajadores entre Washington y La Habana luego de más de medio siglo de enemistad, creemos que también podría expresar su voz de sensatez y concordia para que Bolivia y Chile lleguen a una solución aceptable en el peliagudo tema del enclaustramiento. No se trataría de que el Papa Francisco se convirtiera en mediador. Sabemos que para aquello se necesitaría un acuerdo de las dos partes en conflicto, pero, además, Bolivia está litigando con Chile en La Haya y eso inhibe a Su Santidad para manifestarse oficialmente sobre la materia.

Fue distinta la mediación del Vaticano, durante el papado de Juan Pablo II, en el conflicto limítrofe entre Chile y Argentina, allá por los años 80, cuando el cardenal Samoré en tenaz e inteligente diligencia colaboró para que ambas naciones solucionaran sus problemas limítrofes en paz y se alejara una guerra que ya parecía indetenible. Eso llevó años de arduas negociaciones.

Sin embargo, en el caso nuestro, Su Santidad, con su habilidad y carisma, podría exhortar a Chile para que por fin haga algo que restablezca una paz armoniosa en esta parte del Pacífico, luego de tantas décadas de injusticia. Una declaración serena y clara, muy personal, que apoye la demanda nacional valdría lo que mil resoluciones en otros mil foros internacionales. Y tanto mejor si el Papa pudiera dirigirse a la presidente Bachelet, es decir a La Moneda, para pedir comprensión como él sabe hacerlo.

El Papa ha demostrado que es un hombre inteligente. Como tal no hará nada que esté fuera de lugar ni que pueda resultar un fiasco. No se puede permitir un rechazo o un fracaso. Él sabrá si es posible ayudar a Bolivia ahora o hacerlo después. Pero con seguridad que el Papa Francisco conoce muy bien la angustia boliviana y con absoluta certeza que quisiera ver a Bolivia con mar, con una pequeña costa que es por lo que luchamos, pero que le permita respirar el viento del océano y no asfixiarse. Una “ventana al mundo” que de algún modo satisfaga en algo el daño inmenso que nos causó la invasión en 1879.

Sabemos que no decimos nada novedoso que pueda guiar a la Cancillería. No es nuestro propósito descubrir la pólvora. Estas reflexiones son elementales en diplomacia. Seguro que tanto S.E. como el “príncipe” Choquehuanca ya lo han rumiado y pueden haber ido mucho más allá todavía. Ellos tienen el poder y la información finalmente. Pero en estos días navideños nos viene muy bien pensar en estas cosas positivas y esperar que nuestra cojitranca política exterior vuelva a la realidad, a lo verdaderamente importante.

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