[Juan León]

Menudencias

Que la paz viva en nosotros…


 

Mi entorno, al escribir hoy esta columna, es totalmente diferente al que me rodeaba cuando escribí las 50 Menudencias que la precedieron este año. El reencuentro con mis cinco nietos (con tres de ellos después de dos años) lo ha tornado diferente. Escribir entre la bullanguera alegría de los primos juntos otra vez, ajenos al llamado “urgente” de sus madres a desayunar, borró de un plumazo la agenda de temas sobre los que me había propuesto escribir en la última columna de este año.

Su alegre revolotear en pijamas, su discusión entre risas de sus propias preocupaciones, compartir a todo volumen a sus bandas preferidas, sus comentarios sobre libros, películas o sus aventuras juveniles comunes, pero diferentes en sus mundos en este y al otro lado del Atlántico, hizo imposible rescatar en la memoria los temas de comentario habitual. Al fin y al cabo, la vida entre los 9 años del menor y los 17 de la mayor refleja en ellos la etapa más feliz de nuestra existencia.

En medio de ese barullo inocente nació casi naturalmente el examen del pasado personal que forja la experiencia de abuelo. Lo influyó, por supuesto, el espíritu de la Nochebuena que mancomuna en el deseo de paz a creyentes o no. Ese espíritu que nos hace buenos a todos para superar nuestras diferencias, odios y rencores inmanentes a nuestra condición humana, aunque sea por unas horas, para confundirnos en un abrazo.

La conclusión al ver pasar otra vez la vida, hoy con los ojos de mis nietos, es que valió la pena haber vivido lo que vivimos y que hay que seguir luchando para dejarles a ellos, si no mejor, cuando menos el mismo mundo que heredamos. Para podernos ir, al final, tranquilos con nuestra propia conciencia.

Simplemente porque en los hijos de nuestros hijos se prolonga nuestra propia vida, esa que heredamos de nuestros padres y de nuestros abuelos. No importa en qué tiempo y lugares hayan vivido ellos el ayer o nos toque a nosotros vivir el hoy. Por eso, tal vez, la Biblia dice “por sus frutos los conoceréis”.

Pero a pesar de la gratificante presencia del espíritu navideño, el silencio que dejó la respuesta obediente (o el hambre matutino) al llamado a desayuno me devolvió a la realidad de los tiempos de cambio que nos toca vivir hoy. Y en la agenda pesan más, por enésima vez casi al terminar el año, el absurdo y la estupidez.

Esa realidad de absurdo que muestra a un gobernador departamental bebiendo en sus propias oficinas junto a un par de comediantes peruanos y su entorno. Triste sino del histórico edificio de la culta Charcas, otrora palacio de la República, donde hace dos años un asambleísta ultrajó a una trabajadora de limpieza y cuyo delito fue tipificado sólo como “uso indebido de bienes del Estado”.

O el absurdo de calificar “solamente solidaridad” la “indiscreción” (para usar un eufemismo benevolente) de un ministro de Estado que reveló la enfermedad de una persona por encima de los principios éticos de su profesión. Y argumentar, además, que el gobierno pidió hacer “todos los esfuerzos para salvar de la enfermedad que tiene esa autoridad”.

El Estado debe hacerlo con cualquier ciudadano, aunque no sea autoridad alguna. Pero además, tiene la obligación de respetar, por encima de las diferencias políticas, la dignidad ajena. Y de respetar, también, la inteligencia ajena. Se abusa de ella cuando se le dice a la gente que no hay más remedio que acatar las decisiones del Tribunal Electoral que les cercena el derecho de postular a cargos de autoridad regional a senadores y diputados. La insólita decisión condiciona calificaciones políticas, profesionales o morales el simple lugar de residencia, en tiempos en los que la tecnología y las comunicaciones han reducido el mundo a la dimensión de un pañuelo. El absurdo deja de lado que senadores y diputados, por el hecho de representar a sus regiones, tienen residencia “temporal” allá donde funcionan sus respectivas cámaras. Pero más que todo eso, los vocales del Tribunal, cuya función real debiera ser sólo la de árbitro electoral, asumen atribuciones de autoridad suprema.

Al final, tal vez porque en la caja de Pandora lo único que quedó fue la esperanza, habrá que desearnos que el espíritu de esta noche ilumine a moros y cristianos, a creyentes y no creyentes, para que las cosas cambien para bien de todos, en estos tiempos de cambio.

Con esa esperanza, creo que lo realmente importante es que la paz viva en todos nosotros. Que sólo nos juzgue nuestra propia conciencia, porque ese es el único fallo irrevocable y justo, en la hora del balance final. Ese es el deseo ferviente de paz, alegría y amor que deseo expresarles en esta columna navideña a todos mis lectores. Un abrazo y hasta la primera columna del próximo año.

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