El triángulo educativo

Adelio Aruquipa Tórrez

En el proceso educativo de las niñas y los niños intervienen de manera clara y decisiva tres estamentos: el familiar, el escolar y el social. Para que este proceso se lleve a cabo de manera satisfactoria, estos tres agentes deberían procurar converger fundamentalmente en sus objetivos y métodos.

La edad escolar marca el comienzo del papel protagonista de la escuela y la comunidad; sin embargo, la familia continúa siendo en la mayoría de los casos la base de la educación de los escolares. Son el padre y la madre, de acuerdo con sus ideales de vida, los máximos responsables de programar, guiar y supervisar la educación de sus hijos, incluso en la edad escolar, y con estrecha colaboración de las maestras y maestros, particularmente en la educación primaria.

La educación primaria tiene como gran objetivo iniciar a las niñas y los niños en la fascinante aventura del conocimiento sistemático. En ella aprenden las herramientas básicas para hacer frente a la vida en sociedad, además la niña y el niño continuarán en esta fase su desarrollo integral: físico, mental, social y espiritual.

La institución educativa, ahora denominada unidad educativa, lejos de albergar a los infantes, debiera contar con una serie de objetivos propios que la ayuden a cumplir su verdadero cometido; la comprensión y la contemplación de los mismos por parte de los padres y maestros contribuye a que el proceso educativo no se desvíe de su verdadera función integral. Y cuando hablamos de una auténtica educación integral, se debiera destacar los objetivos que a continuación se describe: desarrollar aptitudes psicofísicas, enseñar hábitos saludables, estimular la convivencia con sus semejantes, propiciar felices encuentros armoniosos con la naturaleza, despertar interés y admiración por el trabajo, incentivar el espíritu creativo y estimular el conocimiento intelectual.

Entonces, para alcanzar los objetivos mencionados, debería primar el diálogo entre la maestra (o el maestro) y los padres, uno constante, fluido, amable, franco y en el marco de respeto. Ningún progenitor debería experimentar resentimiento o enojo si el maestro (o la maestra) hace observaciones a la conducta del niño o la niña u ofrece consejos. Todo esto es necesario para mantener la coherencia y la continuidad educativa y para el desarrollo de la personalidad.

Los padres que desean un auténtico éxito de sus hijos deben esforzarse y comprender que el secreto está en la colaboración con sus hijos para el cumplimiento de sus tareas escolares, sin proteccionismo.

En este sentido, en la sociedad actual la escuela puede llegar a ser el único lugar para aprender principios básicos de moral. Desafortunadamente, la familia conflictiva es más frecuente, muchos hogares son inestables o están rotos y en otros los cónyuges están en conflicto permanente. Por su parte, el barrio, la zona o vecindario, resultan ser un foco de influencia negativa, con malos hábitos, modales incongruentes, a veces hasta delictivos.

Los padres que desean un auténtico éxito de sus hijos deben esforzarse y comprender que el secreto está, reiteramos, en colaborar a sus hijos para el cumplimiento de sus tareas escolares, sin proteccionismo.

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