[Marcelo Arduz]

Un astro-poeta por cielo paceño


En la cosmopolita San Pablo, a finales de la década de los 80 visitamos al famoso poeta brasileño Haroldo de Campos en su domicilio situado en el apacible barrio residencial de las Perdices, y al enterarse de la procedencia de mi vuelo, lo primero que hizo fue contarme las impresiones que tuvo cuando visitó por primera vez la ciudad recostada a los pies del Illimani…

Al anochecer, la había contemplado abajo desde la ceja altiplánica de El Alto, entre miríadas de luces que rivalizaban con el impresionante cielo estrellado. La vio como un “Ajedrez de estrellas”, por utilizar el título con que poco después bautizaría una recolección de sus versos. Instalado ya en el hotel que por casualidad llevaba el mismo nombre del entonces más lujoso hotel carioca (Copacabana), a manera de celebrar su arribo cenó copiosamente y escanció un buen vino tarijeño, y no satisfecho aún, se dispuso a dar un paseo por El Prado para saborear el aire puro de la noche paceña. Pero, poco a poco, comenzó a sentir que sus pasos se hacían cada vez más lentos y pesados, hasta quedar casi detenido:

…“Retorné a duras penas hasta el hotel, caminando lentamente, muy lentamente: me sentía como un astronauta en el espacio. De inmediato me llevaron a la habitación un enorme botellón de oxígeno que… ¡se encontraba vacío! Minutos antes, un equipo de basquetbolistas -no sé si europeos o norteamericanos- le habían dado fin”, rememora Haroldo.

Al día siguiente, debía visitar el lago, Tiwanaku y Chacaltaya, pero el médico de cabecera le recomendó suspender los paseos. Como el taxi estaba contratado, tuvo que conformase con realizar un recorrido únicamente por la ciudad. Durante algunas horas, vio a través del parabrisas los toldos multicolores de los mercados, la calle de los brujos, los monolitos del templete semi subterráneo en el estadio, los barrios residenciales de la zona Sur, los monumentos y los museos (sólo por fuera), contemplando la ciudad desde el asiento trasero como si estuviera en una camilla, asistido por una improvisada enfermera, su angelical esposa. Minutos después, se dirigiría al aeropuerto para tomar el avión de retorno a su país de origen...

Entre risotadas, Haroldo nos relata las peripecias de su odisea por el espacio paceño: “Ya sé que eso de la altura es un mito, pero entonces yo tenía unos kilitos demás -116 para ser más exacto-, lo cual no era ninguna invención o mito. Estaba regordete como un Cupido con barbas, pero ahora que me hallo en forma (25 kilos menos) puedo reiniciar la aventura en cualquier momento, acota acariciando su espesa barba con los dedos.

Más allá de la anécdota, este angelote burlón y generoso, fue uno de los integrantes del legendario grupo vanguardista Noigandres (junto a su hermano Augusto y Picnatari), que consolidó a nivel mundial el movimiento de la poesía “concreta”, siendo ellos los encargados de bautizar oficialmente a la corriente, con la venia del mismo creador, el boliviano-suizo Eugen Gomringer, hoy residente en Alemania.

Aproximándose el 2003 la conmemoración del 50 Aniversario de la Po-Co, desde la ciudad de La Paz se le había cursado invitación especial, pero a mediados de agosto de ese año circuló la noticia de su defunción. Ahora que en un nuevo festejo nos aprestamos a apagar 60 velitas, si no hubiera muerto seguramente acudiría gozoso y pese a las peripecias que pasara durante su anterior visita, estamos seguros que apostaría además para que este año se declare a La Paz “ciudad maravillosa”...

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