Peregrinaje de renuncias irrevocables


 

Un magistrado del Tribunal Supremo de Justicia renunció a su cargo en días pasados por “motivos de salud”, pero sólo después de más de una hora la retiró. Desde entonces la carta de renuncia viene pasando por distintos órganos y tribunales, indebidamente, en vista de su carácter irrevocable. Está claro que no procede otra cosa que el Tribunal Supremo Electoral asigne el cargo al siguiente en la votación por haberse tratado de un cargo electivo. Así procedió el TSE ante la renuncia del ex magistrado Williams Alave, a quien sustituyó por el doctor Iván Lima.

Curiosamente el TSE no asume su rol pese al pedido expreso del TSJ. Ante una renuncia irrevocable la aceptación o respuesta no es sino un acto protocolar o de cortesía y no reviste otro trámite. Sin embargo, lo curioso es que el magistrado Fidel Tordoya continúa ejerciendo hasta que se decida su situación. Por principio de ética una renuncia una vez formulada no debiera ser objeto de retracto, por decoro del propio dimitente. Las renuncias reales y efectivas de autoridades y funcionarios han pasado a la historia en nuestro país o, como se ve, se las revoca con la mayor facilidad.

La renuncia es un resguardo de la honorabilidad funcionaria cuando algún hecho amenaza socavar su autoridad o prestigio en el ejercicio de sus funciones. Debe producirse cuando por comisión u omisión propia o de alguna dependencia suya resulta un daño o incumplimiento que se encuentra normado. La renuncia es un acto de responsabilidad para dejar libre el campo a una rigurosa investigación, y que la misma esté a salvo de presuntas influencias de la autoridad. Más aún, se hace imperiosa si se tratare de un acto de corrupción o de un simple desliz de tipo personal, susceptible de escándalo público.

Mientras en nuestro medio casi no se conoce renuncias o se las retira de inmediato, desde el exterior nos llegan frecuentes noticias de alejamientos de dignatarios por los motivos señalados, en muchos de los cuales no hubo una relación inmediata del renunciante, pero, por una parte, la propia dignidad y, por otra, el deseo de evitar críticas o censuras al gobierno del que forman parte, impele a renunciar.

En cambio, una y otra vez se nos hace ver y oír declaraciones rotundas como la de: ¡No renunciaré...!, aunque la opinión pública general sea el alejamiento del responsable. Son también muchas las oportunidades en las que se no tarda la ratificación de confianza a los responsables por los gobiernos o autoridades de las que dependen, actitud que es como un cheque en blanco de impunidad.

La tardanza o indecisión en la tramitación de la renuncia que nos ocupa, hace temer que se deba a alguna instrucción bajo cuerda de otro poder, circunstancia en la que por distintos conductos se la terminará rechazando.

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