Por: José E. Pradel B.

La Sanidad Militar Boliviana en la Guerra del Pacífico

(Conviene asegurar la paz, dando fuerza a la nación y haciendo así difícil la guerra e imposible el desastre). Discurso del Canciller boliviano Alberto Ostria Gutiérrez, 7 de diciembre de 1940.


De la Guerra del Pacífico. La Batalla del Alto de la Alianza - 26 de mayo de 1880.
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Según el escritor Karl von Vereiter: “desde el principio de la Historia, la agresión (es decir la guerra, J. P) ha sido ley general en las relaciones de la especie humana” 2. En ese sentido, la historia de la humanidad evolucionó junto a las armas desde la piedra al metal y por ende también estuvo acompañada por millones de heridos, muertos y mutilados. Pero la asistencia humanitaria desinteresada sin discriminación a las “víctimas, al hombre que, herido, prisionero naufrago, sin defensa alguna, ya no es un enemigo sino un ser que sufre” 3, también fue parte de esa historia.

Con el transcurso de los años, la humanidad se esforzó porque en el Derecho de Gentes se otorgue a la persona humana una mejor defensa contra las calamidades de la guerra. Para lograr tal objetivo fue desarrollado por iniciativa del Comité Internacional de la Cruz Roja, cuando acababa de ser fundado, la “Convención para mejorar la suerte de los militares heridos en campaña, suscrito el 22 de agosto de 1864, en Ginebra, el cual Bolivia sancionó su adhesión el 16 de octubre de 1879” 4, mientras se desarrollaba la denominada Guerra del Pacífico. Pero la asistencia hu-manitaria estuvo presente inicialmente, en la historia de Bolivia, con las ‘rabonas’ que durante las campañas militares de la Confederación Peruano - Boliviana acompañaron a las tropas bolivianas “compartiendo con los soldados penosas marchas y peligros, sin promiscuidades y más bien con un instinto casi maternal que, por supuesto, no excluía la pareja. Eran las encargadas de preparar los ‘ranchos’ (comida de las tropas), lavar sus ropas y atenderlos si caían enfermos o heridos” 5.

Las circunstancias en que fue creado el ‘Cuerpo de Ambulancias y Depósito de inválidos del Ejército’, son penosas tanto en lo político como en lo humanitario. En lo político, el 27 de diciembre de 1879 “el Ejército boliviano residente en Tacna, de-pone al general Daza y nombra al coronel Eliodoro Camacho, Comandante en Jefe del Ejército” 6. Al día siguiente, en “La Paz, se reúne en comicio el pueblo y destituye á Daza de la Presidencia de la República, y sustituye con una Junta de Gobierno” 7. En lo humanitario, los heridos bolivianos que combatieron en Pisagua, Germania, San Francisco y Tarapacá, son abandonados en el campo de operaciones y los sobrevivientes devueltos por el ene-migo son tratados sin ningún tratamiento específico. Esto dio como resultado que fuera formulado el “Reglamento orgánico para el servicio sanitario general del Ejército de operaciones en el Perú”, que fue aprobado y promulgado el 21 de fe-brero de 1880, por el nuevo Comandante en Jefe del Ejército Gral. Eliodoro Cama-cho.

Posteriormente, se designó el personal del Comité directivo que se encontraba liderado por el célebre Dr. Zenón Dalence, nombrado como Director General de Ambulancias y Presidente del Comité. Sobre este hecho histórico José Vicente Ochoa refleja, en su obra ‘Diario de las Campa-ñas del Ejército boliviano en la Guerra del Pacífico’: “por Orden General de hoy día (22 de febrero, J. P.), se ha organizado convenientemente el servicio sanitario del Ejército, formándose una Junta de sanidad é inspección bajo la Presidencia del doctor Zenón Dalence, cirujano Mayor del Ejército” 8.

Lamentablemente, todo esto ocurrió mientras las tropas bolivianas se encon-traban combatiendo y no se contaba con fondos económicos para adquirir material hospitalario. Sin embargo, ayudados por el Comandante en Jefe y algunos ciudada-nos, el Comité logró hacer seguro la distri-bución de ambulancias militares identifi-cadas con una ‘Cruz Roja’.

En ese sentido, como primera tarea del Comité, fue el alistamiento del personal de sanitarios, el cual es recluta-do entre los artesanos bolivianos residentes en Tacna. También adquirieron mate-rial quirúrgico y medicamen-tos enviados por el E. E. y Ministro Plenipotenciario en Lima, Zoilo Flores y por últi-mo establecieron el hospital de la denominada legión bo-liviana. Para el 27 de marzo de 1880, mediante Orden Ge-neral es establecido el cuadro del personal. De este modo, la sanidad boliviana ya uni-formada y equipada, el 1° de abril se dispuso su organiza-ción en tres Compañías, des-tinada la primera al servicio de la población nombrada ‘ambulancia sedentaria’; el segundo y tercero, consigna-dos al servicio a los heridos en el campo de batalla.

Consecutivamente, para difundir sus ac-tividades es publicada una hoja de prensa bautizada como ‘Cruz Roja’, que se alcan-zó imprimir dos números. Seguidamente, el Tte. Cnl. Segundo Váscones, se encargó de la instrucción militar y sanitaria de los maestros mayores.

Por otro lado, el 16 de abril, el Comité estrenó su estandarte de guerra, donado por las damas de la ciudad de La Paz.

Prosiguiendo la marcha, el 5 de mayo, el Ejército Unido fue movilizado afueras de la ciudad, conjuntamente con al ‘Cuer-po de Ambulancias’. Pero mediante las disposiciones emitidas entre los días 10 y 14 de mayo, es movilizada la primera compañía Volante, al campo de Tonchaca y luego trasladada a la meseta del ‘Campo de la Alianza’ y la segunda compañía que-dó encargada de asistir a la población. En este lugar la Cruz Roja Boliviana, es esta-blecida a la derecha detrás del Estado Mayor General. En consecuencia, el 10 de marzo fueron distribuidos los cirujanos a las diferentes divisiones.

Más adelante, próximo a la batalla, Zenón Dalence, describe: “era menester pre-cisar el servicio que debíamos prestar á nuestros valientes defensores. Se ordenó con este motivo, la incorporación de la compañía volante que teníamos de comi-sión en Tacna. Se reitero á los cirujanos que aun permanecían en sus campamen-tos, la necesidad que había de que se agruparan á nuestras ambulancias. Se verificó la revista del material y de las prendas del personal de sanitarios, y se distribuyeron las patentes de identidad, encareciendo la religiosidad con que de-bían desempeñarse los deberes que la institución impone” 9.

También, relató sobre la organización “era una mañana nebulosa y sombría. Las tiendas de la ambulancia armadas en dos hileras, ostentando unas el pabellón na-cional y otras la bandera de neutralidad, formaban los costados de aquel improvisado templo, cubierto por el firmamento. Al centro de uno de los lados menores del cuadrilongo diseñado por las carpas, se alzaba un altar portátil, arreglado sobre las piezas del material, que bien pronto debían contener los objetos de curación para nuestros heridos. Detrás del altar, cerraban el espacio los dos estandartes, símbolo de nuestra Institución” 10.

Momentos previos a la batalla fueron alistadas las carpas ligeras, camillas, dos mochilas de botiquines, algunos barriles de agua y dos puestos avanzados sobre las dos alas de nuestro Ejército. Además se conformó un ‘Plan de Servicios de asisten-cia’.

Sin embargo, la hora del combate llegó y en las primeras horas del 26 de mayo, la sanidad boliviana recibió a su primer herido, un soldado del batallón “Padilla”. Posteriormente, fueron divididos el perso-nal en cinco secciones, de las cuales las primeras dos son enviadas a la línea de combate, las otras dos se mantenían en reserva y la última es destinada al servicio de la ambulancia central.

No obstante, aun comienzo de la ofensiva muchos oficiales sanitarios llenos de entusiasmo y patriotismo tomaron las ar-mas y entraron en combate. Consecutiva-mente, el campamento es trasladado a retaguardia, luego se envió camillas a ala izquierda del Ejército, a asistir heridos del “Grau”. Es importante mencionar que la lluvia de proyectiles tanto de rifles como de cañón, no fueron limitantes para que el personal de la Cruz Roja Boliviana reali-zara su trabajo.

Otro aspecto significativo, en lo heroi-co, Dalence describe que: “un morenito de menos de doce años, tambor de órdenes del Batallón ‘Alianza’ se había aproximado á nuestro campamento, y burlado por alguno de los sanitarios, á causa de haber dejado su puesto en el combate, replicó cuasi lloroso de despecho: ‘que no se le había dado arma alguna’, é instantánea-mente le vimos forcejeando con un paisa-no, para quitarle el rifle que este decía hallarse descompuesto; y una vez que consiguió arrebatarle y obtener con amenaza sus municiones, le vimos dirijirse al lugar en que evidentemente seguía combatiendo su cuerpo” 11. En esta operación militar tuvo una destacada participación la enfer-mera Ignacia Zeballos.

Una vez concluida la batalla, las tropas vencedoras chilenas, requisaron las ambulancias bolivianas y recurriendo al pillaje sus-trajeron un cajón de coñac y algunos barriles de agua, que eran destinados para asistir a los heridos bolivianos. Concesivamente la ‘Cruz Roja Boliviana’ es visitada por el personal del ejército enemigo, a quienes se les solicitó tener guar-dias, ya que las tiendas del personal de la ‘Cruz Roja Peruana’, fueron destruidas completamente y en las que estaban siendo asistidos dos soldados bolivianos del ‘Regimiento Murillo’.

Luego una sección de ambulancias bolivianas salió a las 6 de la tarde provistos de faroles y camillas a rescatar a los soldados heri-dos, hasta pasada la media noche. Como resultado son rescatados dos soldados peruanos. Al día siguiente, sepultaron a tres heridos fallecidos.

En aquellos momentos, el personal de asistencia humanitaria boliviana “ofre-cía un poco de té y caldo de Leibig” 12 a las dos primeras partes del total de los heridos asistidos.

Preocupado por la situación el Dr. Da-lence, se dirigió al Comandante chileno solicitando trasladar a los lesionados ha-cia Tacna y sepultar a los combatientes bolivianos. De esta manera, el Coman-dante aceptó que fueran ejecutadas las peticiones.

Lamentablemente, la sanidad bolivia-na es testigo de un hecho inhumano como fue el ‘repase’, que consistía en ultimar a los heridos peruanos y bolivia-nos con bayoneta. Sobre ello detalló el Dr. Dalence: “a su regreso tuvimos igual amargura que la que habíamos esperi-mentado al volver al campamento al me-dio día. No existían mas heridos nues-tros en el campo. Esto nos esplicó la espresión que al partir en la mañana, habíamos escuchado en boca de algunos del ejército enemigo: ‘es tarea vana’, decían unos: ‘los niños se han sacado chiche por cheche’, decían otros. ¡Ho-rrible alusión al repaso de la visera!: ¡á algún otro acto de carnicería, quizá, que se atribuía al ejército aliado!” 13.

Puede apreciarse que para el día 28 de mayo, la cantidad de heridos asistidos por la sanidad boliviana alcanzaba á 143, distribuidos de la siguiente manera: “20 bolivianos, 23 peruanos y 100 chilenos” 14. Sobre la alta cantidad de chilenos asistidos, es necesario mencionar que fue determinado mediante el uso de la fuerza, ya que los sanitarios bolivianos fueron amenazados a punta de cañón. Al día siguiente el servicio general de am-bulancias de Bolivia, se retiró del lugar y descendió á sus ambulancias sedentarias, localizadas cerca de la ciudad de Tacna. Por otro lado, en consecuencia del traba-jo realizado, son muertos durante el combate dos sanitarios.

Sobre el trabajo realizado por las am-bulancias conocidas como sedentarias, es importante señalar que atendieron a lo largo del combate a 152 heridos. Tam-bién asistieron ancianos, mujeres y ni-ños, que expulsados de sus viviendas por el incendio generado por las tropas chi-lenas, no encontraron otro refugio más seguro. Pero fue tan grande la cantidad de asilados y asistidos, que causó que la sanidad boliviana cubriera todo un ba-rrio con banderas de neu-tralidad, en total fueron socorridos 557 personas, distribuidos de la siguiente manera: 492 bolivianos, 40 peruanos y 25 chilenos. Con el transcurso del tiem-po, después del combate alcanzaron más de 800 au-xiliados. Desde entonces, la Sanidad boliviana, tuvo que proporcionar á cual-quier costó, los artículos médicos, alimentos y tam-bién mejoró las condicio-nes higiénicas del lugar.

Sin embargo, una de las gestiones más trascenden-tales realizadas por el Dr. Dalence, fue la repatriación de heridos y asistentes de sanidad que las autoridades chilenas las consideraban como prisio-neros de guerra y que varios de ellos fue-ron enviados a Santiago, en esa calidad.

En todo caso, el 1° de septiembre de 1880, la sanidad y los heridos son trasfe-ridos en 22 vagones de ferrocarril desde Tacna a Arica. Posteriormente, la comitiva se dirigió a Mollendo, en dicho puerto es embarcado, el 9 de septiembre hacia Arequipa. Aproximadamente 300 personas entre heridos, personal de las ambu-lancias y familias migrantes.

Consecutivamente, llegaron vía férrea a Puno, en el cual se embarcaron en el vaporcito ‘Yavari’ y en la goleta ‘Aurora de Titicaca’, para poder ser trasladados a Puerto Pérez, el cual llegaron el 16 de septiembre. En la ciudad La Paz, fueron recibidos con honores y alojados en el edificio de la Tercera Orden y en la Casa de la Moneda.

A modo de conclusión, en palabras del célebre Dr. Zenón Dalence, podemos decir que: “el cuerpo de Sanitarios, sujeto á organización y disciplina militar, ha prestado tan variados, oportunos é importantes que sin exajerar nuestra apreciación, podríamos asegurar que á ellos se debe principalmente lo mas penoso, lo mas abnegado y lo mas prolijo de los servicios que se han prestado á nuestros heridos” 15.

1 Agradezco a Rolando Diez de Medina, por el apoyo bibliográfico que me brindó al realizar este artículo.

2 VEREITER, Karl von: Traficantes de Armas, Producciones Editoriales, Barcelona, 1975, p. 5.

3 COMITÉ INTERNACIONAL DE LA CRUZ ROJA: Los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949, CICR Publicaciones, Ginebra, 1986, p. 8.

4 JORDÁN SANDOVAL, Santiago: Registro de Tratados y Congresos Internacionales de la República de Bolivia. Convenios Multilaterales y Bilaterales, Editorial Universo, La Paz, 1944, p. 2.

5 CRESPO RODAS, Alfonso: Lydia: Una mujer en la historia, Plural Editores, La Paz, 1999, p. 24.

6 UGARTE, Ricardo: Efemérides de la Guerra del Pacífico, Tipografía de “La Tribuna”, La Paz, 1882, p. 7.

7 UGARTE, Ricardo: op. cit., p. 7.

 
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