[Heberto Arduz]

Visita de la tía Betis


 

Llega de pronto, sin mucho anuncio -cual gavilán en pos de su presa-, cero llamadas telefónicas ni aviso mediante las redes sociales, que hoy son de uso obligatorio hasta por un estornudo, y se instala -¡Dios nos libre!- para siempre, como en el matrimonio ‘hasta que la muerte nos separe’. El ser más despreciable del planeta Tierra es, sin vuelta de hoja, la tía Betis (diabetes).

Sucede lo propio cuando uno cambia de estado civil. Cierta anécdota refiere que la suegra visita a la hija recién casada dos veces al año y, cada vez que lo hace, permanece seis meses. Es decir, suegra año redondo. Tía Betis, la vida entera.

Al solo verla nos provoca mucha sed, ni que fuera o se llamara Old Parr. Como si bebiéramos cerveza en demasía, incluso en días de trabajo, con frecuencia nos obliga a ir al baño a miccionar diría el galeno y, lo peor, en cantidad mínima; motivando un pronto y molestoso retorno.

Ante la inesperada llegada de tan incómoda huésped, otra sensación es que si no comes seguido, cada tres o cuatro horas, tu cuerpecito sufre una intensa indisposición y únicamente se pasa morfando, no con calmantes ni píldoras; aunque, claro está, apenas asoma la sombra de la tía no debes dejar de tomar pastillas y, si con más fuerza te arremete, no queda otra que pincharte la panza tú mismo.

En el ambiente del hogar día a día flota la incertidumbre al ignorar si habrá o no síntomas de restablecimiento con la aplicación de las prescripciones médicas, derivadas de la presencia de la visitante. No perdemos la esperanza, es cierto, de poder contrarrestar los signos negativos que apareja la situación presentada. Todo cambió y nada es igual, la condición humana determina que cuando no estamos preparados física y psicológicamente para enfrentar al mal, todo se desmorona en caída vertiginosa. Los de antes ya no son los mismos. El cielo vigila con nubes de tormenta.

Esta visita, larga y tediosa, se acomoda cual flor en la oreja de una coqueta chapaca, extraña amancaya. Nada puede apartarla de tu existencia que se torna insoportable, insufrible, y para neutralizar sus efectos debes acudir a una cita con el médico, profesional que te enviará a laboratorio y quedarás sometido a continua observación, como líder político que aspira a postularse y lograr una candidatura.

Preferiría olvidar el nombre de tan poco atractiva tía. Sin embargo, para que el lector se encuentre prevenido en buena salud es preciso concluir en que de la tía Betis, quiero decir diabetes, debes cuidarte, ya que según estadísticas afecta a más del diez por ciento de la población mundial, esmerándose en visitar a gigantescos pasos a masivos sectores de la ciudadanía.

Quiera Dios que jamás tengamos a un amigo, un familiar, un ser humano, bajo condiciones de desprotección social en que el Estado, ese ente amorfo e insensible, mantiene a los enfermos renales. Es preciso tomar consciencia de la situación para no incurrir en falta de prevención en salud. Doloroso saber que el hilo de la vida se puede cortar cualquier momento, pero que el Estado a través de sus instituciones, a pesar de poseer los mecanismos necesarios para evitar o neutralizar esta cruel circunstancia, escucha bien, no se empeña en buscar soluciones. Miles o millones más de recursos económicos, miles o millones menos, ¡siempre la vida!

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