[Ramiro H. Loza]

Sigue el rezago educativo


 

Que la educación es la más alta función del Estado y otras lindezas dichas al respecto, suenan a huero, pero uno de los aportes nuevos incide en que es el mejor instrumento de igualdad, nivelación social y superación de la pobreza crónica. Hacer realidad esta aspiración depende del mejoramiento educativo, el cual seguirá siendo una utopía si no se eleva la calidad del maestro. Así como las normales no son evaluadas, tampoco se conoce el grado de vocación de los futuros profesores, atraídos por una especie de seguro de vida a expensas del erario nacional y con jubilación garantizada.

Lo anterior permite deducir que uno de los motivos del rezago educativo del país es la falta de compromiso de los educadores y de amor a su profesión, salvando las excepciones. El maestro corriente no se exige a sí mismo, ni se le exige en función de su capacitación y actualización periódicas. La queja generalizada, en cambio, dice relación con las bajas remuneraciones que, sin embargo, encuentran compensación por el trabajo a medio tiempo que en los hechos desempeñan los docentes.

Los países que más avanzan en este campo vital han dejado atrás las Normales, trasladando la formación docente a las Universidades. Como el país no se libra de un impenitente comenzar de nuevo, los intentos anteriores de cambio de nivel formativo han sido revertidos para continuar en la rutina. Una vía diagonal, pero de dudosos efectos, es el Programa de Formación Complementario, Profocom, panacea en grado máximo según el ministro de Educación. Un curso de escasos dos años ha otorgado en mayo pasado el título de licenciados a 42.000 maestros, mientras lo esperan 129.000 inscritos. El grado de licenciatura es atributo exclusivo del nivel universitario y concederlo al margen es parte del efectismo oficialista en diferentes ámbitos y un modo de captar votos.

Otro episodio de la precipitada carrera de la ley en cuestión, está señalado por ocho currículos regionalizados que “buscan recuperar saberes y valores propios… y fortalecer las identidades”. Pese a que nuestro territorio es una suerte de mosaico muchas veces inconexo, se suma este ingrediente de alejamiento desde las aulas. Así se hable de que Bolivia se divide en 36 nacionalidades, visto desde la realidad sociológica el país se halla en pleno proceso de integración social y étnica, ley humana natural a la que no escapa y no ha escapado ningún pueblo del globo, con más menos diferencia de tiempos, pero fatalmente convergentes a un destino común. Es desconstruccionista desde todo punto de vista empeñarse en acentuar los caracteres de diferenciación, en lugar de tender puentes de acercamiento, en cuyo tránsito la educación debe jugar papel invalorable. Fuerza es decir que lo contrario fomenta la desintegración.

Si la reforma educativa se define como “descolonizadora”, resulta contradictoria la reproducción de este nuevo ensayo regionalista o etnicista. ¿De qué vale entonces repetir que el regionalismo es una herencia colonial trasplantada de España? Además de cuál singularización regional podemos hablar cuando el Oriente del país, por ejemplo, se encuentra “kollanizado” -para decirlo de algún modo- como alguien lo recordó con pleno ajuste a la realidad. Por su parte, la obligatoriedad de enseñar las lenguas originarias acentúa el divisionismo poblacional. Sin embargo, unas más que otras, las lenguas nativas están firmemente ancladas en contingentes numerosos a los que sirve de expresión.

Vivimos el mundo de la interrelación y si se quiere de la comparación, la educación no escapa a este reto. Participar en las pruebas de medición de calidad educativa no disminuye ni discrimina a los que no obtienen óptimas calificaciones, sino que los ayuda a conocer sus debilidades y a efectuar los ajustes necesarios. No participar o dejar de prepararse adecuadamente es adoptar la actitud del avestruz que entierra la cabeza en la suelo… Estas pruebas son rechazadas oficialmente por Bolivia como “imposición neoliberal” e imperialista.

El Sistema Plurinacional de Educación rompe con dichos concursos y considera que hacerlo es lo mejor, “lo bueno”. Se añade que el “vivir bien” excluye la “lógica de la competitividad educativa”, tal como editorializa un boletín oficial de la autoridad educativa. Falta humildad, lealtad y franqueza para reconocer la caída ya antigua de la educación. Empero, aislarse detrás de escudos ideológicos conduce a perpetuar la mediocridad, cuya alternativa de superación no es otra que mejorar la educación, instrumento útil de las sociedades que les abre el camino a posiciones de expectante desarrollo intelectual y material. Es un reclamo de ineludible actualidad.

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