[Raúl Pino-Ichazo]

Continúa el cortejo fúnebre del feminicidio en Bolivia


 

El órgano respectivo policial indica que en un lapso de cuatro meses hubo más de 160 casos de feminicidios y agresiones violentas a mujer, por lo que nos causa una impotencia e ira justificada el incremento de los feminicidios, ilícitos de esta naturaleza execrable. Es una estadística aproximada, pues los feminicidios no denunciados suman y deben bordear sin presunción apocalíptica los 1.000 anuales. Las denuncias de agresiones violentas a la mujer, que es el ser más importante de la creación, suman las 6.000 anuales. Una de las principales causas de estos abominables ilícitos es la ausencia de eficaz coacción y de penas ejemplarizadoras en nuestros códigos sustantivos y adjetivos.

¿Para qué sirven las leyes? ¿Para que haya orden en nuestra sociedad, para cumplirlas o para sancionar a la gente agresora? Los interrogantes se suman, pero no se halla la respuesta tranquilizadora, ¿será para que haya justicia? ¿Y porque nadie hace algo al respecto?, entonces ¿para qué sirve la justicia sino se aplica el Derecho y las leyes protectoras de la mujer? Cuando no defendemos nuestros derechos se pierde la dignidad y la dignidad no se negocia y esta posición y tesitura es aplicable a todos los órdenes de la vida ciudadana, política, social, religiosa y familiar. La causa fundamental de este lacerante incremento de feminicidios, agresiones leves y violentas es la falta de formación investigativa y de aplicación correcta de las normas exigentes por parte de los operadores de justicia que siguen actuando parcialmente en estos casos, protegiendo su esencia machista, además de la presencia inamovible de la corrupción, causando un irreparable daño a la sociedad, a su seguridad y, lo que es peor, desestabilizando la majestad de la justicia, que es la estructura fundamental de cualquier país.

La historia y la literatura son ricas en ejemplos sobre los celos, que son expresión inequívoca de la inseguridad de la posesión: Otelo con la obsesión del Moro que tiende a inducir a aborrecer el amor; su falta de sentido crítico le inclina a prestar atención a las sutiles y premeditadas insinuaciones de Yago y su imaginación le crea una jaula en que va quedar prisionero como un implacable felino en su fiereza. El celoso de imaginación duda sin pruebas, temiendo el engaño que zahiere su amor propio y dignidad; el celoso de los sentidos que supone o sabe, duda de la exclusiva posesión en el futuro y sufre pore no poder olvidar lo que ha perdido, y más intensos son los celos del corazón que perdonan y siguen amando, decantando la conclusión que a cada temperamento le corresponde un tipo distinto de celos.

Los celos difieren en cada individuo, pues nunca se equiparan el temperamento y la experiencia. El que ama como Werther, la excepcional creación de Goethe, no puede tener celos análogos a los que aman como don Juan; el inteligente, el tonto, el soberbio y vanidoso, el digno, el joven, el viejo celan de distinta manera; así cada celoso tiene los celos según su forma de amar.

Ilustrativo para el lector es distinguir los celos de otras pasiones que le son parecidas; suele denominarse amor a varios sentimientos que tienen raíces instintivas diversas y no presentan un homogéneo contenido afectivo y con la misma imprecisión se denomina celos a varias formas de egoísmo o de envidia; los niños, se dice, celan a sus hermanos cuando los suponen preferidos; los padres se celan entre sí cuando se concede a otros la confianza que cada uno ansiaría le estuviesen reservadas en exclusividad. Es en el amor propiamente dicho, en la afección entre personas de distinto sexo, donde los celos expresan pasión desequilibrada y casi siempre dramática y conmovedora.

Los celos del que ama con los sentidos objetivan las imágenes físicas de la infidelidad y en esta clase de celos tiene parte mayoritaria el sentimiento de propiedad, que el amor propio; el daño causado irrita más que el temor de la perdida de reputación y si no puede perdonar, debe dejar de amar, pues seguirá atormentando a la persona que pretende seguir amando.

Hoy convivimos con horror el incremento espeluznante de casos de feminicidio en Bolivia, como efecto, teniendo como causa o fundamento a los celosos imaginativos, cuyos celos son odio que ciega, vanidad que los convierte en verdugos y en víctimas. Lo razonable a este inextricable tema, en este artículo de análisis con aproximación, sería que todo hombre sea digno y renuncie al amor de la persona cuya ilusión sentimental no ha podido preservar, por su acendrado machismo no superado y su afán de posesión. De lo contrario, está latente su potencialidad a la comisión de feminicidio, por ello es un imperativo que la felicidad de los amantes se emancipe de los prejuicios egoístas que envenenan toda experiencia sentimental, obteniendo como corolario importantísimo, que se debe respetar profundamente a la mujer y con convicción, al ser más importante de la creación, y ese respeto implica no agredirla ni con un pétalo de rosa…. expresado metafóricamente.

El autor es Abogado Corporativo, Postgrado en Conciliación y Arbitraje.

 
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