[Alberto Zuazo]

Punto aparte

Jubilados: de la miseria al cementerio


 

Un ex ministro de Hacienda del Japón pidió el año pasado que las personas que tengan más de 60 años dejen de medicarse. Implícitamente, lo que decía es que estaban demás en la sociedad y que debían morir cuanto antes. Tal fue el escándalo que produjeron sus palabras, no sólo en su país, sino a escala internacional, que tuvo que dejar el cargo y “tomar las de Villadiego”.

Su explicación era que el imperio japonés no podría seguir pagando las obligaciones sociales que se otorga a otros sectores, porque los ingresos fiscales iban a ser insuficientes, en unos años más.

A lo que iba, sin embargo, era a lo más cómodo. Simplemente, reducir la población, empezando por las personas de la tercera edad, porque al dejar de ser activas son desechables.

Estos mismos razonamientos debe tener el ministro de Economía, Luis Arce Catacora, pero no se atreve a desentrañar su pensamiento, porque podría ocurrirle lo mismo que al ex ministro de Hacienda del Japón. Empero, él no está dispuesto a dejar el cargo, pues lo convirtió en su superpoder personal.

Una y otra vez, Arce rechaza el pedido de los jubilados para que se les proporcione un mayor ingreso en sus pensiones, sin considerar que el costo de vida, desde fines del año pasado hasta el presente, se halla en alza permanente.

Su argumento es que el Estado no tiene capacidad financiera para atender la demanda de los jubilados. En el afán de respaldar su actitud, menciona cifras que parecieran ser excesivas, pero, en el fondo, trata de impresionar: mostrarse como diligente guardián de la hacienda pública.

No hace otro tanto con el derroche y el despilfarro en los que incurre el presidente Morales, para satisfacer sus gustos y caprichos de millonario. Sobre todo, en su campaña electoral, la más costosa que se conozca en la historia nacional. Las cajas fiscales se hallan dispuestas a su inescrupulosa decisión.

En efecto, el ministro Arce no tuvo la misma actitud que asume con los jubilados. Permitió que se incurra en gastos suntuosos con la estéril reunión del G-77, en Santa Cruz, cuando era claro que Morales sólo deseaba presumir y figurar en la escena internacional.

Con tal motivo, hubo además otros gastos dispendiosos. Se cubrió el costo de reuniones internacionales paralelas, de mujeres y jóvenes, dirigidas a cumplir los mismos objetivos personalistas del mandatario.

Arce tampoco le hizo cuentas al presidente cuando realizó un viaje a Río de Janeiro, para ir a ver el partido de inauguración del campeonato mundial de futbol. ¡Se sabe ya, cuántos miles de dólares cuestan los vuelos del avión que se compró Morales, al costo de 40 millones de dólares!

Otro tanto significó su viaje a Holanda, presuntamente para entregar personalmente -por pura figuración- a la Corte Internacional de La Haya la demanda iniciada a Chile por la cuestión marítima. Lo cierto fue que, como en todo trámite judicial, la entrega de documentos la realiza cualquier funcionario oficial, pues la recepción la cumple la secretaría del tribunal respectivo, como exactamente sucedió en este caso.

Algo más, en torno a estos dos viajes, totalmente recreativo el primero y político, el segundo, Morales no viaja solo, lleva a sus allegados políticos y personales, y a funcionarios de su entorno íntimo. En ambos casos, se tuvo que cubrir los costos de alimentación y otros. En el viaje a La Haya, cabe adicionar los elevados precios de los alojamientos, en hoteles de primera clase.

Arce tampoco le hace cuentas a Morales por los millones de bolivianos que está dilapidando para conseguir un ilegal tercer mandato presidencial, con sus viajes diarios a una y otra parte del país. Aparte, efectúa entregas de obras y regalos, cual si fuese un Papa Noél, sin necesidad de que sea Navidad.

Voceros de partidos opositores difunden también, en entrevistas periodísticas, los millonarios montos de dinero que cuesta la difusión diaria de decenas de spots, jingles y publicaciones gubernamentales, en apoyo de la campaña electoral de Morales. Se añaden a ello, las gigantografías, que se multiplican en las vías públicas, al extremo de producir fatiga visual a los transeúntes.

Para todo esto, Arce tiene la caja abierta del Estado; pero a los jubilados les rechaza sus solicitudes con la energía de un poderoso ensimismado. No se compadece de que cada vez comen menos y que sus vestimentas son humildes, reflejo inequívoco de las grandes limitaciones económicas en las que viven.

En sintonía con el desprecio que siente Arce por los jubilados, el ministro de Pensiones y Servicios Financieros, Mario Guillén, declaró en la radioemisora oficial que la responsabilidad del gobierno es dejar a sus hijos con una economía en crecimiento, “por ello es que no podemos dilapidar los dineros”, haciendo referencia a las demandas de los jubilados.

Qué debe entenderse con lo que dijo el tal ministro. Cuando se habla de “dilapidar”, a lo que se refiere es a no efectuar gastos dispendiosos. Sin embargo, en esto se patentiza una contradicción. El gobierno derrocha dinero a manos llenas, pero se niega a dar unos centavos más a los jubilados.

Guillén desconoce que a los jubilados, cuando eran empleados y trabajadores activos, se les descontaba, en las planillas de pago de sus sueldos y salarios, un porcentaje determinado que, según los gobiernos que se sucedían, debían aportar para su jubilación. Por tanto, las pensiones o rentas que reciben actualmente como jubilados, no son gratuitas.

Queda en claro, por otra parte, que los alardes que realizan los gobernantes actuales, de aplicar políticas de justicia social, son totalmente engañosos y falsos.

Los ingresos fiscales son para que gasten ellos y sus hijos, no para los jubilados, porque incurrirían en “dilapidación”.

Esto es exactamente lo que pretendía el ministro de Hacienda del Japón. En el caso de Bolivia, que los jubilados no molesten más. En buenos términos, incomodan y están demás.

¡Pareciera que ciertos genocidas tienen también sepultureros de escritorio!

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