[Boris Santos Gómez]

A propósito de gas y pobreza


 

Aunque Bolivia ostenta el factible título de potencia latinoamericana en negocios de gas natural, de concretarse una multimillonaria y planificada reforma energética, que incluya un proceso de exploración intensivo de su territorio, certificación de reservas e inicio de procesos de agregación de valor agregado a la materia prima (gas), de momento sigue siendo un país pobre.

Resulta ser una buena noticia que las exportaciones de gas este año -conforme estiman funcionarios- generen una renta de aproximadamente 7.000 millones USD; pero Bolivia sigue siendo pobre.

En 2013 el ingreso fue 5.585 millones USD, obviamente gracias a los buenos precios de las materias primas en el mercado internacional y a los contratos de provisión de gas que Bolivia tiene con Brasil y Argentina.

Analistas independientes, con los que coincido, indican que no existen políticas públicas que generen crecimiento sostenible.

Bolivia ocupa el penúltimo lugar en pobreza y último en PIB per cápita y comparativamente su salario mínimo es el peor de América Latina.

Pese a la venta intensiva de recursos naturales (gas) Bolivia no dejó la senda de ser uno de los más pobres de la región. Está comprobado que vender materia prima no es mejor que vender productos competitivos de valor agregado (derivados del gas, industrialización que no arrancó en el país por falta de iniciativa e inversiones).

Además de ser pobres se destina muchísimo dinero para subvencionar consumo interno de combustible (diésel): datos independientes muestran que en este primer semestre más del 60% de las importaciones fue de diésel que se compra a Venezuela, entre otros países (337 millones USD). El mismo jefe de Estado indicó que la asignación estatal para comprar diésel oscila entre USD 1.100 y 1.200 millones, en lo que va del año. Cifra definitivamente alta para una economía como la boliviana, cuyo nivel de RIN (reserva internacional neta de dinero) en el exterior es de 14 mil millones USD.

Si los precios de los hidrocarburos no estuvieran altos a nivel internacional, Bolivia sería más pobre aún. Gracias a la economía del gas es que Bolivia vive.

En ésta década de administración socialista (2006–2014) el crecimiento de la economía boliviana fue 5%, solo un punto encima que en la denominada década “neoliberal” (1990-1999). Y eso que en la era neoliberal no habían los buenos precios del gas que hoy percibe Bolivia.

Bolivia tenía en 2006 un PIB de USD 11.451 millones, cifra que se incrementó a 30.601 millones en 2013, sin embargo, la marginalidad, pobreza, violencia, corrupción y otros no se han reducido. Expertos bolivianos como Carlos Schlink y Antonio Méndez, entro otros, han mostrado la real fotografía económica de Bolivia, cuyo PIB per cápita es el menor de América Latina que tiene promedio PIB per cápita de USD 10.500, equivalente a 2,5 veces más al que tiene en Bolivia. El denominado PIB per cápita en 2006 fue USD 1.090 y en 2013 USD 2.868 (debajo de Paraguay que tiene USD 4.402; pero ojo que no tiene ingreso por venta de gas, ¡porque no tiene gas!) En 2006 ocupó Bolivia el puesto 114 a nivel mundial y en 2012 bajó al lugar 128.

Algo no funciona en la visión socialista de la historia.

En el concierto latinoamericano Bolivia es el sexto con más pobreza.

El salario mínimo es de USD 210. El peor continental con inversiones en educación y salud que no superan 5% del PIB.

¿Por qué persiste la pobreza pese a los buenos ingresos? Sencillamente porque se sigue con la “lógica” ilógica de ahuyentar inversiones externas para proyectos de agregación de valor a la materia prima, no hubo inversión intensiva pública en el sector hidrocarburos y con un excesivo gasto público inconsistente (fábricas de papel, de cartón y otras que no son rentables). Además de esto, la nacionalización de algunas inversiones en hidrocarburos en 2006 están ya pasando factura: Bolivia debe pagar indemnizaciones de todo tipo (una de las más rimbombantes es la cifra de 1.000 millones USD a una familia de inversionistas ítalo-argentinos a los que les nacionalizaron sus negocios energéticos; y ahora a una compañía de la India, por haber fracasado un negocio de hierro).

Y lo peor: al no haber más gas en reservas (de momento) no arrancó la industrialización que cambiaría la matriz económica boliviana de vender materia prima a vender productos de gas (plásticos, diésel, electricidad, fertilizantes y otros) que generarían en Bolivia flujos de capital que dispararían positivamente la industria, comercio, tecnología, inversiones en energía y otros.

Una nueva visión democrática debe imponerse en el centro del continente para evitar que el gas siga despilfarrándose como se despilfarra el petróleo venezolano.

El autor es analista.

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