[Juan León]

Menudencias

Política, de la lisonja al insulto


 

En estos tiempos de cambio, cuando se habla de rescatar valores ancestrales como soporte de pluriculturalidad, muchos suponen que a las palabras se las lleva el viento. Y hablan y dicen lo que dicen, con total desparpajo. Pero sobre todo, con desprecio de que las palabras son la esencia de nuestra cualidad humana. Por eso, los pueblos antiguos las consideraban sagradas. Ellos sabían que las palabras les dan significado y sentido a las ideas y a las cosas. No sólo sirven para nombrarlas. En realidad, les dan sustancia y contenido.

En la vida diaria, los humores, tendencias y sentimientos comunes se reflejan en el uso mayor o menor y en la frecuencia con que se pronuncian determinadas palabras. Y en el respeto que se tiene hacia ellas. Por eso, el libro de los Proverbios dice que “la vida y la muerte están en poder de la lengua. Del uso que de ella se haga, será el fruto”. Platón decía que “la incorrección en la lengua no es sólo una falta contra la lengua misma. Hace también mal a las almas”. Es que el uso que hacemos de la palabra marcará, seguramente, el rumbo de nuestras vidas. Y quién sabe, también de vidas ajenas.

Podemos expresar amor y empezaremos a construir. Pero podemos también humillar, insultar y comenzaremos a destruir. Y hasta terminar con la vida misma. Ahí están, por encima de su condición de antónimos, los contenidos reales de palabras como paz y guerra, amor y odio, humildad y soberbia, verdad y mentira. Ellas entrañan mucho más que

determinadas conductas, acciones o sentimientos de los seres humanos.

En nuestra vida en comunidad, por lo general, las palabras se desprenden de quien las pronuncia y asumen existencia independiente. Por eso, lo que se escucha en tiempos de proselitismo dice mucho más de lo que dicen quienes las pronuncian, por muy destemplado o docto que sea el tono en que las dicen. Ellas dicen mucho más de lo que en realidad pretenden decir quienes las pronuncian. Es a través de ellas

que encontramos hoy un reflejo fiel de la vieja praxis política de nuestro país.

De esa manera, encontramos que la primera imagen que genera el discurso proselitista del oficialismo, por ejemplo, es de agotamiento de propuestas. De esa manera, lo único claro para el destinatario final del mensaje es un deseo voluptuoso de perpetuidad en el poder. No importa para qué ni por qué. Por eso, las banderas de antes no son ya banderas del hoy. Pro indigenismo, anticolonialismo, defensa del medio ambiente, respeto a la madre tierra y preservación de recursos naturales son historia a la hora de la captura del poder.

En ese escenario de tarea incumplida, el discurso desde ambas veredas se resume en el afán de destruir, más que de construir. En el todo vale, para ganarle al adversario. Como si se hubiera agotado el repertorio de propuestas para construir futuro y satisfacer expectativas y necesidades insatisfechas de la gente. Se explica así, probablemente, el rescate de viejos discursos.

Desde el oficialismo, implica reconocer implícitamente el fracaso de ocho años para enderezar rumbos o cambiar estructuras y estilos. La imagen subyacente es de fragilidad en lo avanzado y de temor a desandar lo andado, por poco que sea lo avanzado. Como si los cimientos fueran tan deleznables que el edificio podría venirse abajo con el menor cambio de vientos políticos.

Esa estrategia envía también una señal fuerte de que mucho de lo que se dice desde la otra vereda tiene asidero. Cuando se habla de éxitos económicos, la señal que deja el discurso obliga a preguntarse si el futuro seguirá dependiendo del precio de los hidrocarburos y los minerales. Cuando se habla de nuevas estructuras la racionalidad obliga a demandar ¿qué cambió, realmente, tras ocho años de proceso? Cuando se piensa en la gente, sus expectativas y necesidades, habría que decir cuánto de lo que se pregonaba se hizo o se dejó de hacer.

Las respuestas son difíciles cuando oficialismo y oposición

aparecen empeñados en aplicar la misma estrategia de insulto, denuncia y afán de desacreditar al adversario para ganar puntos. Más constructivo (y de mayor rédito político) sería rebatir con argumentos válidos las denuncias, igual que probarlas de manera contundente. Sólo por ese camino la denuncia, cualquier denuncia, será muestra fehaciente de voluntad real de lucha contra la corrupción y no sólo recurso proselitista barato y pobre. La vida en comunidad tiene mecanismos, medios y normas para probar lo falso o lo verdadero. Bastaría utilizarlos.

Suponer que con el creciente interés de la gente por cuanto

ocurre, e influye, en su vida en comunidad, siguen válidas las teorías de la propaganda política es un error. Aunque se dice que de tanto repetir una mentira, ésta se convierte en verdad, lo que está mal, huele mal. Y la gente lo percibe.

El discurso sería más útil si sustituye insultos por propuestas.

Hace diez años, la demanda general era cambio de estructuras, de actores y nuevas reglas del juego. Por eso, para la gente tenía sentido hablar de Constituyente y nueva Constitución. Hoy, cuando los grandes males de entonces siguen presentes, parece absurdo que todo se limite a escuchar palabras de lisonja o de insulto.

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