OPINIÓN    

La salud, un juguete

Geraldine Zambrana Velez



Nuestro sistema de salud sirvió para resistir dos semanas con el virus. Las vestiduras blancas de doctoras, doctores, enfermeras y enfermeros transmutaron de significación. Van al hospital ya no a salvar vidas pero a esperar sus muertes respectivas, absueltos, al menos, por haber cumplido con su deber hasta el final. Día a día se presentan contra lo que están supuestos a luchar, bajo el mandato politiquero que deban presentarse como un ejército de ovejas ciegas y sordas, pues el juego consiste en que el ataque no sea visible ni audible. Con el corazón en la mano latiendo y sin haber perdido la fuerza de voluntad de hierro que los caracterizan, se observan con el pensamiento tácito que van a ser sacrificado(a)s.

El sistema de salud es armado nada más que de suerte, como es cultural, por aquí. Van a apostar a que de un golpe de ventura o desventura el coche caiga o no al precipicio. Los sistemas sanitarios en los países subdesarrollados son como cuando poderosos deciden jugar a la guerra y necesitan hospitales de plástico, donde los frágiles soldaditos perdedores puedan morir, después de ellos haberse aburrido de jugar a las hostilidades durante dos semanas y prefieran ir a jugar a la pelota en una cancha de fútbol. ¿Qué hacer con la idea absurda de que el poder de un Estado se base en un número llamado PIB (Producto Interno Bruto), y no en sus inversiones en Salud y Educación? Lo confirmamos con la crisis actual que atravesamos. Un país poderoso no es aquel que tenga el mayor PIB, o donde se consuma más, o que tenga el ejército más poderoso o se enorgullezca de poseer la bomba atómica. Un país poderoso es aquél que invirtió en Salud y Educación y que puede asegurar una vida digna a todos sus habitantes. No sólo los países en desarrollo no lo son, pero ningún Estado desarrollado realmente lo es. Si bien tienen artillería de guerra de última generación, los países que se creían muy fuertes y autosuficientes para hacer frente a esta crisis sanitaria, tampoco tenían ni hospitales ni camas disponibles para los enfermos ni siquiera mascarillas para los habitantes. ¿Cuándo es que decidiremos optar por otro modelo de desarrollo que priorice la vida, el bienestar y la dignidad humana, que invierta prioritariamente en educación y en salud y no en armamento como en los países “desarrollados”, o en corrupción, en los países en desarrollo como el nuestro?

¿Y cómo fue? Jugamos primero como los desarrollados, haciéndonos a los confinados como en Europa, hasta aplicando la medida mejor que en España. Nos sentimos importantes, ejemplares. Y lo fuimos. Pero la corrupción política, acumulada de siglos, se destapa a medida que el 75% de habitantes de este país necesita salir a vender su crema chantilly a la calle para tener un pan con qué alimentarse. Sí, porque aquí no nos alimentamos bien y morimos jóvenes.

Acabamos de entreabrir el telón y vimos de reojo el espectáculo del que seremos protagonistas. Siete personas murieron en la calle la semana pasada. En Cochabamba, Juan Carlos falleció en la calle Jordán esq.16 de Julio tras haber peregrinado por siete nosocomios sin recibir auxilio; en La Paz, otra persona feneció en la puerta de un hospital municipal tras haber sido derivada al Hospital la Portada; en Santa Cruz, una mujer se desvaneció en la banca de un hospital; y en el Beni otro ser se extinguió tras días de solicitar ayuda y no haberla recibido. El rastrillaje tardío muestra que los habitantes prefieren esconder la enfermedad y a los muertos en sus casas. Pues, nunca realmente se hizo la diferencia entre vida y muerte.

Dos semanas resistió todo lo que logramos prepararnos en tres meses de confinamiento. Ni medios para salvar, sin hospitales, sin camas, sin respiradores, sin doctores. Ni medios para prevenir, sin pruebas, ni sistemas inmunológicos sólidos.

Solamente una salud de juguete.

La autora de esta nota es Magister en Derechos Humanos.

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