Bolivia, 28 de agosto de 2008
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Pesadilla política en un país de ensueño

David Foronda H.

Los titulares sobre todo de los medios de comunicación impresos, audiovisuales y orales, e incluso los comentarios en las calles, reflejan de una u otra manera esa especie de pesadilla por la que estamos atravesando Bolivia y los bolivianos. Resulta que existe mayor profusión de noticias negativas que positivas, emanadas claro está, desde las esferas de la denominada “clase política”.

Los dimes y diretes, golpes y contragolpes -por decir lo menos- en suma el ojo por ojo y diente por diente es lo que parece advertir y sentir la colectividad respecto al accionar y desenvolvimiento de opositores y oficialistas, los cuales no trepidan en continuar enfrascados en un ciego afán destructivo, cuyo objetivo a todas luces es mantener y/o lograr el poder a como dé lugar. Esa angurria del poder por el poder, lindante con el “canibalismo” o el despiadado combate a muerte como seguramente solía ser en cualquier arena de un circo romano, lamentablemente es de vieja data en la nación.

Es así que un país de ensueño -por aquello de su gran riqueza en todos los campos- en forma por demás angustiosa está nomás viviendo una pesadilla, pese a todo lo contrario que puedan decir o afirmar en sentido de que “todo marcha muy bien”. A propósito, alguien manifestó que “juntos todos los gobiernos anteriores no han gastado tantos recursos en propaganda como el actual”. No se sabe si el dato será exacto, pero algún asidero debe tener. Cierto personaje público, ya fallecido, hace mucho solía decir “obras son amores y no buenas razones”, para justificar lo que estaba encarando a favor de la ciudad. El gobierno del presidente Morales ha realizado muchas, como para inclusive poner de manifiesto aquello de “por sus obras los reconoceréis”.

Entonces ¿por qué gastar tanto en propaganda? ¿es que los resultados no están a la vista?, interrogantes que quizá queden sin respuesta. Y frente a argumentaciones machaconas en sentido de que estamos “mejor” que antes, éstas caen por los suelos cuando muchos se preguntan: ¿si estamos tan bien, por qué siguen marchándose al exterior muchos bolivianos?

No es, pues, exageración cuando se habla de un país de ensueño que está viviendo virtualmente una pesadilla política. Las informaciones dan cuenta, por ejemplo, que campesinos afines al MAS cortaron todo acceso a la capital sucrense donde se comenzaba a sentir el desabastecimiento de productos, mientras alguna autoridad del Gobierno daba a conocer que ese era un “conflicto interno” de Chuquisaca. Entre tanto los cívicos del Chaco tarjeño determinaban un bloqueo indefinido de caminos en protesta contra el Ejecutivo. Por su lado el denominado “Pacto de Unidad”, afín al MAS, hacía saber que podrían llevar adelante un cerco al Congreso con la finalidad de que los parlamentarios aprueben un paquete de leyes. Entre tanto, unionistas cruceños o benianos cometen tropelías.

Lo anterior es apenas una muestra de todo lo que viene aconteciendo últimamente, porque hay mucho más de aquellas acciones y hechos que enfrentan en forma sistemática a la familia boliviana, debido a la excesiva politización que se está dando en casi todos los órdenes de la vida nacional. A ello se suman las virulentas declaraciones de unos y otros en busca de tratar de convencer a la población utilizando una verborragia propia de las pasiones malsanas. Mientras, el estado de derecho parece comenzar a hacer aguas, pues la reacción de determinados sectores en varios puntos del país al atentar contra la institución del orden -policías golpeados y expulsados- sienta un nefasto precedente y deja azorados a la mayor parte de los pobladores. Sobre el particular, medios de comunicación y distintos representantes de grupos sociales coinciden en deplorar que desde ciertas posiciones utilicen políticamente a una de las instituciones fundamentales de la Patria.

Es que, para pesar de todos quienes anhelan vivir en paz -que constituyen la gran mayoría- la descontrolada y quizá desbocada politización de todo y nada, hace que se abran más las rajaduras de la desunión, aflorando los rencores, resentimentos, racismos y regionalismos.

Bien escribieron hace más de 20 años: Propios y extraños tienen de Bolivia la imagen de un país excesivamente politizado, conflictivo e inestable. No son pocos los que atribuyen la desunión de los bolivianos, el atraso de la nación y otros males a la intensa y prolongada actividad partidista y sectaria, oficialista y opositora, que demanda tiempo, esfuerzos y recursos materiales en desmedro de otras actividades productivas y de servicios. La inestabilidad política de Bolivia -calamidad permanente en nuestra historia- puede expresarse de un modo figurado como la oscilación de un péndulo entre los extremos de la dictadura y el libertinaje; bamboleo perenne movido por alguna fuerza que no alcanzamos a reconocer y mucho menos controlar. (El laberinto político de Bolivia, 1984, Raúl Rivadeneira Prada).

Entonces surge otra pregunta: ¿qué ha cambiado desde entonces?, parece que casi nada. Decía el autor de ese libro que “el mayor de los estorbos es el sectarismo político, la mayor de las trabas la intolerancia recíproca, la mutua desconfianza. Tal vez si vencemos estos escollos, previo acuerdo de buena voluntad, todos los demás obstáculos nos parecerán insignificantes y no necesitaremos de 323 “salvadores” civiles y militares que nos mantengan en la desgraciada condición de país-Sísifo, condenado a empujar la enorme piedra de la inestabilidad hasta la cima del libertinaje o del despotismo por los siglos de los siglos”. De verdad nomás que Bolivia pareciera estar en un túnel sin salida, ya que década tras década continúan igual en el nefasto campo político -politiquería dicen otros- haciendo “vivir” pesadillas en este hermoso país de ensueño.

Cierto que es grande y noble lo espiritual, algo de lo que parecen carecer opositores y oficialistas. En fin, el hombre es limitado, su razonamiento y hasta su técnica siempre pueden fallar, aunque a su vez será admirable por su incesante bregar para que las cosas salgan bien, aspecto al que deben acudir a rajatabla quienes hoy llevan a la incertidumbre a la bolivianidad. Que los estrategas y asesores de la falsedad y el engaño, que están mimetizados en ambos bandos, sean dejados de lado para dar paso a un verdadero y urgente reencuentro nacional, pues mucha gente ya comienza a preguntar: ¿quién o quiénes podrán poner orden en el desorden lindante ya con visos de anarquía?, ¿quiénes podrán apagar el incendio de la división? Paradojas o certezas de la vida, pues parece que la historia podría volver a repetirse. Entonces que opositores y oficialistas recapaciten a fin de devolver la certidumbre a Bolivia toda. ¡No queda otra!

 



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