Bolivia, 05 de julio de 2008
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Pedir perdón y perdonar

P. Sebastián Obermaier

¿Quién de nosotros aquí en Bolivia es un hombre perfecto? Y los brasileños, ¿acaso son superhombres y mujeres santas? Cada uno de nosotros experimenta en su propia vida, ¡qué débiles somos nosotros! Queremos ser puntuales en el lugar de trabajo, pero el apego a la frazada es más fuerte que nuestra voluntad de levantarnos a la hora y llegar con tranquilidad 10 minutos antes. Esperamos que nuestros prójimos tengan compasión con nuestra situación y nuestro carácter, pero nosotros mismos criticamos duramente a los que no cumplen su palabra, aunque nosotros mismos también fallamos.

Para poder vivir en paz todos los hombres deben respetarse mutuamente, amarse con todo el corazón, en otras palabras: debemos ser santos para poder vivir en armonía. Siendo todos nosotros débiles, con la inclinación al bien y también al mal, nuestro convivir debería ser una pelea constante, un conflicto en el matrimonio, en la vida política y en el trabajo. ¡Una vida pacífica entre nosotros, que somos pecadores, es posible! Paz se forma, si reconocemos nuestros errores y pedimos perdón.

Los hijos piden perdón, si no han obedecido o han contestado mal a sus padres. Los padres piden perdón a sus hijos, si les faltó la paciencia y han gritado a los pequeños. La mujer pide perdón a su marido, si quería imponer su voluntad en discusión dura, el hombre pide perdón a su esposa por haber tomado con malos amigos. ¿Es posible que también los políticos cometan errores y pidan perdón?

Pedir perdón es como abrir la puerta a un cuarto, donde todos nosotros encontramos paz. En la Santa Misa cada familia, la comunidad alrededor del altar reconoce su culpa y canta: “¡Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónale Señor!” y el sacerdote responde: “El Señor Todopoderoso tenga misericordia de vosotros, perdone vuestros pecados y os lleve a la vida eterna. Amén.” Y la oración de la Iglesia dice que el Mesías Jesús ha llegado para sanar los corazones afligidos. ¡Ojalá, que nadie tenga ese orgullo de sentirse demasiado grande para pedir “¡Perdón” a cualquier persona que él ha tratado mal por su comportamiento! ¡Ojalá que nadie se sienta tan perfecto, ciego ante sus propios errores, y busque los problemas solamente en el mal comportamiento de los otros!

Paz se hace por pedir perdón y dar perdón.

La base de nuestra vida es el sacramento del Bautismo. Cuando el sacerdote echa el agua del bautismo sobre la cabeza con la palabras: “Rosario, yo te bautizo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”, Dios Padre nos integra a su pueblo, a la Iglesia, y nos acepta como sus hijos adoptivos. El hijo natural de Dios es solamente Jesús: el Padre Celestial es eterno, Jesús es eterno. Los hijos adoptivos son los bautizados: el Padre Celestial es eterno, sus hijos bautizados son mortales, pero destinados a la vida eterna por la muerte y la resurrección de Jesús. Nosotros, hijos adoptivos de Dios, debemos aprender del Padre Celestial cómo vivir, cómo perdonar.

¿Cómo perdona Dios? Dios perdona todo: sea una mentira piadosa, cuando la mamá se enoja, o sean los grandes pecados del divorcio, adulterio, aborto, odio y la falta en la misa del domingo. El perdón de Dios es así: el Padre Celestial toma la piedra pesada de nuestros pecados y la bota a la profundidad del mar. Nadie puede sacar más esta piedra del mar de su perdón. Una mujer que ha manchado sus manos con la sangre inocente de sus propios hijos por el aborto, por el perdón de Dios tiene el chance de empezar una vida nueva y ser una santa.

Así como el Padre perdona todo y completamente, así debe ser también nuestro perdón: olvidar lo que ha pasado, anular el asunto en la memoria de nuestro cerebro, abrir el corazón con cariño a esta persona, que ya estaba excluida del grupo de mis amigos, saludar con cariño, ayudar donde es necesario y darle otra vez la simpatía.

Este perdón completo debe y puede dar paz también en el caso, cuando un hombre o una mujer ha traicionado la fidelidad y ha destruido la santidad del matrimonio por un acto de adulterio. El perdón por este desastre matrimonial asegura a los niños la familia firme y los padres pueden seguir con su principal tarea de dar a sus hijos una educación buena en un hogar estable. Este perdón completo da paz a la vida humana en todas las situaciones del convivir humano. Todos sabemos, ¡qué lindo es verse perdonado mutuamente! Todos nos sentimos libres de la carga de la agresión y contentos de haber dado y haber recibido el perdón ¿Esta ley de pedir perdón y dar perdón sirve también para la vida política?

Invito a todos, domingo tras domingo a la Santa Misa, tomar la mano de los vecinos, abrazarle y decir: “¡La paz esté con usted!”.

 



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