¿Un mundo feliz?
Un partido político milenario
Ramón Grimalt
El bestiario político nacional da para tanto en estos días que podría decirse que esta columna se escribe sola, sin necesidad de un servidor, lo cual sinceramente se agradece. Mire, la última torpeza cometida en nombre de dudosos intereses políticos la ha suscrito Evo Morales al calificar a la Iglesia Católica de “sindicato opositor”, descalificando al clero como mediador para destrabar la crisis entre el Gobierno y la “media luna”. Parece mentira que un ex líder sindical, maestro a la hora de oponerse por decreto y defender a los suyos o sea los cocaleros, a capa y espada, asocie Iglesia con sindicato, cuando todo cristo sabe que en Roma manda el Papa y los demás obedecen su autoridad sin cuestionamientos.
En un sindicato químicamente puro, en cambio, se discute y se gestiona de otro modo, de acuerdo con un régimen y unos estatutos basados en la igualdad y fraternidad de sus miembros, por lo general, trabajadores. En otras palabras, en la Iglesia hay jerarquías y por lo tanto jerarcas, y en los sindicatos pares en cargos directivos elegidos democráticamente por sus miembros. Otra cosa es que algunos líderes sindicales se emborrachen de poder y actúen como jerarcas, en fin.
Sea como fuere, las comparaciones siempre resultan odiosas y en este caso desafortunadas, por lo menos desde una perspectiva conceptual. Tampoco cuaja que después del error del presidente aparezcan enconados defensores de la Iglesia señalando que a ésta sólo le interesa la salvación de las almas y que su Reino no es de este mundo, aclarando que lo más cercano a un sindicato de obreros es el club de fútbol creado al amparo de la parroquia de la esquina.
Y es que después de veinte siglos de convivencia resulta de una pasmosa candidez el negar la incuestionable asociación entre Iglesia y poder establecido. A la Iglesia siempre le han preocupado los problemas terrenales más allá de su resolución divina, simplemente porque sus miembros pertenecen a una sociedad organizada en función de intereses creados o por crearse, lo cual le otorga el crédito suficiente para mediar en cualquier coyuntura. Sí, la Iglesia es parte viva y activa de la sociedad, influye e interviene en la toma de decisiones, cuenta con legiones de fieles que creen en una serie de dogmas y participan en una liturgia que se salda con la comunión entre Dios y su pueblo. Más que un sindicato, un partido político milenario.