¿Un mundo feliz?
Bolivia se nos muere (o la estamos matando)
Ramón Grimalt
Somos, sin duda, un país muy particular. Como cualquier otro tenemos detalles culturales que nos distinguen en el concierto de los pueblos y no deja de ser significativo que allende los mares, allá en Europa, toda esta vaina de autonomías, pueblos originarios, Bolívar y Oriente Petrolero, oligarquías y logias, importen poco cuando de lo que se trata es de hacer patria, o sea Bolivia. En honor a la verdad, cambas, kollas y chapacos dejan de lado sus diferencias regionales e ideológicas cuando la ocasión merece festejar a la Pachamama challando en Carnaval o bailando morenada en honor a la Virgen de Urkupiña. Por lo visto, amigo mío, la verdadera bolivianidad, ese espíritu nacional que se pinta de rojo, amarillo y verde, sólo aflora en tierra extraña con la Caraqueña de cortina musical, mientras en casa los unos y los otros buscan recursos para sacarse la entretela en nombre de vanos y artificiales principios políticos y no menos dudosos reclamos históricos trasnochados en la vorágine del tiempo.
Llama poderosamente la atención, a propósito, que en ese simplista concepto de polarizar el país se haya confundido tanto a la gente común que hoy cada quien se mueve de acuerdo con sus filias y fobias. Parece mentira, por ejemplo, que se mida a un “buen cruceño” o un “buen tarijeño” con la vara de la autonomía. Entiéndase que el “buen cruceño” es aquél que apuesta por la autonomía y el “mal cruceño”, por lo tanto, es quien no comulga con la propuesta que suscribe la mayoría. Al mismo tiempo es igualmente absurdo e injusto que a aquel tarijeño que se atreva a cuestionar la gestión del prefecto se lo califique de “traidor”, castigándolo con una ignominiosa muerte civil. En la acera contraria, sucede tres cuartos de lo mismo. Quien no comulga con la visión de país propuesta por el Movimiento Al Socialismo es un “conspirador sin otro afán que querer tumbar al indio”. En otras palabras, en Bolivia sólo se habla en términos absolutos y eso conduce al totalitarismo fascista, socialista, autonomista y por qué no, indigenista.
En fin, tal y como está el patio, abogar por la unidad nacional no deja de ser un ideal romántico que choca, para variar, con intereses creados a tal punto que la apocalíptica frase de Víctor Paz Estensoro “Bolivia se nos muere”, tiene toda la pinta de convertirse en una premonición.