¿Un mundo feliz?
Temple
Ramón Grimalt
Cuentan, las paredes de Palacio Quemado, que el Presidente no está cómodo. Durante estos últimos días se lo ha visto taciturno, perdido en sus dudas e incertidumbres, inseguro de sí mismo, como si el histórico edificio no fuera otra cosa que una cárcel de oro. Sus allegados lo saben y buscan la manera de que Evo Morales recupere la frescura (el aplomo), pero no hay manera. La Presidencia es un oficio para el que se necesita vocación y, por supuesto, temple. No cualquier hijo de vecino lo ejerce con solvencia, simplemente porque nadie nace con el temple bajo el brazo; se aprende con el tiempo, dejando que la paciencia y el buen juicio hagan su labor mientras uno, el gobernante, aprende de la historia y del equipo que lo rodea. Mire usted, cada vez está más claro que Evo Morales adolece de falta de temple, y aunque nadie discute su capacidad para liderar a los cocaleros del Chapare, otra cosa es llevar las riendas de un país desbocado.
Es verdad que Evo no gobierna solo, que su gabinete ministerial se debate entre el apego a una ideología caduca y la necesidad de reformar una Bolivia que parece haber perdido la esperanza en el cambio. Tampoco en el Gobierno se vislumbra siquiera la sombra de un líder capaz de sacar cara por un proyecto que en principio entusiasmaba, pero que poco a poco se ha ido desmoronando como un castillo de naipes. Al contrario, en el seno del gabinete hay demasiado correveidile que lleva y trae chismes que calientan la presidencial cabeza. No es extraño que un hombre sencillo acostumbrado al lenguaje frontal sin mediaciones ni mediadores, se sienta el eje de una serie de intrigas palaciegas que no conducen a buen puerto. En otras palabras, Evo es víctima de su entorno, lo que no sucedería si tuviera temple.
Mirándolo bien, Evo Morales no está solo. Los tres últimos huéspedes de palacio tampoco andaban muy sobrados en materia de temperamento para gobernar. Gonzalo Sánchez de Lozada no era más que el títere del “establishment” boliviano dispuesto a vender los recursos naturales del país en beneficio propio y ya se sabe, una marioneta es la extensión natural de alguien que mueve sus hilos a conveniencia. Carlos Mesa, sitiado por las circunstancias adversas, pero al mismo tiempo por el peso de la historia de la que paradójicamente aprendió poco a la hora de gobernar, fue dando bandazos a diestra y siniestra renunciando un día sí y otro también, hasta convertir su presidencia en una tragicomedia. Por último Eduardo Rodríguez orquestó un período de transición, donde lo único que quedó claro fue la foto de familia que se tomó en Palacio de Gobierno. Con estos antecedentes quién le puede reprochar a Evo su pobre talante. Lo suyo no es más que un punto y seguido en la historia de la democracia boliviana, en vez de suponer un punto de inflexión que todos pedían a gritos. Y luego alguien cuestiona esa democracia capaz de soportar el peso de tanta paja…