Desprecio al país y a la democracia
Armando Mariaca V.
Las conductas de renunciamiento a posiciones de soberbia, caprichos y complejos del Presidente de la República y los Prefectos de los departamentos, el pasado 7 de enero, fueron el principio de una esperanza: diálogo, concordia, concertación, conciencia de país y evitar mezquindades. Todo marchó bien hasta que, de una y otra parte, se retomaron anteriores posiciones y la estulticia volvió a reinar. Hasta el miércoles pasado, había aún la posibilidad de que se retomen los valores personales de cada uno, los sanos principios e intenciones político-partidistas (que, se supone, tenían todos los protagonistas); pero, todo cambió a partir del día jueves 28 en que, se imitó el totalitarismo castro-comunista o de los gobiernos dictatoriales para imponer caprichos y voluntad de un partido, de una ideología, de la sinrazón que domina a los soberbios: “mi voluntad es la que vale y, para que se cumpla, no importa pisotearlo todo”.
Así, el Vicepresidente de la República, contradiciendo sus muchos enunciados en pro de la paz y la concordia, el diálogo y la concertación, decidió, en su condición de Presidente nato del Congreso – el primer y más importante Poder del Estado –, convocar a senadores y diputados de la oposición a su despacho, conversar con ellos y entretenerlos hasta que, llegado el momento del “show” bien montado, abandonarlos para que cambien ideas y escapar furtivamente hacia el Legislativo para presidir una “reunión de Congreso” –con inclusión de suplentes de parlamentarios– y hacer que se aprueben leyes que, según el Gobierno, son decisivas para el país.
Senadores y diputados del MAS, consecuentes con el Gobierno y con las consignas originarias que propugnan el más drástico y acomplejado racismo, “aprobaron” las leyes sin haberse considerado los textos del proyecto de Constitución aprobado en un cuartel de Sucre y, luego, en la ciudad de Oruro sin consideración ni estudio ni haberse sopesado contenidos ni formas y menos consecuencias o, por lo menos, si se compatibilizaban, en el fondo y en la forma, con anteriores textos constitucionales.
Para “mejorar” el atropello, se evitó el ingreso al Congreso de todo lo que implique desacuerdo, oposición, crítica o rechazo a lo que se hacía; para ello, se maltrató a damas parlamentarias y, como siempre, se bloqueó la labor de medios de comunicación y periodistas. Había, pues, que consumar el abuso dando visos de legalidad a proyectos de ley y se practicó métodos totalitarios, abusivos, arbitrarios y vergonzosos. La población, azorada, alarmada, dolida y avergonzada fue testigo del abuso al ver mediante canales de televisión toda la arbitrariedad. ¿Los derechos del pueblo? ¿De las personas y de las instituciones? ¿La vigencia de la Constitución y las leyes? Nada valió para el Vicepresidente y los “honorables” que secundaron los planes masistas y del Gobierno que, según expresó días antes el presidente Evo Morales, debían ser aprobados “porque es la voluntad del pueblo”. Así, una vez más, en nombre del pueblo – el creído, inocente, ingenuo, candoroso que cree en la buena fe del Gobierno y de los políticos – se consumó todo. El país vivió muchas veces situaciones difíciles, censurables y vergonzosas; pero, nunca como lo vivido el día jueves 28 de febrero en que se impuso la arbitrariedad, el matonaje, el atropello y la estupidez con tal de “darse el gusto” y complacer a los que, seguramente, ni leyeron los proyectos que fueron aprobados.
Culpable el Gobierno –el Vicepresidente en alto grado, conjuntamente los parlamentarios que mansamente levantaron la mano aprobatoria– y, hay que reconocerlo, culpables también los que dicen estar en la oposición y que, en su momento, no supieron presentar un texto constitucional que sea una alternativa a lo hecho por el MAS que, está visto, se hizo bajo consignas del castro-comunismo y de quien “se mete hasta en la sopa de los bolivianos” y que, lamentablemente, es gobernante de Venezuela, el país de los Libertadores. Por otro lado, dirigentes cívicos de Santa Cruz, Beni, Pando, Chuquisaca y Tarija están empeñados en llevar a cabo referendos sobre sus estatutos autonómicos; pero, sin el fundamento que daría una Constitución debidamente pensada y redactada que compatibilice los intereses de todos los bolivianos y que, sobre todo, les dé la relevancia que merecen a los procesos autonómicos que, así se reconoce en la mayoría del país, son importantes y necesarios. La situación muestra, pues, que no hay coherencia en nada y menos visión de país porque todos prefieren –Gobierno, políticos y prefectos– no renunciar a mezquindades y seguir inmersos en caprichos, soberbias y conductas que nada tienen que ver con la unidad nacional y, menos, con la Democracia que, en definitiva, significa Libertad, Justicia, Unidad y otros bienes que pertenecen al pueblo sin distinción alguna.
El Gobierno, dedicado al campo político, queriendo asegurarse permanencia en el poder porque pretexta “abandono por 500 años de los originarios”, no da pasos en pos de asegurar la unidad, el desarrollo y la lucha contra la pobreza; al contrario, se olvida de la economía, de la coherencia para gobernar y hace, a tontas y ciegas, que la inflación crezca y prohibe la exportación de alimentos porque prefiere importar inflación al hacerlo de alimentos que el país puede proveer; pero, como “hay que castigar a los productores”, no importa “meter la pata” en todo lo que implique servir al país. Finalmente, no hace nada por garantizar las inversiones siquiera para asegurar la provisión de gas. Menos da pasos para producir más, inclusive para aprovechar los precios altos de todo lo que se puede ofrecer al mercado.
En fin, la vergüenza del jueves 28 y días siguientes, parece que se reducirá a posibles arrepentimientos gubernamentales que, ante la gravedad de su conducta, tal vez quiera modificar actitudes y, alguna vez, pensar en que todos los bolivianos –por ser originarios nacidos en Bolivia– merecemos respeto y consideración. Ante situación tan grave, lo único que corresponde son actitudes de renunciamiento para empezar de nuevo dejando a un lado todo lo hecho hasta ahora, partiendo del principio de que es preferible retroceder y no seguir en el camino del despeñadero que significa destruirnos. Si hay amor a la Patria, la madre de todos los hijos de esta tierra, y si hay un mínimo de honestidad y responsabilidad, puede llegarse a convenir en que es preciso empezar de nuevo y encarar soluciones con altura, dignidad, vocación de servicio y conciencia de país.