Galones y conciencias
Hugo De la G. Murillo C.
En las últimas semanas surgió una “polémica” sobre los ascensos a General en las instituciones uniformadas (FFAA y Policía) causando sorpresa en algunos sectores de la ciudadanía que piensan que la promoción a ese alto grado, es el resultado de calificaciones y méritos acumulados a lo largo de toda una carrera, sin objeción ni réplica.
Lo que extrañó más fueron las denuncias en torno al tema, haciendo pensar que la totalidad de los componentes de una promoción, se siente con la posibilidad de ascender, por lo que se deduce que no siempre este premio fue otorgado a quienes acumularon los mejores puntajes en el transcurso de su vida profesional, sino tal vez, en algunos casos, fueron promocionados quienes tenían menos deméritos y no los más meritorios, y aun los favorecidos por relaciones personales o familiares; buenas o malas voluntades; sumando o restando puntos, según el caso, para habilitar su postulación y promoción.
El ascenso a General debe ser el máximo galardón que otorguen las instituciones uniformadas, de manera natural y no forzada; en honor a una carrera límpida, tachonada de éxitos, aciertos, emprendimientos cumplidos y una conducta intachable en todos los campos.
Deben ascender únicamente quienes lograron escribir su hoja de servicios con las mejores calificaciones, y obtenido conceptos sobresalientes de sus superiores; quienes cumplieron, en forma cabal, con todos los requisitos exigidos para el caso y solamente aquellos que, del primer a último grado, hicieron culto a una profesión normada por leyes y reglamentos que trazan un camino de disciplina, estudio, trabajo, esfuerzos y sacrificios permanentes, sin olvidar que “la pobreza debe ser compañera de las armas”.
Quien llegue a ser General, debió ser y será un hombre de honor, con capacidad intelectual reconocida, leal consigo, su familia y su institución; íntegro, moral, honesto y con valor militar y civil a toda prueba; en resumen, un cúmulo de virtudes y méritos que honren a la persona y a su institución; constituyéndose, de por vida, en una garantía para la sociedad y no un elemento perdido en el anonimato, que viva con el pecado original de ostentar un grado que no le correspondía y que se lo dieron por influencias o favoritismos, torciendo la vara de la justicia a su favor y usurpando a otro u otros el derecho, bien ganado, a esos galones. Debe ser un permanente guardián del honor nacional, la justicia, la paz y la democracia, aun estando en servicio pasivo. Debe participar en los momentos importantes de la vida nacional e institucional y representar a sus camaradas, que no alcanzaron ese galardón, con acierto y lealtad; en fin, ser un ejemplo y modelo a seguir para todos quienes lo conocen.
Un General debe ser prenda de garantía para la patria y celoso guardián de su soberanía; dedicar su vida a promover el bienestar, desarrollo y seguridad de Bolivia, oponiendo su capacidad a doctrinas extrañas que intenten enraizarse en el país con pretextos sociales, que lo único que conseguirán será sufrimiento, dolor y muerte para el pueblo.
Que los antiguos y nuevos Generales no olviden que al llegar a ese alto rango, asumieron un compromiso de por vida con la Patria y su institución, que al fin de cuentas son los únicos amores a los que deben servir incondicionalmente y que nunca más, otra prenda se sobreponga a ese uniforme que les legó la Patria y que debe ser su orgullo y será su mortaja.
Para ser un General que condescienda con la política o las logias, cuidando el cargo en el que lo pusieron; deseoso por llegar hasta la cumbre, aunque no volando como las águilas; más le hubiera valido quedarse en los grados anteriores, con honor, dignidad y la satisfacción del “deber cumplido”, satisfacción con la que debieran terminar su carrera todos los generales.
Para bien de la Patria y estas instituciones, hubo y hay buenos generales que, siendo siempre los mejores de su promoción, cumplieron o cumplen roles importantes, que los hacen admirados y respetados. Ellos deben marcar la senda institucional y corregir los desaciertos hasta optimizar normas y procedimientos que erradiquen las malas prácticas y así lograr instituciones altamente confiables, que constituyan garantía para la vida nacional y justas en el momento de promocionar a quienes en el futuro serán sus conductores.
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