Bolivia, 18 de octubre de 2007
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La democracia que necesitamos

Carlos Rodrigo Zapata C.

La mejor manera de celebrar y festejar los 25 años de democracia en nuestro país, consiste en hablar de la democracia que necesitamos, teniendo en mente la que tenemos y los retos y desafíos que debe poder encarar una democracia tal. Esta inquietud se deriva del convencimiento de que la democracia realmente existente en nuestro país, está aún lejos de responder a nuestras necesidades, no sólo porque en algunos aspectos hace escarnio de nuestros valores y derechos, sino porque no responde a nuestras necesidades con la presteza con que ello debería suceder.

Para identificar algunos rasgos fundamentales que debería tener la democracia que necesitamos, lo primero que requerimos es clarificar, cuáles son nuestros propósitos, para qué queremos democracia. Luego requerimos identificar nuestras necesidades más sentidas, y con todo ello señalar, cuáles serían los rasgos primordiales del modelo de democracia que mejor podría responder a todo ello. ¿Me acompaña, amigo lector, en esta breve incursión al andamiaje de nuestra vida en sociedad?

Los propósitos sólo pueden ser aquellos compatibles con la vida, la vida digna, la vida en sociedad. Ello exige a mi entender un par de cosas, absolutamente esenciales: libertad y respeto. Considero que dichos valores sintetizan la esencia misma del ser humano en sociedad y en su individualidad. Si un sistema de vida es capaz de privilegiar dichos valores, creo que el ser humano puede desarrollar todo su potencial en el marco de la sociedad en que vive. La ventaja adicional de un sistema de valores tan simple es que hace posible que la diversidad de expresiones reinante en nuestro medio, pueda hacerlos suyos sin mayor dificultad. Y mientras más códigos comunes y compartidos tengamos, mayor será la posibilidad de comunicarnos y entendernos.

Pero sigamos. ¿Cuáles son nuestras necesidades? Requerimos fortalecer y aprovechar la diversidad cultural en beneficio nuestro, convertirla en nuestra marca de distinción y de orgullo, no sólo porque la diversidad es en sí misma un valor esencial, maravilloso, digno de proteger y preservar, sino porque la diversidad es la mejor vacuna contra toda forma de sumisión, es el mejor antídoto contra todo tipo de opresión. Ello exige contar con un sistema de vida que la haga provechosa, que facilite el diálogo y el encuentro, que le dé alas para volar, sin avasallar las opciones de cada uno. Más allá de ello, también requerimos con urgencia un sistema que nos conduzca a encarar y superar, resuelta y decididamente, nuestros problemas estructurales, que sea la malla sutil que nos induce a perseguir las mismas metas y objetivos, en todos aquellos temas cruciales para sentar bases sostenibles para el devenir nacional.

Considero que un sistema que sea capaz de responder a las coordenadas señaladas, debe partir por dotarse de una Carta Magna relativamente simple, pero clara en sus alcances y consideraciones. Dicha carta debe ser portadora inteligente de estas coordenadas y centrar su peso tanto en las garantías y derechos, como en los balances y controles, pero también y principalmente en el programa básico de desarrollo que debe encarar toda la sociedad en lo económico, social, cultural, ambiental, estético, sin sojuzgar ni intimidar al individuo y a los grupos con tantas preferencias sociales, pero sin dejar dudas acerca del rumbo que quiere encarar la sociedad. ¿Cómo sería dicha carta? Una carta que no limite la libertad y haga del respeto su piedra angular, que fomente el libre albedrío en el marco de las reglas y requerimientos societales, y que promueva la diversidad. Todo ello puede lograrse apuntando a objetivos comunes en todos aquellos temas particularmente urgentes o necesarios para la sociedad.

La democracia que requerimos debe ser congruente con todo ello. En el cuarto de siglo de práctica democrática acumulada hemos aprendido algunas lecciones fundamentales. Hemos aprendido, por ejemplo, que el acento en el tema electoral más bien induce a la polarización y fragmentación social, a elegir a “los mismos de siempre” en base a toda una legión de maniobras fraudulentas (‘carretilla’, traslado de electores, inscripciones fraudulentas, falta de notarios, etc.), sistemas de votación sesgados (el valor del voto en Bolivia llega a la sideral suma de 50 a 1, comparando la cantidad de votos requeridos para ganar en las circunscripciones más extremas de nuestra geografía electoral) y restricciones electorales.

Por ello, requerimos una democracia capaz de aunar y no de polarizar, de unir en torno a objetivos claves y comunes. Debe ser una democracia de la acción colectiva organizada en torno a la provisión de bienes públicos vitales para la sociedad, una democracia capaz de asegurar a cada ciudadano una parte de los beneficios del esfuerzo societal. Una democracia capaz de superar la lógica de la suma cero, de la fragmentación y el faccionalismo, no debe privilegiar el comportamiento electoralista, aunque debe asegurar la participación a candidatos y electores, y el recambio en la conducción del Gobierno. En este marco, los partidos deben constituirse en colectividades que se ocupen de formular propuestas coherentes con la mejor forma de alcanzar los objetivos definidos en la Constitución, y abandonar su papel de diseñadores de quimeras instantáneas.

La democracia que anhelo es aquella que no empieza ni termina en un recinto electoral, sino aquella que empieza en cada uno de nuestros actos y modos de relacionarnos con los demás, sigue por eso de “mis derechos terminan allí donde comienzan los derechos de los demás” y continua con la lógica kantiana de la “paz eterna” que nos dice que aún en medio de la fragor de la lucha nunca debemos de dejar dudas acerca de nuestra humanidad, lo cual significa que debemos aprender a no utilizar todos nuestros recursos, a no extremar nuestras medidas con tal de alcanzar nuestros objetivos grupales o individuales, pues ese hecho se constituirá en la base de la paz futura. Si además de todo ello somos capaces de considerar que la democracia es “cambio sin violencia” y que es el “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, y no sólo para unos cuantos, entonces estaríamos frente a una construcción social, capaz de ayudarnos a realizarnos en todas las dimensiones cruciales de nuestra existencia. En dicho marco sería perfectamente posible que cada individuo pueda realizarse plenamente, en armonía con su medio, su pasado y su destino.

 



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