Bolivia, 11 de septiembre de 2007
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Los estragos de la cocaína

Ricardo Sanjinés A.

En un programa de radio, en los años 80, una mujer hizo un relato conmovedor que impactó en la opinión pública. Ella había construido un hogar sólido con su esposo, un arquitecto, y tenían tres hijos encantadores. La vida les sonreía, tenían familia, buenos ingresos, muchos amigos. Hasta que un día el marido tuvo su primer experiencia con la cocaína que lo atrapó herméticamente. Destruido física y moralmente, “se libró de la droga sólo el día en que murió”, de acuerdo con el relato de aquella joven señora.

Hace pocos meses, un diario paceño ofreció el testimonio de una mujer de clase acomodada, con familia, hijos y profesión, igualmente víctima de la cocaína. Mientras fue una persona sana nunca llegó más allá del cine Monje Campero, pero en el deterioro de su existencia, malvive y se prostituye por un gramo de droga en oscuros callejones de barriadas populares, separada para siempre de sus hijos. Su caso es el de cientos de bolivianos, de toda condición y edad, pero ya a nadie llama la atención.

Son incontables los que han tenido la desgracia de perder un hijo en las circunstancias más penosas por causa de esta droga que destruye al ser humano junto con su salud, su libertad, su capacidad y su entorno. Los efectos de la cocaína son exponenciales, en una espiral que va tragando la conciencia y la vida del adicto. Sus víctimas aseguran que es difícil dejarla una vez que se ha empezado con ella. Muchos la consumen y aparentemente llevan una vida normal, pero otros la prueban y la coca se convierte en su vida.

Coca, cocaína, pichicata, diosa blanca, crack, cristal, bazuko, merca, pasta, pitillo, se la menciona de muchas formas, pero encarna una misma y sórdida realidad. Está en las calles de cualquier población boliviana, al alcance de cualquiera, en las fiestas, en locales públicos, en las oficinas, pasa las fronteras, atraviesa los mares.

Expertos internacionales consideran que la cocaína en Europa será tan letal en el Siglo XXI como fue la heroína en el Siglo XX. Y si hasta hace unos años los billetes de 20 dólares llevaban partículas de ella, ahora son los ríos españoles, franceses, italianos, holandeses que muestran su presencia. En los últimos diez años se ha cuadruplicado el consumo en Europa. Se sabe que el año pasado casi 200 mil adolescentes españoles la consumieron.

Mientras los europeos se defienden tenazmente, en Bolivia se nota una permisividad cada vez mayor. Las autoridades actúan como si no existiera ningún problema de drogas. Al margen de los esfuerzos del sector privado, las iglesias, algunos colegios y algún pasacalle que menciona eventualmente gastados slogans, no hay una política nacional de prevención, pese a que Bolivia produce una buena parte de la cocaína que se consume en el mundo.

Recordemos que la cocaína se extrae de las hojas de la coca que se cultiva en varias zonas de Bolivia, excediendo actualmente lo que establece la ley. Su consumo masticando las hojas con sustancias alcalinas para liberar los alcaloides es una práctica habitual, aunque sus efectos sobre el sistema nervioso central son menores que los de la cocaína, cuyas secuelas son dramáticas y progresivas. El adicto a la cocaína muestra cambios drásticos en su conducta, pérdida de amigos y valores, de peso y del apetito, dolores de cabeza crónicos, enfermedades respiratorias, deficiencias vitamínicas, adicción, abortos, malformaciones congénitas en los hijos de madres consumidoras, robos, arrestos, tendencias suicidas.

Se puede percibir a un consumidor por las pupilas dilatadas, sequedad de la boca y la nariz, mal aliento, salivación frecuente, nariz supurante, catarro o sinusitis crónica, problemas nasales. El que está usando cocaína es un hablador compulsivo, aunque su conversación carece de continuidad, se muestra activo en exceso, tiene dificultad en quedarse quieto, susceptibilidad a accidentarse, disminución de calificaciones escolares, deserción laboral.

La cocaína es una droga muy adictiva, su fuerte efecto es de corta duración. La forma más peligrosa de esta droga es el crack, pasta de cocaína fumable. A una euforia de cocaína sigue un desplome, el adicto se siente cansado, ansioso e irritado. Una nueva dosis le proporciona un alivio inmediato, creando un ciclo de uso para evitar los efectos no placenteros. Mientras mayor sea la euforia peor serán las consecuencias del desplome.

Su presencia habitual en las ciudades bolivianas, la permisividad y la indiferencia hacia los adictos hacen que sea urgente prevenir y concientizar sobre los daños irreparables que causa el consumo de cocaína, así como las posibles respuestas y soluciones para esta problemática.

 



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