La gran galería de Tiwanaku
José Huidobro Bellido
Corría el año de 1979, los primeros meses, y en Tiwanaku se desarrollaban normalmente las excavaciones arqueológicas dirigidas por el Arq. Gregorio Cordero Miranda. En labores de sondeo, el profesional encontró la lápida de ingreso a una galería, pensaba él que debería ser igual a las varias encontradas en Chavín de Huantar en la República del Perú. Al ser retirada la loza de entrada, el arqueólogo ingresó y no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. Mandó inmediatamente cerrar de nuevo el ingreso con la pesada loza y de inmediato se dirigió a la ciudad de La Paz para anoticiar del hallazgo al director del Instituto Nacional de Arqueología de Bolivia (INAR), Dr. Carlos Ponce Sanginés.
Después de una larga conversación ambos científicos se dirigieron nuevamente a Tiwanaku. Eran las cuatro de la tarde y ambos ingresaron a la galería donde permanecieron por el lapso de, más o menos, dos horas. Cuando salieron eran aproximadamente las seis de la tarde y Ponce Sanginés dio la siguiente orden: la entrada a la galería debía ser sellada definitivamente con concreto armado, orden que se cumplió a cabalidad al día siguiente. Y de manera confidencial le dijo a Cordero: “la humanidad no está preparada para poder ver y comprender lo que se halla allí adentro”.
Todo ello fue narrado por Gregorio Cordero al cientista social que por el momento prefiere mantener su nombre en reserva y a quien llamaremos con el seudónimo de Mariano Hubelli. Y le narró debido a que Gregorio Cordero veía en él al hijo varón que nunca tuvo, tal cual manifestaba en su círculo de amigos.
Ante la insistencia del señor Hubelli para saber qué se escondía en la galería, Cordero le manifestó: “No puedo revelar sobre todo lo que está ahí adentro, sin embargo te comunicaré que en su interior se hallan tres momias de gigantes de tres metros de estatura cada uno, teniendo uno de ellos una sola cavidad ocular, un cíclope, recostados sobre sarcófagos de piedra. Y lo que está alrededor se trata de computadoras más adelantadas que las nuestras. En el futuro las personas que estén reservadas a dar a conocer al mundo el valioso contenido cognitivo de la galería tiwanacota, tendrán que tener el corazón puro, ya que su ubicación se les “recorrerá” si albergan en su interior nubarrones de ambición y codicia, ya que ahí dentro existe mucho oro, como el hallado en las galerías en Ecuador por el padre Crespi. Aparte de decirte esto no puedo decir más y nunca volveremos a tocar el tema”. Y nunca más se tocó el complicado asunto.
El arqueólogo Gregorio Pacheco Miranda murió el 13 de julio de 1979. Cabe puntualizar que a mediados del Siglo XIX, Francis Castelnau recogió en Tiwanaku la leyenda de que existía una comunicación subterránea entre la pirámide de Akapana y Cusco, hecho este que él consideraba real y no simple narración popular.
Sobre los tres gigantes que se hallan en la galería de Tiwanaku, no resulta novedad en América Precolonial. El cronista Francisco Cervantes Salazar, en su crónica de la Nueva España cuenta que el capitán de Ojeda, del ejército de Hernán Cortés, encontró en Tlaxcala un fémur humano tan alto como un hombre de estatura normal. Viéndolo Cortés llamó e interrogó al centenario y ya ciego capitán azteca Xicotencati, quien respondió: “Muchos años hacía que a aquella tierra de unas islas habían venido unos hombres tan grandes que parecían grandes árboles, y con ellos algunas mujeres también disformes, y que los unos habían muerto allí, y los otros pasado adelante a tierras de México. Decía que de hambre o de flechas, por el miedo que ponían, habían sido muertos y que aquel hueso era de uno de ellos”.
El fémur hallado fue remitido por Cortés al monarca español. Y sobre la existencia de los cíclopes podemos decir que los mismos existieron tal como lo demostró el hallazgo de un cementerio de ellos, realizado por un equipo de arqueólogos búlgaros el año 1977, tal como hizo conocer oportunamente la prensa mundial.
Casilla 3-12326 La Paz.