Capitalidad, entre la utopía y la realidad
Si el asunto de la capitalidad plena se reinscribe en la agenda de la Asamblea Constituyente como exigen los chuquisaqueños, se producirá, sin lugar a dudas, una polémica entre sordos de nunca acabar, tanto que los cuatro meses de prórroga otorgados a esa entidad por el Congreso, no alcanzarían para hacer lo que tiene que hacer: redactar una nueva Constitución Política del Estado. De los cuatro meses de prórroga, ya se ha perdido un mes en el que no se ha avanzado ni un milímetro en el camino hacia la meta señalada, cual es la de dar al país una nueva Carta Magna.
Las reuniones de la Asamblea fueron suspendidas durante semanas debido a los movimientos de protesta y agitación promovidos por organismos cívicos y universitarios, de un lado, y por millares de “originarios” enviados a Sucre por el partido de gobierno, de otro lado. En ambos casos, se trata de presionar a la Asamblea, los primeros para que reinserten en la agenda la cuestión de la capitalidad; los segundos, para obligarle a aprobar el proyecto de Constitución Política presentado por el MAS, a imagen y semejanza, en gran parte, de la Constitución Bolivariana de Venezuela que ahora está nuevamente reformada para abrir al señor Hugo Chávez la puerta que le permita reelegirse cuantas veces quiera hasta el año 2031, como ya lo había anunciado.
Aparentemente, el MAS, en Bolivia, quiere hacer lo mismo con el presidente Evo Morales Aima. Al menos eso dice claramente el proyecto de Constitución a que hacemos referencia, cuando dice que “el Presidente o Presidenta y el Vicepresidente o Vicepresidenta podrán ser reelectos consecutivamente...” (léase indefinidamente).
En lo que a la capitalidad se refiere, es oportuno y necesario hacer notar, tanto a paceños como a chuquisaqueños, que el traslado de los poderes Ejecutivo y Legislativo a Sucre, la Capital Histórica de Bolivia, es nada más y nada menos que una utopía virtualmente irrealizable dentro de la lógica, la técnica y la practicidad. En efecto, suponiendo que se decidiera dar a Sucre la “capitalidad plena”, los sucrenses se verían en serios aprietos para alojar una Presidencia de la República con más de cien funcionarios; 16 ministerios con entre 100 y 200 empleados cada uno; un Palacio Legislativo (que no puede ser ni la Casa de la Libertad ni el Teatro Mariscal Sucre) para las dos cámaras con aproximadamente 400 funcionarios entre senadores, diputados, asesores, empleados de oficina y espacio para un gigantesco archivo de documentos y una biblioteca.
Además, habría que alojar a la Contraloría General de la República, a la Corte Nacional Electoral y otras entidades que no pueden apartarse de los poderes del Estado. A todo esto, habrá que dar un espacio de gran magnitud a los países amigos para que instalen o construyan sus embajadas y consulados. Total, que Sucre tendría que dar cabida a aproximadamente un millón de personas, incluyendo esposas, esposos e hijos, para los que habrá que construir unas 500 mil viviendas, además de escuelas y colegios. A todo lo detallado, habrá que agregar la construcción de un nuevo aeropuerto con pista de 5.000 metros, apto para recibir aviones de gran capacidad como los Airbus-380 con capacidad para 800 pasajeros.
¿Podrá Sucre afrontar ese desafío cuyo costo ascendería a no menos de 15.000 a 20.000 millones de dólares? Si puede, entonces, ¡adelante y buena suerte en la tarea de construir la “capitalidad plena” en no menos de diez a veinte años! Si no, ¿a qué perder el tiempo en polémicas, rencillas, huelgas de hambre, paros, bloqueos, marchas y otras manifestaciones que están desgastando a Sucre y a los sucrenses, a Bolivia y a los bolivianos?
En cuanto a los paceños, convendría que tampoco pierdan el tiempo en cabildos y demás movilizaciones en torno a “La sede no se mueve” a sabiendas de que su traslado a Sucre es una utopía desde todo punto de vista irrealizable, así los sucrenses quieran autoflagelarse por la “capitalidad plena”. Bueno será, pues, que tanto paceños como chuquisaqueños reconozcan que estamos perdiendo el tiempo discutiendo sobre algo que no podrá llevarse a cabo ni en los próximos 50 o 100 años. Mejor será dedicar el tiempo a resolver problemas actuales para avanzar en el desarrollo y dar bienestar a los pueblos.