Bolivia, 27 de junio de 2007
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Poco que celebrar

Marcos Serrate Suárez

El pasado 5 de junio se recordó el Día Mundial del Medio Ambiente, sin embargo y recordando a Eduardo Galeano, es evidente que “la salud del Mundo está hecha un asco”, siendo insuficiente lo que las estructuras proambientales han logrado para recuperarla.

Los países industrializados (léase del Primer y Segundo Mundo) han pretendido soslayar su responsabilidad frente al hecho de la depredación sistemática y de la polución generalizada, manejando el cinismo de que todos (incluyendo los del Tercer Mundo) somos culpables del deterioro de la naturaleza, cuando sabemos que éste deviene del desarrollo desmedido, de políticas industriales y de la preeminencia de un sistema mundial de desigualdad económica. Charlas y foros económicos tampoco han tenido ecos favorables en la política del orbe.

A escala planetaria el aumento poblacional hace que se amplíen las áreas urbanas y se reduzcan las de producción de alimentos, que el agua dulce sea un lujo inalcanzable para el 40% de la humanidad; aspecto que acompañado a un proceso de uso intensivo de tierras labrantías ocasiona un proceso de acendrada desertización. El hecho de un activismo ecológico cada vez más influyente hizo que la mayoría de unidades productivas contaminantes se trasladase de los ricos continentes europeo y norteamericano al resto más pobre y permisivo, llevando consigo no sólo el uso de materia prima y mano de obra barata, sino incluso los desechos de su producción. Las metrópolis siguen arrojando gases contaminantes de la quema de combustibles fósiles que provocan el llamado efecto invernadero, impactando negativamente en el equilibrio climático, lo que ocasiona la muerte de especies animales y vegetales a gran escala.

A escala regional, los espacios verdes se parcelan por el poder financiero y bajo el disfraz de organizaciones ecologistas, ambientalistas o de defensa de biodiversidad, se instalan en los bosques, engañan a las tribus originarias, robándoles gradualmente su conocimiento natural, para luego patentarlo so pretexto de estudios de germoplasma y recursos genéticos; se canjea hectáreas vírgenes por pequeñas sumas para que los países tercermundistas no puedan usufructuar las riquezas que ellos contengan. Empresas mineras y petroleras ajenas a un manejo responsable de los recursos explotan las riquezas de naciones convenientemente parasitadas, ante las cuales no responden en caso de accidentes, y políticas símiles se aplica en varios países, capaces de mantener a la población ajena a lo que sucede, suficientemente ocupada por politiquería, fútbol y farándula.

A escala nacional, la existencia de una estructura ministerial avocada al medio ambiente y al desarrollo sostenible no ha dado frutos ni en uno ni en otro campo; pese a haberse cumplido con los POAas y metas propuestas; en el país no existe un nivel de conciencia educativa capaz de convencer a la población de lo redituable de un manejo responsable de la naturaleza o de una actividad industrial inocua para la tierra, agua y aire. Emporios y ONGs practican la biopiratería, medrando con nuestros recursos diariamente; los traficantes de animales y plantas saquean las selvas, y los madereros talan los bosques a velocidades imposibles de reposición. En las ciudades la calidad del ámbito, las inmisiones de desechos, contaminaciones acústicas, lumínicas y visuales, e incluso las obras de las alcaldías causan enfermedades y malestar.

Encima la pobreza, principal problema ecológico, no puede ser derrotada pese a la ascensión de gobiernos y políticas que en discursos la combaten; niveles de corrupción y de desconocimiento hacen de las concesiones, chaqueos y “san juanes” hechos inamovibles que agudizan el problema. El poco apoyo gubernamental y privado a la investigación y a la ciencia hacen de Bolivia un país sumido en la ignorancia, la venta depauperada de sus recursos y el consumismo ciego; siendo improductivos reducimos a un mínimo nuestras posibilidades de sobreviviencia futura, lo que hace menos sensata celebración alguna.

 



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