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[Heberto Arduz]

La sombra del árbol que ilumina


 

Uno de los escritores bolivianos más sensibles a las pequeñas emociones, grandes en su significación, sin duda fue Manuel Céspedes Anzoleaga (1834-1932), más conocido como Man Césped, fino exponente de las letras. Quizás único en su intensa manera de tratar asuntos aparentemente diminutos, provistos de alcance singular; un pequeño gran gigante: ‘madre Naturaleza, vuélveme árbol’.

A pedido de Los amigos del Libro, editora de prestigio en Bolivia y pionera en este campo, la Empresa Aguilar S.A. de Ediciones publicó en un solo volumen de pequeño formato y en papel biblia las dos obras cimeras de nuestro autor, que durante años las tuvimos de cabecera por la honda prosa poética y contenido sutil de las mismas: Sol y horizontes y Símbolos profanos. La nota preliminar, breve como el libro, escrita en septiembre de 1953 por el inolvidable y ejemplar maestro Augusto Guzmán, señor de los señores que pueden ser contados en Bolivia con los dedos de una mano, o de las dos, para no ser injustos, entre ellos Gabriel René Moreno, Santiago Vaca Guzmán, Carlos Medinaceli, Adolfo Costa du Rels, Porfirio Díaz Machicao, Roberto Prudencio, Mariano Baptista y otros. Mejor no seguir clasificándolos a fin de no despertar polémica, ¿por qué tal y no cuál? Es cuestión de gustos literarios, de formación estética particular, subjetivos por supuesto. Todo es relativo según el inteligente y despeinado Albert Einstein, en este caso bajo la óptica con que se mire y valore un aporte cultural.

Man Césped, al estilo sabio y profundo de Miguel de Montaigne, aunque sea más literario y refinado que el del francés, tipo periodístico, en sus libros trata del tiempo, la felicidad y el ideal de la vida, la vida del hombre, el campo, el beso, los niños, alma de flor, la abeja, alma mía, etc., etcétera, dirían nuestros mayores en el arte de escribir.

Este orfebre de las letras nació en Cochabamba, la llajta, plena de verdor (no de la coca, que por entonces no tenía proyección negativa). Nuestro autor, tan grande y lúcido, habló de los árboles y la naturaleza idílica, cuyos pulmones deben exhalar aire puro, nítido, como el cielo actual del Tipnis que pretende ser enrarecido por extrañas maniobras y sofismas que todos conocen y algunos, guiados por vedados intereses, simulan historias de modernidad que nadie cree, porque los ingenuos perecieron en la guerra del Chaco. Ya no reviven los muertos y las cruces se quedan estáticas, inertes como las sepulturas en tanto los despojos de los seres son devorados por los gusanos. Polvo eres, al polvo volverás, sentencia la biblia.

Veamos cómo interpreta Man Césped a la madreselva: conjunto de dos madres, la selva progenitora de los árboles y la madre, selva de amores. Y no la madre tierra, verborrea y propaganda vana que se pulveriza a tiros y patadones a mujeres, niños y ancianos, en la mejor película jamás filmada ante los ojos de los bolivianos y proyectada --¡Oh, asombro!— ante el atónito mundo circundante y el mundo entero. Aún así se pretende dorar la píldora, dándole otro color de progreso e integración.

Literalmente Man Césped, espíritu luminoso, escribió hace muchísimos años atrás: “El torrente, el paisaje, el sendero son cuadros de la Naturaleza que pertenecen al amor y al pensamiento, y nadie puede destruirlos sin delinquir contra la Humanidad”. Palabras proféticas, ¡quién diría…!

En El alma del pino roto, razona: “No se si el huracán, el rayo, tal vez algún gusano, tronchó aquel hermoso pino del viejo pinar. Las ramas que le quedan, en el follaje rumoroso, mecido por las brizas del estío, y candente verbo de amor en la lengua de fuego que arde en el hogar”.

El autor con las publicación de estas dos obras quiso llegar al corazón de los jóvenes, al igual que en su tiempo lo hiciera el uruguayo José Enrique Rodó con su libro Ariel. inculcándoles valores de vida y enseñanzas intemporales.

 
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