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Aquel 9 de abril

Hernán Maldonado

 

Aquél 9 de abril, hace 66 años, lo primero que vi, al salir a comprar el pan, fue una camioneta con un grupo de carabineros y civiles armados de fusiles que pasó por la esquina del mercado Camacho rumbo al estadio. Cuando regresé a casa, mi padre estaba excitado porque por Radio Illimani se había informado que se había producido un Golpe de Estado.

El inmueble donde vivía era el primero detrás del edificio de la Cruz Roja y pertenecía al coronel Armando Loayza y su esposa Frida Mariaca. Estaba marcado con el número 118 y era el primero subiendo la calle Bueno. Hoy todavía la fachada está intacta, porque en lo que era el inmenso patio se construyó un edificio.

En las horas siguientes la muchachada (entre ellos los hermanos Loayza, Armando, ex canciller, Guido, presidente de Bolívar, Rolando, ingeniero, Salvador Romero, brillante sociólogo y diplomático, Abel Azcarrunz, abogado, etc.) se entregó a jugar fútbol en el patio, mientras los mayores comentaban las escasas noticias del alzamiento. No existían radios portátiles. Apenas se escuchaba algunos disparos. Poco después del mediodía traspuso el portón de la casona un cholito (decían que era un fabril) armado de un fusil Mauser. Se desnudó de la cintura para arriba y procedió a vendarse el dorso con las tiras de un saco de azúcar que previamente había trozado. Muchos años después me preguntaba si el hombre creía que esas vendas le servirían para parar un disparo... Como a las 5 de la tarde, corrió el rumor de que cinco regimientos estaban llegando a El Alto para retomar la ciudad de manos de los revoltosos. Como no había peligro inminente, nosotros correteábamos de la casa a la Asistencia Pública para ver la llegada de heridos, muy escasos y que decían habían caído en la Villa Victoria y el bosquecillo de Pura Pura.

Como a las 7 de la noche arreciaron los disparos y cada vez se los sentía más cerca a la Camacho esquina Bueno. Los cadetes del Colegio Militar ya están en Laikakota, decían los rumores. Como sea, mi padre nos ordenó regresar a casa. Se armó el pandemonio. Las ametralladoras no dejaban de disparar. Mi padre nos metió bajo las camas, porque decía que en cualquier momento caerían los morteros. Así amanecimos. El Jueves Santo, la lucha continuó y nosotros permanecíamos bajo las camas. Como a las 5 llegó la calma. Solo tiros esporádicos y los adultos discutiendo si eran disparos de fusil o de revólver… La mañana del Viernes de Pasión todo estaba en calma. Salí corriendo a la Asistencia Pública. Cientos de personas jubilosas celebraban el triunfo de la Revolución y la caída de la Junta Militar. Era 11 de abril. El camillero Ramos, que era padre de un compañero que tenía en la escuela, me dejó entrar. En el patio donde de ordinario se estacionaban las ambulancias y los autos de los médicos conté alrededor de 150 cadáveres. Todos civiles, por las ropas. ¿Combatientes? Lo dudé mucho porque eran de todas las edades, hombres, mujeres, viejos, niños, jovenzuelos. ¡Ah! Y todos sin zapatos. (Hasta ahora no sé por qué. Las fotos de la masacre de la semana pasada en un retén policial en Venezuela con 78 muertos apilados en el patio, me recordaron ese sangriento día en La Paz). El Sábado de Gloria, desde países amigos empezaron a llegar aviones cargados de vendas y medicamentos para los heridos. La prensa sostenía que al menos 3.000 personas habían muerto en los 3 días de lucha. ¿Duelo Nacional? ¡Pamplinas! La gente se aprestaba a recibir a Víctor Paz Estenssoro de su largo exilio en Buenos Aires. Hace 6 años nomás, muchos de esos miles colgaron al presidente Villarroel e hicieron huir al exilio a Paz. Ahora venía, entre otras cosas, a liberar al indio de la esclavitud de la gleba. En 1953, un año después de abril de 1952, firmó la Ley de Reforma Agraria, nacionalizó las minas de los terratenientes mineros y estableció el voto universal. Si no hubiera sido la revolución del MNR, hoy Evo Morales y sus conmilitones todavía andarían mirando… a sus llamas. Quizás lo que le faltó a Paz es sacar de la ignorancia a los indios en lugar de convertirlos en esclavos políticos, algo que han perfeccionado los que ahora ni siquiera se acuerdan de quien los liberó de la marginación política, económica y social. (Por si acaso, aclaro que luché contra el gobierno de Paz en mis años de colegial y universitario y nunca milité en su partido). Abril del 2018.

El autor es periodista. Ex UPI, EFE, dpa, CNN, El Nuevo Herald. Por 43 años fue corresponsal de ANF de Bolivia

 
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