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“El Ayllu” en el pensamiento de Bautista Saavedra

Luis Enrique Jara Jara

 

A partir de la sustitución de los regímenes del liberalismo, se produjo el reemplazo de un caudillo con admirable energía, como fue Ismael Montes, por Bautista Saavedra, un conductor de marcada fortaleza, formación universitaria y claros propósitos. Saavedra, notable sorateño, abogado, político, sociólogo, publicista, diplomático, fue docente emérito de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de La Paz y redactor de “El Telégrafo”, prensa de carácter político. Reveló con estas actividades una inteligencia vigorosa y profunda ilustración.

Al comenzar el Siglo XX trabajó en la administración pública como Director de Límites y fue comisionado para estudiar en los archivos de España documentos históricos de Bolivia, que sirvieron para la defensa de las fronteras bolivianas ante el Tribunal Arbitral Argentino, que se constituyó para fallar en el pleito con el Perú.

Saavedra desarrolló su gestión presidencial sin descuidar los resortes periodísticos, que manejó de forma extraordinaria; por lo que como periodista siempre estuvo explicando lo que hacía como político.

La política le hizo producir un vasto repertorio de libros de innegable importancia sociológica e histórica. Entre sus obras tenemos: “El Cobre en Bolivia”, “El Estaño en Bolivia”, libros de propaganda nacional que han tenido repercusión en el extranjero; “Estadística Judicial 1897-1898”, “Orígenes del Derecho Penal”. En 1897 expuso un proyecto de reglamento para la penitenciaria de San Pedro de La Paz, que fue aceptado y adoptado con carácter general para todas las cárceles de la República.

Pero lo que le dio mayor prestigio fue su estudio sociológico: “El Ayllu”, prologado por Rafael de Altamira en 1903 como “Una Gran Verdad”. Fue una de las obras más difundidas, que es perdurable por la calidad del estudio y la vigencia del tema. Fue visto en su época como la investigación más seria, directa y clara de las ciencias sociológicas sobre una de las instituciones más antiguas de la sociedad andina. Esta obra fue el testimonio y filosofía de la tierra, interpretación del suelo, alineación histórica y sociológica de sus elementos, revelando las formas primigenias de nuestra conformación social, características de la raza aymara, detenida en su desenvolvimiento y que parece destinada a desaparecer, cuando se produzca el empuje vigoroso de la civilización inmigratoria. Trató al “Ayllu” en su forma más ritual y religiosa, mostrando las ideas de la raza en otro contexto, expresando su admiración no solo por Tiahuanacu, sino por la civilización aymara.

Medinaceli se entusiasmó con esta obra y resaltó el uso de fuentes variadas, cronistas de Indias, leyes coloniales, libros contemporáneos para su desarrollo.

En contraposición, Daniel Salamanca cometió un error cuando quiso deprimir a Saavedra expresando que en el tiempo que señala esta obra, “Bolivia no es un Ayllu”… Pero la estocada llegó al corazón de Salamanca y sus seguidores cuando en plena Guerra del Chaco, Saavedra era el hombre que había anticipado el remordimiento, la desazón y su impugnación histórica. Pues parecía que “El Ayllu”, con alguna simbología esotérica, se levantaba contra sus verdugos. Así parecía interpretarse supersticiosamente la tragedia.

Saavedra, que en reiteradas oportunidades dijo que gobernaría con el pueblo y que el pueblo lo ayudaría, encontró la ruta de sus estudios sociológicos, abandonando los moldes poéticos de su juventud, rompiendo moldes religiosos, proclamando abierta adhesión al sistema de Augusto Comte y las lecturas de Nietzsche…

Como sociólogo, los hombres y los hechos del Siglo XIX le indicaron la ruta a seguir; los enciclopedistas del Siglo XVIII le dieron las armas para dirigir una lucha de ideas y lo primero que necesitó para ser político fue conocer a los hombres, los sentimientos populares, cómo reaccionaban ante las reglas, y a la muchedumbre, que ha ido al fondo de sus inquietudes, aprisionando su temperamento, hasta saber qué ambiciones mueven el corazón humano y qué ilusiones arrastran a las masas a heroísmos y bajezas.

Así de complicado fue “don Bauti”, que comenzó en Bruselas el combate en el llano. El hombre de la calle explicando al hombre público, el escritor y el polemista desentrañando problemas de la política viviente de su época y dejando una obra preciada. Fue en la época en que el liberalismo exhibió los máximos valores políticos: Bautista Saavedra e Ismael Montes, caudillos férreos.

Fuentes

Bautista Saavedra, “El Ayllu”, Gisbert y Cía., 1955.

Carlos Aramayo Alzérreca, “Saavedra, El Último Caudillo”, Editorial La Paz.

 
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