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De padres complacientes, probables hijos criminales

Augusto Vera Riveros

 

Los profesionales del derecho o de la criminología sabemos con ventaja sobre los que no lo son, que C. Lombroso, E. Ferri y R. Garófalo dedicaron su vida al estudio de las conductas criminales, y del primero, aprendimos que el criminal lo es de nacimiento por deficiencias físicas, en tanto que los que le siguen, establecieron conclusiones más íntegras al juntar explicaciones sociológicas y psicológicas como justificación de esos comportamientos. Por supuesto que examinar una a una esas escuelas, sería materia de muchas páginas y de profundos conocimientos del Derecho Penal. Pero de esa manera los diversos países, sobre todo a tiempo de instituir sus legislaciones en materia punitiva, han adoptado una u otra tendencia que dieron nacimiento a lo que hoy se conoce como “sociología criminal”, cuya raíz, claro, es la sociología entendida como el estudio sistemático de los grupos y sociedades que construyen los humanos y de la forma en que estas relaciones afectan nuestra conducta.

Luego, sin pretender ninguna verdad absoluta sobre la delincuencia desde ese punto de vista científico, lo cual resultaría arrogante, la familia, principalmente en nuestro contexto cultural y económico, es fuente de innegable influencia sobre la conducta criminal que muchos jóvenes acusan principalmente en las dos o tres últimas décadas. Y llegar a esa convicción no lesiona ningún razonamiento lógico ni de ciencia, en tanto y en cuanto, siendo la familia la unidad básica de toda conducta, cuando de la de los hijos se trata, es factor que se torna aún más determinante porque los padres, no es ninguna novedad, son el espejo de quienes crecen bajo su ejemplo.

Por eso, cuando la cabeza del hogar, llamemos así al padre y a la madre, creyendo hacer bien, se rinden ante los caprichos de sus hijos (cosa muy frecuente en nuestra sociedad urbana) satisfaciendo todas sus exigencias y dependiendo de la capacidad económica del núcleo, dándoles libertad irrestricta para salir de casa sin importar horarios, lugares ni compañía, se está incubando un potencial delincuente. Si admitimos y debemos hacerlo, la tesis de que quien procede de una familia violenta o agresiva, excesivamente permisiva, de hábitos confrontados con la moral y las buenas costumbres (sevicias, alcoholismo, etc.), de maldiciones, baqueteadas y humillaciones a los hijos como método de castigo, pero también de padres cómplices de hijos habitúes en aglomeraciones que las llaman bolicheos, de desenfrenada libación alcohólica, es proclive a caer en la fácil tentación al delito.

El aval de padres “modernos” que consienten tempranas relaciones sexuales de púberes, allana el camino a una marginalidad casi inevitable. Triste, pero ese es el termómetro con que se mide a los chicos, para hacerlos más competitivos ante su círculo de amistades.

No es la promiscuidad física del hogar únicamente; es, más bien la estrechez moral de esa célula primaria que en la sociedad constituye la familia y de la que dimanan los desmedidos placeres con que muchos padres pretenden contentar a sus hijos, que termina en la criminalidad de jóvenes, de los que infortunadamente y cada vez más, estamos siendo testigos. Se está perdiendo la costumbre de imponer disciplinas familiares adecuadas, contemporizándonos con una generación siempre en peligro de delinquir, no de bagatela, sino de macabros crímenes y por lo precedentemente dicho, no de estratos humildes necesariamente, sino de esferas sociales altas también.

El autor es jurista y escritor.

 
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