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[H. C. F. Mansilla]

Vitalidad de la ensayística boliviana en sus autores poco conocidos


 

La sociedad boliviana se percibe a sí misma como precaria y mal lograda, pero esta visión, por más extendida que sea, no corresponde del todo a la realidad. La consciencia intelectual de la nación ha sido teñida de pesimismo por la historia trágica de sus guerras, el desempeño mediocre de sus clases dirigentes y las expectativas de desarrollo nunca satisfechas. La realidad, aunque no da pie a un optimismo radiante, es siempre más compleja y por ello abierta a pequeñas sorpresas.

Una mentalidad escéptica -que es la alimentada por los intelectuales críticos- no significa que sea poco vigorosa y creativa. La experiencia histórica nos enseña que una consciencia crítica puede coexistir adecuadamente con estructuras estatales firmes y duraderas. Hay que señalar, además, que pese a sus innumerables problemas, el Estado boliviano tiene ya una respetable antigüedad y una relativa fortaleza. No falta mucho para conmemorar el bicentenario de la creación de la república. Un Estado que dura dos siglos -y que tiene una larga historia anterior de relativa autonomía en el marco de la Audiencia de Charcas- no representa un Estado en peligro de dislocación. No hay duda de que la administración pública boliviana funciona mal, que sus estructuras burocráticas son favorables a la corrupción y que hay fuertes tendencias anómicas en los sectores juveniles, pero en la población se puede detectar un sentimiento relativamente sólido de pertenencia a la nación, a pesar del desencanto con la vida cotidiana.

Casimiro Olañeta, los historiadores Manuel José Cortés y Gabriel René Moreno, los miembros de la Generación de la Amargura y los conocidos intelectuales del Siglo XX (desde Tristán Marof hasta René Zavaleta Mercado, pasando por Carlos Montenegro, Augusto Céspedes y Sergio Almaraz) han realizado un significativo aporte para consolidar la idea colectiva de la nación. Desde un comienzo estos esfuerzos intelectuales exhibieron un carácter crítico frente a las prácticas políticas, pero nunca tuvieron un efecto disolvente.

Es de justicia recordar a determinados autores bolivianos que pusieron su grano de arena a este magno empeño y que por avatares históricos han quedado al margen del reconocimiento público. El novelista y político cochabambino Mariano Ricardo Terrazas (1833-1878) militó en el Partido Rojo y fue agente diplomático en Europa; pertenece a los escritores adscritos al romanticismo. Sus novelas, incluyendo su obra más lograda, Misterios del corazón, no han concitado el interés de sus compatriotas. No menciono a Terrazas por el vínculo familiar, sino por la originalidad de su perspectiva y la agudeza de sus observaciones.

Otro pensador olvidado es Carlos Romero, periodista y abogado, director de EL DIARIO, ministro de Fomento bajo el gobierno de Hernando Siles. En 1932 se opuso a la Guerra del Chaco en nombre de una parte del Partido Nacionalista. Su libro Las taras de nuestra democracia (La Paz 1919) es uno de los estudios más amplios y mejor documentados sobre lo que ahora se denomina la mentalidad de grandes segmentos sociales. Romero tuvo una función precursora al señalar tempranamente la cultura política del autoritarismo en territorio boliviano. Reconoció la naturaleza histórico-social (es decir: transitoria) de los males que analizaba, proponiendo como principal remedio una auténtica y profunda reforma de los sistemas educacionales.

Debemos a Romero una de las críticas más amplias de la colonia española. Afirmó que el establecimiento de los peninsulares en América tuvo los caracteres de “crueldad, rapacidad y parasitismo”; los conquistadores, “despreciadores del trabajo material”, ejercieron una “enorme presión sobre los pueblos sojuzgados, esquilmándolos en todas las formas imaginables”. Paralelamente Romero calificó al indio como el “único elemento verdaderamente productor, que ha sufrido y sigue sufriendo todas las opresiones imaginables”, y cuyo destino es “enriquecer canallas”. Romero propugnó varias reformas para terminar con el estado secular de explotación al cual estaban sometidos los indígenas, lo que debía incluir una modificación de los valores de orientación de dilatados sectores sociales. Por ello es inadmisible calificarlo como racista. Como en los otros grandes ensayistas bolivianos, su visión crítica y hasta pesimista del país deja vislumbrar un amor acendrado y una intensa preocupación por su patria.

 
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