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Lecciones de los grandes maestros

Por una Bolivia más allá del caudillismo

Ernesto Bascopé Guzmán

 

Un gran maestro de ajedrez puede anticipar decenas de movimientos, sin perder de vista el único objetivo relevante: ganar la partida. Un principiante, en cambio, vivirá cada jugada como una batalla final, celebrando o lamentando cada movimiento, sin otra perspectiva que llevar momentáneamente una ilusoria ventaja táctica.

La superioridad del maestro no reside en su capacidad de prever muchos movimientos. De hecho, un novato podría desarrollar esa única capacidad y aun así tendría dificultades para vencer a un experto. Lo que explica la superioridad del maestro es su habilidad para sostener una estrategia ganadora, sin dejarse distraer por la eventual pérdida de una pieza ni desesperarse por las aparentes y pasajeras victorias del oponente; sabe en qué consiste la verdadera victoria y actúa en consecuencia.

La perspectiva de un gran maestro de ajedrez podría aplicarse sin duda en otros ámbitos que exijan pensamiento estratégico, visión de largo plazo y estimación de resultados con múltiples variables. Entre dichos ámbitos es posible incluir, con toda naturalidad y sin caer en simplificaciones excesivas, el ejercicio de la política. Incluso podría afirmarse que esta perspectiva es útil -necesaria dirán algunos- para comprender la situación política actual en Bolivia o, mejor todavía, determinar los verdaderos objetivos estratégicos del movimiento ciudadano que busca recuperar la democracia.

De aplicar este marco de análisis, deberíamos evaluar primero la posición del gobierno actual en el tablero político y determinar sus fortalezas y debilidades. Una mirada desapasionada constataría la extraordinaria acumulación de poder en manos del partido gobernante. Dueños efectivos de las instituciones del Estado, se ocupan cada vez menos de guardar las formas democráticas, presentándose con creciente frecuencia como un poder absoluto e incuestionable. Han copado o intimidado a gran parte de los medios de comunicación y todavía gozan de aprecio y admiración entre algunos representantes de la élite intelectual, muy serviciales éstos últimos en justificar las acciones del régimen y en afirmar la “necesidad histórica” del MAS. Tristemente, los más pesimistas se rinden ante esta aparente invencibilidad.

Y sin embargo… si observamos con más detenimiento, constataremos que el MAS ha perdido todo objetivo que no sea la preservación de Evo Morales en el poder. Olvidados sus ideales de cambio social, rifados sus principios en nombre del realismo político, el gobierno y sus intelectuales ya nada tienen que ofrecer a Bolivia, ni un proyecto de país ni una agenda de transformación social. Obsesionados por el pasado, concentrados en el presente, temen al futuro y se han convertido en los representantes del más puro conservadurismo político. Desde esa perspectiva, lo que parece fortaleza no es más que una velada, pero profunda, debilidad.

Si avanzamos en el análisis, correspondería determinar lo que constituiría una victoria ciudadana. Al respecto, queda sin duda mucho por evaluar, pero debería quedar claro que lograr el respeto del 21F es sólo una etapa en el camino, importantísima y esencial sin duda, pero en ningún caso el objetivo central. Esto debe definirse en un amplio debate nacional, por supuesto, pero me animo a sugerir que urge resolver los problemas que se ha dejado de lado en estos doce años de populismo: el extractivismo, la nefasta mediación de “movimientos sociales” en la democracia, la corrupción, el narcotráfico, la ineficiencia del Estado, la inadecuación del sistema educativo a las exigencias del mundo actual, además de un largo conjunto de temas urgentes que empiezan a pesar demasiado en el desarrollo nacional.

Lo esencial, sin embargo, es que queda mucho espacio para el optimismo. Bolivia no está perdida, al contrario, los ciudadanos podemos recuperar nuestro futuro, injustamente secuestrado por el poder. A condición de jugar como grandes maestros. ¿Habrá quien se atreva?

 
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